De minar Bitcoin a fabricar popularidad


 

Gamal Serhan Jaldin (@gamalbolivia)

 

Durante años asumimos que la popularidad en Internet era espontánea. Que los likes eran aplausos reales y que las tendencias reflejaban lo que pensaba la mayoría. Nos acostumbramos a medir la relevancia en números sin preguntarnos de dónde salían. Hasta que Bitcoin nos mostró algo incómodo: incluso en el mundo digital, nada se crea de la nada. Todo requiere infraestructura, energía y escala.



Bitcoin siempre fue considerado el “oro digital”, pero su funcionamiento se apoya en una lógica muy concreta: la competencia. Para que la red sea segura, miles de participantes deben competir resolviendo problemas matemáticos complejos. Quien lo logra valida un bloque de transacciones y recibe una recompensa en bitcoins. Ese mecanismo, conocido como prueba de trabajo, no es elegante ni romántico, es deliberadamente costoso.

Cuanto más caro es atacar el sistema, más segura se vuelve la red. Al comienzo, minar Bitcoin era algo casi artesanal. En 2009 y 2010 bastaba con una computadora personal. Pero esa etapa duró poco: cuando la competencia aumentó, la minería dejó de ser una afición y se convirtió en industria.

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Las granjas de bots son la versión “social” de esas granjas de minería. Donde antes se minaban bitcoins, hoy se “minan” likes, seguidores, tendencias y opiniones. Cambia el producto final, pero no la lógica: automatización masiva puesta al servicio de un objetivo concreto.

Una granja de bots es un sistema organizado de cuentas falsas o automatizadas que simulan ser personas reales. Publican, comentan y reaccionan a una escala que ningún grupo humano podría igualar. No hablan porque tengan algo que decir, sino porque alguien las programó para hacerlo.

Lo inquietante es que, desde fuera, muchas veces no se distinguen de nosotros. Usan fotos robadas, biografías creíbles y horarios “humanos”. Algunas incluso cometen errores ortográficos a propósito para parecer auténticas. La tecnología no busca la perfección, busca pasar desapercibida.

¿Para qué sirve todo esto? Para algo muy simple y poderoso: manipular la percepción. En redes sociales, la popularidad funciona como una señal. Si algo tiene miles de apoyos, asumimos que importa y el algoritmo amplifica su alcance. Las granjas de bots explotan ese atajo mental.

Así se inflan campañas políticas, se destruyen reputaciones, se fabrican escándalos o se convierte un tema irrelevante en tendencia nacional. No hace falta convencer a todo el mundo; basta con crear la ilusión de que “todo el mundo” ya está convencido.

El problema no es menor. Cuando la conversación pública se llena de voces artificiales, la realidad se distorsiona. Personas reales toman decisiones basadas en señales falsas. La desinformación se propaga con mayor rapidez y el debate se degrada, porque discutir con un bot es perder el tiempo, aunque no sepamos que lo es.

También hay un impacto económico poco visible. Empresas pagan publicidad que ningún humano ve. Creadores compiten contra cifras infladas artificialmente. Pequeños proyectos quedan enterrados bajo montañas de interacción falsa. Es un mercado donde la trampa escala mejor que el talento.

Como en la minería de Bitcoin, algunos defienden que la tecnología no es mala en sí misma. Y tienen razón, hasta cierto punto. La automatización masiva tiene usos legítimos: probar sistemas, monitorizar información pública, mejorar servicios. Los bots pueden ser herramientas útiles cuando no intentan engañar.

Pero las granjas de bots, tal como se usan hoy, no buscan eficiencia ni innovación. Buscan manipulación. Su materia prima es nuestra atención y su producto final es una versión adulterada de la realidad.

Lo más preocupante no es que existan, sino que nos estemos acostumbrando a ellas. Que ya no nos sorprenda que una cuenta sin rostro tenga miles de seguidores. Que asumamos que toda tendencia es espontánea. Que midamos el valor de las ideas por su volumen, no por su contenido.

Las plataformas tecnológicas libran una carrera constante para detectarlas y eliminarlas, pero es una batalla desigual. Cada filtro nuevo genera bots más sofisticados. No hay solución definitiva, solo contención.

Por eso, el verdadero antídoto no es técnico, es cultural. Mirar con sospecha lo que parece demasiado popular. Preguntarnos quién gana con ese ruido. Porque detrás de muchos aplausos digitales no hay multitudes: hay máquinas trabajando en silencio. Y no entenderlo hoy no es ingenuidad, es una forma moderna de vulnerabilidad.

Gamal Serhan Jaldin