
Recuerdo bien en La Paz compré un abrigo confortable que con mi traslado a Cochabamba, lo usé sólo cuando tomaba el avión para mis cortas visitas a la sede de Gobierno. Angustia que va “in crescendo” conforme pasa el tiempo, más aún cuando el horizonte patrio presagia mejores días para la Paz, la Democracia, la plena vigencia de los DD. HH. consagrados por la Constitución de las NNUU.
No deja de preocupar, sin embargo, las señales que el narcotráfico marca en la vida diaria, violencia (incluye la comisión de crímenes que la Policía califica simplemente de “ajuste de cuentas”) se trata de sicarios que matan en las cárceles, fuera de ellas, son criminales a sueldo que cometido el delito desaparecen del escenario y casi nunca son hallados pese a la sagacidad policial y su compromiso de perseguir el mal. El descubrimiento de formas de narcotráfico, por ej., tablones de madera embadurnados con droga, el estupor de haber realizado “la mafiosa empresa exportadora” 138 operaciones de exportación deja estupefacta al colectivo ante el asombro por la protección innegable del masismo al ilícito gansteril.
Las secuelas del estado de crisis que padece Bolivia, todavía no están totalmente visibles, reajuste en los carburantes, por tanto encarecimiento del transporte, eje vital en la producción de alimentos, fruta, granos, verduras, que llega a subir el precio del pan, alimento vital de la mesa del pobre y del rico, de blancos y mestizos.
Sin embargo, todo boliviano prefiere la Patria con todos sus defectos e imperfecciones y confía en las promesas de días mejores, de Justicia, de Trabajo, de Convivencia. Por ello, todo exilio, también los que califican como “dorado” suele tener un término que expira en el retorno a la Patria de nuestra cuna, de nuestra infancia, de nuestra familia y amigos. ¡Hasta siempre, Bolivia!
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