El día en el que lo iban a capturar, Nicolás Maduro, se levantó a las cuatro de la madrugada para esperar el buque en el que lo transportarían a los Estados Unidos de América (donde rendirá cuentas sobre sus actos). Había soñado que atravesaba un bosque (emboscado), donde caía una llovizna tierna. Por un instante fue feliz en su sueño, pero al despertar se sintió completamente salpicado por cagada de pájaros, los mismos pájaros que alguna vez se le aparecían para hablarle. Esos pájaros que tenían la figura de su mentor Hugo Chávez, mismos que jamás le dijeron que “el poder es efímero”, una reflexión que deberían tener en cuenta aquellos “líderes” autoritarios que se aferran al poder con uñas y dientes, pisoteando cualquier precepto legal.
Corría el 24 de octubre del año 2025, cuando arribó a costas venezolanas el portaaviones USS Geral Ford, el mayor de toda la flota norteamericana y el más moderno del mundo. Bajo el argumento de combatir al narcotráfico, Estados Unidos y el gobierno del Presidente Donald Trump, mantuvieron una fuerte presión militar en aguas del Caribe desde finales de agosto del año pasado. La presión ha bloqueado los accesos a Venezuela, incluyendo el cierre del espacio aéreo. Desde aquel instante, la captura de Nicolás Maduro, era solo cuestión de tiempo.
Haciendo eco de un clamor popular venezolano, la caída del dictador se produjo la mañana de este sábado (3 de enero 2026). Una noticia que ha sido recibida con júbilo por una buena parte del pueblo venezolano que esperaba su liberación. Cerca de diez millones de venezolanos que se encuentran lejos de su tierra patria, miran con optimismo el mañana, su posible retorno a un país libre, es una segunda oportunidad para corregir el error cometido hace más de veinticinco años, cuando mediante las urnas le abrieron las puertas al socialismo del siglo XXI para que destruya sus vidas y la economía de uno de los países más ricos y prósperos del planeta.
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Como no podía ser de otra manera, han comenzado a surgir dos relatos dignos de análisis. El primero busca justificar la acción militar, que señala se trata de un golpe en contra de una oligarquía vinculada a la mafia, con cúpulas parasitarias que se han hecho del poder mediante un obsceno fraude electoral, pisoteando sus leyes y disposiciones legales internas y externas, manteniendo una relación directa con el narcotráfico a través del cartel de los soles.
Por otra parte, los partidarios del régimen argumentan que se trata de una invasión militar que busca apropiarse de los recursos naturales, especialmente del petróleo venezolano. Buscan apoyo de otros regímenes similares, estableciendo una coalición internacional que repudia la intervención militar, tildándola de atentatoria al derecho internacional y que vulnera la soberanía venezolana.
Una guerra propagandística en toda regla, reconociendo la realidad fáctica que debe establecer objetivamente. El ejército norteamericano está contraviniendo el derecho internacional, al no tener una resolución de Naciones Unidas que justifiquen la intervención militar. Se debe establecer que la ONU es una institución supraestatal que alberga entre sus miembros a varios regímenes tiránicos contra los cuales no impone ninguna sanción ni repudia los actos cometidos en clara vulneración a los Derechos Humanos en estos países.
Ante este panorama, sería absurdo pensar que sólo los Estados Unidos están actuando antijurídicamente, tomando en cuenta que el gobierno de Nicolás Maduro se ha consolidado como una dictadura que vulnera los derechos humanos de su gente y que ha cometido un fraude obsceno para perpetuarse en el poder. Mediante estas acciones atentatorias, el régimen ha sometido a su población a vivir una de las tiranías modernas más oprobiosas. Por lo tanto, cuando se habla de un ataque a la soberanía venezolana, vale la pena recordar que el pueblo venezolano no es en absoluto soberano, sirviendo esta frase sólo como un ejercicio propagandístico.
Quienes hoy se rasgan las vestiduras por la captura del dictador venezolano, no dijeron absolutamente nada cuando Nicolás Maduro, vulneró sus propios preceptos legales, dando un golpe a la democracia en las últimas elecciones presidenciales y desconociendo por completo la decisión del pueblo (soberano) venezolano, convirtiéndose en dictador. Tampoco mencionan que el poder del régimen opresor no lucha por los derechos del pueblo soberano, sólo luchan por mantenerse en el poder y mantener las actividades ilícitas de una cúpula criminal que es la que maneja el poder en el gobierno venezolano
Ambas narrativas buscan justificar sus acciones, cargados con importantes elementos propagandísticos, apartándose en varios momentos de la realidad y falseando los hechos para justificar sus argumentos, intentando mostrarse como una víctima del imperio y del otro lado tratando de mostrarse ante la comunidad internacional como un defensor de las libertades y combatiente del narcotráfico y terrorismo que asola Latinoamérica.
Lo único que queda claro hasta el momento, es que, de acuerdo al argumento norteamericano, el objetivo es liberar al pueblo venezolano y restablecer la democracia y los derechos humanos, sin entrar a conocer los verdaderos motivos que ha motivado la intervención militar, sembrando varias dudas en torno a cuál es el objetivo principal, tomando en cuenta la primacía de los intereses de los Estados Unidos sobre cualquier otra consideración, que maneja siempre el gobierno norteamericano.
Si el ejército de los Estados Unidos persigue intereses geopolíticos que en su propósito pueden liberar a los venezolanos, habrá que valorar si estos intereses son más importantes que defender los argumentos de la tiranía de Nicolás Maduro, que ha destrozado su país y exiliado a millones de personas que sufrían condición de hambre y miseria.
El operativo militar que ha terminado con la captura del dictador venezolano ha sido quirúrgico y ha sido realizado —al menos de lo que se conoce—, sin daños a infraestructura civil y mucho menos con bajas en ninguno de los bandos. Hasta conocerse todos los detalles, queda en ciernes es el futuro que le depara a Venezuela, que se encuentra en medio de los intereses geopolíticos, por un lado, y la tiranía oprobiosa de un régimen que ha condenado a su país y su gente, debiendo evaluar para el efecto, cual es el mal menor.
Mientras tanto que el desánimo y la frustración no minen el espíritu y nos obligue a cambiar nuestra manera de pensar, recuerden que: “Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.
