Por José Luis Bedregal V.
En Bolivia, el bloqueo de carreteras se ha consolidado, con el paso de las décadas, como uno de los mecanismos de presión social más recurrentes. Nació como una herramienta extrema frente a la exclusión política y la sordera del poder, pero hoy se ha desnaturalizado profundamente. En el contexto actual, los bloqueos han dejado de ser una forma legítima de protesta para convertirse, en prácticas nocivas que lesionan derechos fundamentales, profundizan la conflictividad social y castigan, de manera particularmente cruel, a los sectores más vulnerables de la población.
Desde una perspectiva constitucional, el problema es evidente. La Constitución Política del Estado reconoce el derecho a la protesta y a la libertad de expresión, pero también garantiza derechos que no pueden ser suspendidos ni relativizados por acciones colectivas. El derecho a la libre locomoción, a la salud, a la educación, al trabajo, a la seguridad y, en última instancia, a la vida y a la dignidad humana. El bloqueo de carreteras vulnera de forma directa estos derechos, al impedir el tránsito de personas, alimentos, medicamentos y servicios esenciales. No se trata, por tanto, de un conflicto entre derechos equivalentes, sino de una colisión en la que unos pocos imponen su demanda mediante la afectación masiva de derechos ajenos.
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La ilegalidad de los bloqueos no es solo una cuestión formal, sino sustantiva. Cortar vías municipales, interdepartamentales o internacionales constituye una usurpación de funciones del Estado y una forma de coerción que desborda cualquier marco democrático. Más grave aún es que esta práctica se ha degradado hasta convertirse en una forma de violencia social. Las principales víctimas no son las élites políticas ni los decisores públicos, sino las familias que deben viajar por tierra, los niños expuestos a condiciones extremas, las personas adultas mayores, los enfermos que no llegan a un hospital, los pequeños productores que pierden su mercadería y los trabajadores informales que viven del ingreso diario.
En ese sentido, el bloqueo ya no opera como una interpelación al poder, sino como una agresión contra los más débiles. Se ejerce violencia no solo física, sino también psicológica y económica, normalizando la idea de que el sufrimiento de terceros es un daño colateral aceptable en nombre de una causa. Esta lógica es incompatible con cualquier noción de justicia y con los principios básicos de un Estado constitucional de derecho.
Lo paradójico es que existen múltiples mecanismos alternativos de protesta que no implican la vulneración de derechos de terceros. La movilización pacífica, las marchas, los paros sectoriales, las vigilias, las acciones legales, la incidencia mediática y, sobre todo, el diálogo institucionalizado, son instrumentos plenamente válidos y democráticos. El problema no es la ausencia de mecanismos, sino la incapacidad o falta de voluntad de utilizarlos de manera eficaz.
Aquí emerge una de las debilidades históricas del sindicalismo boliviano. Durante años, muchas organizaciones han privilegiado la confrontación directa por encima de la negociación estratégica. La fragilidad en la formación técnica de sus dirigencias, la escasa cultura de diálogo, la politización excesiva y la dependencia de lógicas corporativas han limitado su capacidad para resolver conflictos en mesas de negociación antes de llegar a medidas extremas. El bloqueo se ha convertido, así, en un reflejo de esa debilidad: cuando no se sabe negociar, se opta por paralizar.
Este escenario obliga a pensar seriamente en la necesidad de una Ley que prohíba y sancione los bloqueos. Esta debería contener, al menos, una definición precisa de qué constituye un bloqueo, diferenciándolo de otras formas legítimas de protesta; un régimen de responsabilidades que alcance tanto a quienes convocan como a quienes ejecutan estas medidas, evitando la impunidad de los dirigentes que se esconden tras la masa; sanciones proporcionales, que combinen medidas administrativas, civiles y penales, con especial énfasis en los daños causados a personas vulnerables y a servicios esenciales; y la obligación del Estado de garantizar canales efectivos y oportunos de diálogo previo, de modo que la ley no sea solo punitiva, sino también preventiva.
Bolivia necesita transitar de una cultura de la confrontación a una cultura del diálogo. El desafío es construir un país donde la reivindicación legítima no se sostenga sobre el sufrimiento de quienes menos capacidad tienen para defenderse. Solo así la protesta recuperará su sentido ético y su verdadera fuerza transformadora.
