Por: Carlos Manuel Ledezma Valdez
Cuentan las crónicas del 30 de mayo de 1943 que, ya condecorado por su servicio en el frente oriental y tras su regreso a Alemania, por recomendación de su mentor Otmar von Verschuer, Director del Instituto Kaiser Wilhelm de antropología y eugenesia, Josef Mengele llegaba al complejo de Auschwitz como médico de las SS. Este evento dio inicio a uno de los peores crímenes cometidos durante el Holocausto Nazi.
Médico y antropólogo, fue el promotor del racismo biológico nazi. Estaba convencido de que la eugenesia perfeccionaría la especie humana, con lo que justificaba torturas en seres humanos vivos para sus investigaciones genéticas. Seleccionaba a las personas en las rampas de llegada al campo de concentración, procediendo a inyectar sustancias en los ojos para cambiar el color, practicaba disecciones y cirugías sin anestesia. Inoculaba enfermedades en humanos para ensayar las posibles curas, experimentaba con gemelos a los que cosía para crear siameses artificiales, entre muchas otras atrocidades.
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Josef Mengele, también conocido como el “Ángel de la Muerte”, representa el arquetipo de fascista nazi, debido al fanatismo ideológico, crueldad sistemática y la fascinación por la pseudociencia racial implementada durante el Tercer Reich. Es el causante de la muerte de cientos de personas mediante la inyección letal y producto de sus ensayos de laboratorio. Miembro del Partido Nazi desde 1937, formó parte de las SS en menos de un año, gracias a su personalidad y al convencimiento del dogma fascista.
El 17 de abril de 1949, Josef Mengele zarpó rumbo a la Argentina, haciendo uso de redes políticas que habían favorecido al régimen nazi durante mucho tiempo. Desde entonces pudo evadir la justicia utilizando identidades falsas. Se desplazó a los países de Paraguay y Brasil. Murió en febrero de 1979 en Bertioga (Brasil), de un derrame cerebral, marcando el fin de una vida de impunidad, al igual que muchos de los que protagonizaron uno de los peores episodios en la historia de la humanidad.
La estructura psicológica del fascista, está marcada por el uso permanente de la mentira estructural. Sosteniendo falsedades profundas para defender y sostener una ideología o un mito de manera ontológica. Vale decir, que esa mentira estructural afecta al ser, afecta al entorno, la sociedad y construye una zona gris en la que busca anestesiar la conciencia de la masa. El propósito es justificar el ataque sañudo e injustificado contra aquellos a los que considera un peligro. Los estigmatiza socialmente, exponiéndolos como el peligro que se debe combatir y eliminar.
Es habitual que el fascista incorpore el discurso del odio para deshumanizar al diferente, siguiendo una secuencia casi litúrgica a través de la cual busca imponer una supremacía moral, racial, religiosa o de otra índole, rechazando de plano todo aquello que no se acomode a su relato. Acentúan imposturas y emplean epítetos para poder verse como héroes de las causas sociales, argumentando incansablemente diatribas vinculadas a la “lucha de clases”, “los ricos son malos”, “los pobres son buenos”, “oligarquía”, “imperialismo”, “neoliberal” etc.
Durante la Segunda Guerra Mundial marcaban a los judíos con una estrella amarilla, arrinconándolos en guetos y acusándolos de haberse robado la riqueza del país, estigmatizando a vecinos, amigos, incluso familiares, que eran llevados a los campos de concentración. Una vez allí eran rapados y vestidos con harapos para tratar de quitarles la apariencia humana, todos iguales, intercambiables, tratados como objetos y marcados con números para arrebatarles la identidad. Una liturgia del poder que convertía al diferente en “humano” de ínfima categoría, del cual su muerte no era vista como un crimen.
Para conocer todo esto no es necesario estudiar, basta con ver la historia. Para pesar nuestro, todo aquello parece que hubiese ocurrido hace mucho tiempo, sólo porque la gente no lo recuerda, sin embargo, es una situación que está más viva que nunca en las sociedades modernas. Para José Luis Pérez Triviño, existen diferentes tipos de fascistas. También están aquellos individuos que, por acción u omisión, colaboran con los crímenes que se cometen.
Es común en la actualidad ver colectivos sociales movilizados con posturas ultranacionalistas, que se muestran como enemigos del capital o inversión extranjera que demonizan con mentiras estructurales orientadas a establecer al robo, saqueo o pobreza, como una posibilidad a futuro, no así, como una realidad presente consecuencia o resultado de largos años de gobiernos socialistas. Movimientos que responden a grupos totalitarios, que actúan en rechazo claro al sistema democrático y las leyes, construyendo enemigos en procura de hacer prevalecer privilegios y renacer movimientos orgánicos nacional-populistas.
Para George Bataille, “el fascismo funciona únicamente con violencia, porque da a la gente una sensación de orden mediante jerarquías rígidas y disciplina estatal, de identidad nacional o racial, exaltada como de mayor supremacía, otorga al individuo un grado de pertenencia con la comunidad orgánica unificada a la cabeza del caudillo mesiánico”. El fascismo hace creer a la gente que se encuentra del lado correcto de la historia y que todo aquel que está en contra es el verdadero peligro, por lo que todo lo que se haga para defender y preservar la causa, incluso la muerte, no es un crimen.
El fascismo se apoya en el discurso de odio, exultando su ideología nacionalista y estatista compilada en “La doctrina del Fascismo” (1932), escrita por Giovanni Gentile (Italia) que señala: “Todo está en el Estado y nada de humano o espiritual existe, y mucho menos tiene valor, fuera del Estado”. Mostrando una visión totalitaria en la que el Estado absorbe al individuo, conculcándole las libertades individuales y reemplazándola por la voluntad colectiva, anulando el pluralismo en favor de la organización política jerárquica a la cabeza del “Duce” (líder o guía).
Durante el primer cuarto de siglo y debido a las pocas garantías democráticas, diferentes grupos neofascistas tanto de izquierda como de derecha han llegado al poder de forma legítima. Logrado su primer objetivo, buscan acabar con las instituciones a través de procesos constituyentes. Para cuando todo esto ocurre, los que cuestionaban la falta de libertad, se convierten en censores intransigentes. El fascismo emerge de apelaciones emocionales, atrayendo primero con rituales colectivos, buenísimos y propaganda de superhéroes, para posteriormente revelarse la represión brutal y la destrucción nacional.
Para terminar, vale la pena recordar que las distopías no nacen con monstruos, surgen de promesas seductoras y demagógicas sobre la base del orden, la unidad, justicia social, entre otros, cubiertos con celofán para ocultar el totalitarismo. El fascismo nace en ruedas de prensa, no con botas y fusil, llega con gráficos, con “tiktoks”, en Instagram, apelando a las emociones humanas tal como ha ocurrido históricamente.
Mientras tanto, que el desánimo y la frustración no minen nuestro espíritu y nos obliguen a cambiar nuestra manera de pensar, recuerden que: “Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.
