Bolivia enfrenta una crisis profunda que no se limita a la economía o la política. También se manifiesta, de forma silenciosa pero persistente, en el deterioro cada vez mayor de la salud pública. Frente a este escenario, el Estado, en todos sus niveles, debe tomar una decisión estratégica impostergable: continuar destinando la mayor parte de los recursos a la salud curativa o apostar de manera decidida por la salud preventiva.
La experiencia internacional demuestra que la prevención es la política pública más eficiente y sostenible. Invertir en evitar enfermedades resulta significativamente menos costoso que tratarlas cuando ya se han convertido en crónicas o complejas. Sin embargo, en Bolivia seguimos atrapados en un modelo reactivo, que actúa cuando el daño ya está hecho y cuando el impacto social y económico es mayor.
Hablar de salud preventiva no se limita a campañas de vacunación o controles médicos básicos. Implica una visión integral del bienestar, donde la seguridad alimentaria se convierte en el eje central de la política de salud pública. Un país que garantiza a su población una alimentación suficiente, nutritiva y accesible a toda la población, reduce de manera sustancial la incidencia de enfermedades crónicas, la desnutrición infantil y los costos del sistema sanitario.
La seguridad alimentaria debe abordarse como una política de Estado integral: apoyo efectivo a la producción nacional de alimentos esenciales, fortalecimiento de la agricultura familiar, mejora de los sistemas de distribución, un buen control de precios, educación nutricional y regulación responsable del consumo de productos ultraprocesados. Esta tarea requiere coordinación real entre el Gobierno nacional, las gobernaciones y los municipios.
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Invertir en prevención no solo mejora la calidad de vida de la población; también es una decisión económica inteligente. Menos enfermedades significan mayor productividad, menor presión sobre hospitales y un uso más eficiente del presupuesto público, especialmente en un contexto de recursos escasos e insuficientes como el que experimenta nuestro país.
La salida estructural a la crisis actual pasa por redefinir prioridades. No se trata de construir más hospitales, sino de evitar que la población llegue enferma a ellos. La verdadera política de salud empieza en el campo, en el mercado, en la escuela y en la mesa familiar. Apostar por la salud preventiva es apostar por un país más justo, sostenible y con futuro.
Fernando Crespo Lijeron
