¿Qué es el euro digital y por qué el proyecto divide a Europa?


Mientras cerca de 70 economistas europeos acaban de alertar a los eurodiputados en una carta abierta, el euro digital vuelve a ser el centro del debate político. Detrás de este proyecto impulsado por el Banco Central Europeo (BCE) se esconde una cuestión clave: ¿quién controlará la moneda y los pagos en el mundo digital de mañana?

Una proyección del símbolo del euro se ve en la fachada de la sede del Banco Central Europeo (BCE) en Fráncfort del Meno, en el oeste de Alemania, el 30 de diciembre de 2025.
Una proyección del símbolo del euro se ve en la fachada de la sede del Banco Central Europeo (BCE) en Fráncfort del Meno, en el oeste de Alemania, el 30 de diciembre de 2025. © AFP – KIRILL KUDRYAVTSEV

Por Stéphane Geneste

El euro digital, digámoslo desde el principio, aún no existe. Por ahora se trata de un proyecto impulsado por el Banco Central Europeo (BCE), que podría ver la luz en 2029. Un proyecto que puede parecer abstracto, pero que en realidad es muy concreto. En concreto, el euro digital sería una nueva forma de euro emitida directamente por el BCE, pero en formato digital. En otras palabras, se trataría de moneda de banco central, como los billetes y las monedas, con la diferencia de que no sería física. Se almacenaría en una cartera digital, por ejemplo, en un smartphone.



Muchos se preguntan entonces: ¿pero cuando hoy en día pagamos con una tarjeta bancaria, no es ya dinero digital? La respuesta es sí y no. Los pagos están desmaterializados, pero la moneda utilizada no es la misma. El dinero presente en una cuenta bancaria es creado por los bancos comerciales, y cada pago pasa por una cadena de intermediarios privados: bancos, redes de tarjetas, proveedores técnicos. Con el euro digital, este esquema cambiaría. El pago se realizaría directamente en moneda de banco central, sin intermediarios, como si se entregara un billete, pero de forma digital.

Un proyecto que no sustituye al efectivo, sino que añade una opción

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El euro digital no pretende hacer desaparecer el dinero en efectivo. Sería complementario, ofreciendo simplemente una opción de pago adicional a los ciudadanos y las empresas. Pero si el proyecto está hoy en el centro de los debates, es sobre todo por una cuestión de soberanía. Porque, con los medios de pago actuales, Europa ha tomado conciencia de su fuerte dependencia de actores no europeos, en su mayoría estadounidenses.

Las cifras hablan por sí solas: siete de cada 10 pagos con tarjeta en Europa se realizan a través de Visa o Mastercard. PayPal, Apple Pay o Google Pay también ocupan un lugar cada vez más importante en el uso diario. Durante mucho tiempo, esta dependencia no ha supuesto un problema importante. Pero el contexto geopolítico ha cambiado profundamente. Si mañana estas tecnologías estadounidenses se volvieran inaccesibles o restringidas, todo el sistema de pagos europeo podría verse afectado, o incluso trastornado.

Stablecoins, dólar y soberanía: un debate muy político

A esto se suma otro fenómeno: la explosión de las stablecoins, esas monedas digitales privadas, en su mayoría indexadas al dólar. Estados Unidos apoya claramente su desarrollo, ya que lo ve como una forma de reforzar el dominio del dólar en las finanzas digitales mundiales. La consecuencia es sencilla: si mañana usted paga con una stablecoin en dólares, ya no está pagando realmente en euros.

Ante esta dinámica, Europa busca ofrecer su propia alternativa: el euro digital. Pero la pregunta sigue siendo: ¿puede este proyecto funcionar realmente? Ese es el tema central del debate actual. En su reciente tribuna, 70 economistas europeos abogan por que el euro digital siga siendo una moneda pública, sin pasar por los bancos tradicionales. Una postura que se enfrenta al escepticismo del sector bancario, preocupado sobre todo por una posible fuga de depósitos.

Por lo tanto, se trata de un tema especialmente delicado. Bruselas debe encontrar un delicado equilibrio: proponer una moneda digital pública creíble a escala mundial, capaz de competir con las soluciones estadounidenses, sin debilitar el sistema bancario europeo. Se trata de un reto de gran envergadura, ya que se prevé su posible lanzamiento dentro de unos tres años, en 2029.