
Lavive Yáñez Simon
Vivimos una etapa oscura de la vida democrática. La política, que debería ser el espacio más elevado del pensamiento colectivo y de la construcción de futuro, se ha transformado en un circo: un espectáculo de vanidades, consignas vacías y una preocupante exaltación de la mediocridad. Hoy no se premia la capacidad, la coherencia ni la visión de largo plazo; se aplaude al que grita más fuerte, al que simplifica la realidad y al que promete soluciones instantáneas a problemas estructurales.
En este escenario, las personas con capacidad de pensar con cabeza propia no solo incomodan, sino que son sistemáticamente desplazadas. El pensamiento crítico se ha vuelto una amenaza para un sistema que prefiere la obediencia ciega antes que el debate serio. Las decisiones políticas ya no se construyen desde las bases ni desde la discusión programática, sino desde acuerdos de cúpula y designaciones verticales que anulan la democracia interna.
Los líderes verdaderamente capaces —aquellos que entienden la complejidad de los problemas nacionales y regionales— han sido relegados por no someterse a la lógica del cálculo inmediato. Gobernar dejó de ser planificar; pasó a ser reaccionar.
En el Beni, esta deformación fue evidente y pública. Se vieron filas de aspirantes aguardando la unción del poder central, no para debatir propuestas ni presentar proyectos de desarrollo, sino para recibir la bendición del dedazo. No se evaluó trayectoria, gestión ni compromiso con la región. Se privilegió la docilidad por encima del carácter. El resultado es un departamento con autoridades sin autonomía política y sin capacidad real de defensa frente al centralismo.
Los hechos sectoriales confirman las consecuencias de esta práctica.
En salud, el Beni continúa sin un hospital de alta complejidad plenamente equipado y operativo que responda a las necesidades de su población. Mientras departamentos como Santa Cruz y Cochabamba concentran hospitales de tercer y cuarto nivel, los pacientes benianos siguen siendo derivados, con altos costos económicos y humanos. La falta de especialistas, equipamiento y planificación territorial de la salud sigue siendo una deuda estructural.
En infraestructura vial, la brecha es aún más evidente. Mientras el eje central del país cuenta con carreteras troncales asfaltadas y mantenidas de manera regular, el Beni sigue dependiendo de caminos de tierra, intransitables en época de lluvias. Esta realidad encarece el transporte, limita el acceso a mercados y condena a los productores a la informalidad o a la pérdida de su producción. No es un problema técnico: es una consecuencia directa de la falta de liderazgo político que exija inversión sostenida y planificación de largo plazo.
En producción, el contraste es igual de elocuente. El Beni es una potencia ganadera y uno de los principales productores de arroz del país, pero su aporte al PIB nacional sigue siendo marginal en comparación con su potencial. Mientras otros departamentos avanzan en industrialización, valor agregado y acceso a mercados externos, el productor beniano sigue enfrentando precariedad logística, falta de créditos adecuados, escaso apoyo tecnológico y ausencia de políticas de incentivo real.
La comparación es inevitable: departamentos con menor extensión territorial y menor riqueza natural han logrado mejores indicadores sociales y productivos porque cuentan con liderazgos que gestionan, negocian y exigen. El Beni, en cambio, ha sido administrado desde la obediencia y no desde la defensa firme de sus intereses.
El daño es profundo. Cuando se gobierna sin visión, se legisla sin responsabilidad y se decide sin reflexión, las consecuencias las paga la sociedad entera. Se normaliza la improvisación, se desprecia la experiencia y se castiga la preparación. La política deja de ser una herramienta de transformación para convertirse en un mecanismo de control.
Pero este escenario puede y debe cambiar. Recuperar la política en el Beni y en el país exige pasar del discurso a la acción con propuestas concretas:
•Un pacto regional por la salud, que priorice la construcción y equipamiento de un hospital de alta complejidad, con financiamiento garantizado y gestión técnica, no política.
•Un plan vial estratégico para el Beni, con enfoque productivo, que conecte zonas ganaderas y agrícolas a mercados nacionales y fronterizos, con mantenimiento permanente y transparencia en la ejecución.
•Una política productiva diferenciada, que reconozca las condiciones climáticas del Beni, facilite créditos blandos, fomente la industrialización local y garantice acceso a mercados para pequeños y medianos productores.
•Representación política con autonomía, capaz de decir no al poder central cuando el Beni es postergado, y sí al diálogo cuando el desarrollo regional está en juego.
La historia demuestra que los pueblos reaccionan cuando el hartazgo supera al miedo. Hoy más que nunca, el Beni necesita líderes con carácter, ética y visión de futuro. Porque sin pensamiento propio no hay representación real, y sin liderazgo que defienda a su tierra, la política se reduce a obediencia… y el desarrollo, a una promesa incumplida.