En América Latina y especialmente en Bolivia, tener una ideología de centro se ha vuelto un acto de osadía. La ciudadanía, atrapada en una polarización creciente, no perdona posiciones que se alejan de los extremos. Hablar de equilibrio entre mercado y Estado, reconociendo virtudes del libre comercio sin caer en el neoliberalismo salvaje, basta para ser catalogado de un bando u otro. Me considero centrista: valoro el libre mercado, pero con controles estatales claros que eviten abusos; no creo que el Estado deba competir con el sector privado ni convertirse en un supergigante que haga todo, pero tampoco considero viable un mercado sin regulación. Esta visión es clave para analizar fenómenos internacionales que afectan a nuestro continente.
Un ejemplo reciente es la intervención estadounidense en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro y su esposa. Desde un punto de vista pragmático, es imposible ignorar que el régimen chavista oprimió a su población y socavó economía y derechos básicos. Para quienes sostenemos un enfoque anti-autoritarismo izquierdista, esta acción representa un paso en la dirección correcta: un país que busca desprenderse de las cadenas del socialismo del Siglo XXI. Sin embargo, detrás de estas operaciones no solo hay intención política, ideológica, sino intereses económicos estratégicos de Estados Unidos: controlar producción y precio del petróleo, asegurar mercados y consolidar hegemonía regional. Esta dimensión, a menudo invisible para discursos simplistas, explica la coherencia pragmática de la política exterior estadounidense.
El primer mandato de Donald Trump, entre 2017 y 2021, se caracterizó por un aislacionismo pragmático bajo el lema “America First”. La renegociación del NAFTA, la salida del Acuerdo de París y del TPP, así como las guerras comerciales con China, reflejaban un intento de priorizar intereses nacionales sin comprometerse a alianzas multilaterales duraderas. Su relación con Rusia alternó entre negociación y presión selectiva, mientras cuestionaba los gastos de defensa europeos y debilitaba la cohesión atlántica. En América Latina, Trump se enfocó en migración, seguridad y sanciones a países hostiles, como Venezuela, Nicaragua y Cuba, utilizando la amenaza militar de manera selectiva, sin comprometerse a conflictos prolongados. Este primer acto representó un unilateralismo pragmático: defender intereses nacionales sin cruzar la línea de una agresión territorial directa.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
El regreso de Trump en 2025 marca un giro dramático. Su segundo mandato ha evidenciado un intervencionismo muscular que amplía la influencia estadounidense, reflejado en la captura de Maduro el 3 de enero de 2026, ataques militares en Irán, Yemen, Nigeria y Siria, y amenazas sobre Groenlandia, el Canal de Panamá y Canadá. La “Donroe Doctrine”, como ha bautizado su nueva estrategia, combina su nombre con la histórica Doctrina Monroe y simboliza la transición del aislacionismo retórico a un imperialismo hemisférico explícito. Ahora Estados Unidos no solo defiende intereses; busca reafirmar hegemonía territorial mediante el uso directo del poder. La captura de Maduro no es un acto aislado, sino la aplicación de un realismo ofensivo que prioriza acumulación de poder y control geopolítico.
El mapa intelectual de Trump explica esta metamorfosis. John J. Mearsheimer, teórico del realismo ofensivo, es el referente central: el poder se maximiza, los rivales se previenen, y la diplomacia se subordina a la fuerza. Henry Kissinger aporta la dimensión transaccional: acuerdos duros, uso estratégico de la violencia, pero Trump ignora su advertencia sobre diplomacia sutil. Zbigniew Brzezinski inspira operaciones para contener rivales estratégicos, aunque el cálculo del fallecido estratega choca con la imprevisibilidad del mandatario. En cambio, Joseph Nye, defensor del soft power; Patrick Buchanan, paladín del aislacionismo; y Samuel Huntington, abanderado de prudencia defensiva, han sido ignorados. La combinación produce un “realismo flexible”: poder máximo sin frenos, pragmatismo sin moderación, oportunismo y espectáculo político doméstico al servicio de hegemonía.
Esta estrategia genera efectos inmediatos y riesgos a largo plazo. A corto plazo, la “Donroe Doctrine”, inspirada en la Doctrina Monroe, refuerza la presencia estadounidense en América Latina y mantiene presión sobre rivales como Irán, asegurando posiciones estratégicas y mercados clave. Sin embargo, el costo es elevado: erosiona alianzas europeas, tensiona relaciones con socios latinoamericanos, alimenta el antiamericanismo global y fortalece la legitimidad de China y Rusia como defensores de la soberanía frente al intervencionismo. Internamente, el gasto militar masivo y los aranceles proteccionistas presionan la economía de EE. UU. La paradoja es clara: Trump habla de libertades, pero actúa con proteccionismo y expansión, combinando unilateralismo con intervencionismo explícito.
América Latina observa con atención y preocupación. Bolivia, por ejemplo, no puede sostener ideologías propias cuando cualquier posición centrista es tachada de indecisión o traición. El continente necesita análisis sereno que identifique intereses y riesgos más allá de etiquetas ideológicas. La polarización impide comprender cómo mercados, política internacional y geopolítica se entrelazan: el libre comercio requiere regulación; la defensa de la soberanía exige pragmatismo; y la estabilidad interna depende de prever acciones de actores externos.
El segundo mandato de Trump no es una mera continuación del primero: representa un cambio de paradigma. El poder estadounidense se despliega de manera más agresiva, buscando resultados tangibles a costa de normas internacionales y de la estabilidad regional. El 2026 será decisivo. Si este imperialismo transaccional se consolida, Estados Unidos podría controlar efectivamente su “patio trasero” y asegurar recursos estratégicos.
Sin embargo, la imprevisibilidad, la acumulación de tensiones y la erosión de alianzas internacionales auguran una tormenta geopolítica cuyas consecuencias podrían superar fronteras y décadas. La historia enseña que el poder sin límites es frágil; el realismo flexible de Trump corre el riesgo de transformarse en un legado de caos institucional más que de orden predecible. Para América Latina, observar, analizar y proteger intereses propios será más que un ejercicio político: será un imperativo de supervivencia económica y estratégica.
Por: Miguel Angel Amonzabel Gonzales
Investigador y analista socioeconómico
