Periodistas sin chaleco… y sin nada


Roberto Méndez, Periodista

En 2024 y 2025 el mundo perdió entre 122 y 129 periodistas cada año. Casi la mitad en Gaza. En México 9 en 2025.No morimos por accidente. Morimos por informar. Y la mayoría de crímenes quedan impunes.

Si a nivel global nos matan, ¿qué nos espera a los periodistas bolivianos sin seguro, sin garantías y sin respaldo?. Esa realidad nos golpea después de la muerte del colega Yerko Guevara de Santa Cruz y nos despierta la fragilidad de nuestro oficio, la necesidad de los medios de comunicación de otorgarnos todas las condiciones y nosotros de exigirla, la imperante necesidad que los gremios planteemos al Gobierno la aprobación de una archivada ley sobre un seguro de vida; y por que no, que nosotros mismos, si somos independientes, nos preocupemos por no dejar el fardo de gastos funerarios a nuestra familia.



Porque, como subrayan los sabios filósofos: «La muerte no tiene calendario”. Porque “nacemos sin preguntar y morimos sin avisar», nos decía el Nobel de la Paz, Octavio Paz», y en el caso del periodismo, informar es un acto de fe en el futuro, aunque el futuro no nos incluya.

Siempre estamos en primera línea. Cubrir una marcha en El Alto saboreando los gases y haciendo lance a las piedras o las balas en uno de los tantos avasallamientos en Santa Cruz, entrar a un hospital colapsado en pandemia, o preguntar en una rueda de prensa incómoda. Ahí estamos. Siempre en la trinchera. Con el micrófono como escudo y el celular como casco, ofrendando nuestra vida por la noticia.

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Y vivimos en un estado de precariedad que nos mata en cuotas. No hay seguro de vida. Si caemos cubriendo una protesta, la cuenta la paga la familia. El sueldo no alcanza para un seguro privado. Y los contratos, cuando existen, son por producto. Sin beneficios, sin AFP, sin nada.

Es la cruda realidad. El periodismo en Bolivia hoy es un oficio frágil. Frágil porque nuestros sueldos son precarios y llegan tarde. Frágil porque el modelo de negocios de los medios se rompió y ahora la pauta se la llevan Facebook y TikTok. Y frágil porque nos han puesto en la misma bolsa que a tiktokers, influencers y hasta brujos que venden humo en redes sociales.

Ryszard Kapuściński lo advirtió: «Para ser buen periodista hay que ser buena persona». Pero ser buena persona no paga el alquiler. En Bolivia, un periodista gana menos que un repartidor de delivery. Y sin embargo se nos exige ética, formación, riesgo y disponibilidad 24/7.

Encima somos confundidos con el ruido. Hoy cualquiera con un celular y 10 mil seguidores se hace llamar «periodista». El problema es cuando los medios, el gobierno y la gente nos meten a todos en la misma licuadora. Nos confunden con influencers que venden té y con «brujos» que dan predicciones políticas en TikTok.

Esa confusión le quita peso a la verificación, al contraste de fuentes, a las 5P de Gerardo Reyes. Le quita valor a la Ley de Imprenta que tanto costó conseguir. Nos nivelan por abajo
Pero cuando denunciamos agresiones, los expedientes duermen en los estrados judiciales, como el Caso Las Londras que está por cumplir cinco años en la impunidad o los otros 50 casos que hicimos conocer a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

El Estado boliviano, en el art. 107 garantiza la libertad de expresión. Pero de las garantías para ejercerla, nada. Cada denuncia de agresión a periodistas queda en «se está investigando» y lo mismo pasa con el art. 15 que garantiza la integridad física y sicológica de los bolivianos, pero que los jueces declaran improbadas las demandas cuando se han planteado amparos constitucionales cuando los interpelados son los del gobierno de turno o la propia Policía Boliviana.

«Cuando la verdad duele, hay que publicarla igual. Para eso estudiamos» decía la -periodista y escritora francesa, Elena Poniatowska. Pero ¿para qué estudiamos si el que nos contrata no nos respalda y el que debe protegernos nos abandona?.

¿Y ahora qué?, No pedimos privilegios. Pedimos lo mínimo: seguro de vida colectivo para el gremio, sueldos dignos acordes al riesgo, un fondo de protección del Estado que sí funcione. Y que los medios formales dejen de competir con el click y vuelvan a competir con la verdad.