Natali Justiniano: el testimonio de una madre inquebrantable


El testimonio de esta talentosa conductora de televisión trasciende la pantalla y se instala en un territorio íntimo y humano, donde la fe y el amor se convierten en herramientas de supervivencia. Su relato, marcado por el dolor, la incertidumbre y la resistencia, reconstruye uno de los momentos más difíciles de su vida: enfrentar un desafío extremo, casi imposible, y salir adelante sin renunciar a la esperanza. Es una historia contada sin artificios, desde la experiencia cruda, que revela cómo la fortaleza interior puede abrir camino incluso en los escenarios más adversos.

Natali Justiniano. Foto: El Deber



Fuente: El Deber – Por Kathryn Chávez

¿Quién es Natali Justiniano?

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Soy una mujer muy activa, no me gusta estar quieta, todo el tiempo estoy haciendo muchísimas cosas. Disfruto trabajar y, una vez termino mi horario de trabajo, me convierto en 100% mamá y soy dedicada a mis tres hijos. Trato de poder estar presente y de poder disfrutarlos porque sé que esta etapa en la que están viviendo ahorita es muy cortita y no me la quiero perder, y quiero ser parte de sus días. Así que soy una mujer muy trabajadora, una mujer muy activa y una mamá, sobre todo.

Detrás de esas hermosas sonrisas que yo siempre te digo, ¿quién se esconde?

Hay una mamá que lucha todos los días, una mamá que trata de mostrar siempre una sonrisa a pesar de las dificultades y todo. Vos sabes que este trabajo que nos toca muchas veces tenemos que sonreír pese a los problemas que tenemos porque debemos mostrar mucha alegría. Tenemos que mostrar que la gente que está atravesando por problemas encuentre esa alegría, y hay veces que nos toca dejar un poquito de eso atrás para poder sentarnos a la pantalla y mostrar una sonrisa que cuesta muchas veces, pero que hacemos todo lo posible porque es nuestro trabajo.

Natali, háblanos de tus hijos, ¿cuántos tienes, cuántos años tienen?

Tengo tres hijos: Adrián, de nueve años; Mariano, de seis años; y Elena, de cuatro años recién cumplidito.

¿Cómo son cada uno de ellos?

Son totalmente diferentes. Adrián es súper inquieto, como cuando te llaman al colegio y te dicen: “su niño no se queda quieto”, y yo: “ay, va a disculpar, no sé a quién me ha salido, ay no, no lo sé, va a disculpar”.

Mariano es todo lo opuesto. Mariano es mucho más serio, él es más serio, es más centrado, es mucho más tranquilo, a diferencia de un Adrián que es un torbellino. Él se hace sentir.

¿Por qué cada uno es especial para vos?

Ay, para mí Adrián… yo sé que para todas las mamás sus hijos son un milagro, pero para mí Adrián es ese milagro que me dice “mamá” todos los días. Atravesamos muchas cosas con Adrián y para mí él es mi guerrero. Él me enseñó lo que es la valentía. Si bien todos me enseñan algo, Adrián me enseñó esa fuerza, esa valentía, esa lucha. Adrián es mi guerrero.

Mariano es mi desafío de todos los días, conectar con él, trabajar con él, estar con él. Mariano es un niño con el que tenés que trabajar mucho, con el que tenés obstáculos para poder conectar con él, entonces es mi desafío más grande. Pero me veo también muy reflejada en él, es el que más se parece a mí, o sea, hablando de ojitos más rasgados y todo, entonces muchas veces me veo en él.

Elena… ay no, Elena llegó a ser mi compañera de vida. Cuando busco ese momento de desconectarme de todo, es a ella a la que busco para desconectarme de todo. Las que son mamás de niños me deben entender, es una locura tener dos niños. Yo pensé que iba a ser mamá de niño siempre y cuando llega ella, volver a jugar con muñecas, sentarme a conversar con ella, “vení mamá, sentémonos a tomar el té”, “vamos a la peluquería juntas”. O sea, ella es muy yo.

Entonces cuando yo llego a casa nos desmaquillamos, qué crema nos ponemos. O sea, comparto esa amistad y espero que siempre sea así, que ella sea mi amiga, mi confidente. La paso muy bien con ella y la busco a ella para que me acompañe siempre a todo. Ella es mi primera opción: “vámonos, Elena”. Siento que disfrutamos y compartimos mucho.

¿A qué hora te levantás?

Me levanto a las seis de la mañana. Alisto a los tres para llevarlos al colegio. Soy yo quien los lleva, porque creo que esa parte es súper importante. Hubo un tiempo en que no los estuve llevando y me sentía súper mal, sentía que estaba perdiendo ese momento con ellos, que es cuando arranca el día.

Cuando voy conversando con ellos, cuando les voy indicando ciertas cosas: hay que portarse bien en el colegio, hay que respetar a los amiguitos, hay que hacer esto. Entonces creo que ese trayecto es súper, súper importante y lo valoro muchísimo. Igual veo que vayan impecables, bien vestidos, Elena bien peinada.

Entonces creo que es súper importante ese momento. Una vez ya los dejo, ya puedo ir a trabajar tranquila porque sé que están en un lugar donde están aprendiendo con gente que les va a enseñar muchísimo. Así que ya llego tranquila a trabajar y trabajo todo el tiempo que ellos están en el colegio, que esa era la meta y la bendición que tengo de encontrar y tener un trabajo que me permita vivir a ese ritmo.

La paso genial, doy noticias y de ahí, a las dos en punto, pelo corriendo de aquí directo a buscarlos, porque también creo que la hora de salida del colegio es clave para todos. Hasta para mirarlos cómo salieron: claro, parece que hubieran ido a una guerra. Siempre hay uno que parece mugre, otro que viene impecable. Entonces hay de los dos polos opuestos en mi casa.

Ese momento que comparto con ellos también creo que es muy, muy importante: conectar, “¿cómo te fue?, ¿qué tarea hay?, ¿te divertiste?”. Y ahí uno va conociendo si la están pasando bien, si la están pasando mal, si están aprendiendo. Entonces creo que esos dos momentos son claves en mi día. De ahí nos vamos a hacer fútbol, todas las actividades que podamos hacer, y trato de estar ahí presente y ser parte de eso.

Natalí es una mamá muy presente. Ella dijo una palabra hace ratito de uno de sus hijos: es un milagro. Si te digo Chile, ¿qué se te viene a la cabeza?

Tardé mucho en contar y en poder hablar de esto, porque cada vez que me acuerdo y me traslado a ese tiempo y a todo lo que me pasó, me costaba mucho hablarlo, poder contar lo que pasó. Me decían mucha gente: “tenés que hablarlo, tenés que contarlo para que después se te haga más fácil”. Tardé ocho años en poder contar lo que había pasado con mi hijo y la posibilidad que tuvimos.

¿Qué pasó con Adrián?

En realidad, con Adrián… Adrián tenía un resfrío. Visitamos muchos doctores porque la fiebre no cedía, no pasaba y todo. Entonces nos dijeron que era un virus normal de la época, porque en realidad estaba mucha gente enferma, que había agarrado y que se había contagiado de la guardería un virus normal.

Pero lo que se nos parecía raro era que esta fiebre era muy continua, pasaba todo el tiempo, bajaba y subía. Yo lo veía que él estaba muy decaído y todo, entonces le decía: “doctor, ¿está seguro que esto es un virus que va a pasar?”. “Sí, está en su pico más alto en este momento, va a ir pasando, así que vos tranquila, esto va a pasar”.

Pero yo, como mamá, sentía que algo no estaba bien. Yo le decía: “pero ¿no quiero un análisis de sangre, una muestra…?”. “¿Para qué le vamos a poner esto al niño? Es un virus normal, usted tranquilícese. Si pasa algo, me avisa”. Pero yo sentí en mi corazón que algo no estaba bien.

Entonces yo le decía: “¿en qué me tengo que fijar?”. Yo le preguntaba al doctor si algo se complica, cómo me doy cuenta y todo, porque mi hijo se quejaba al dormir, tenía un quejido al dormir. Yo decía: “esto no es normal, de un virus normal”.

Hasta que el día antes del Día de la Madre, un 26 de mayo, dije: “no, me voy a la clínica”. Lo agarré…

¿Por qué sentiste ahí que tenías que irte a la clínica?

Porque él no dormía de noche. El doctor me dijo: “es que debe estar en el pico más alto, en el día siete, cuando el virus está en lo más alto y todo. No te preocupes, ya mañana va a ir mejorando”.

Pero si bien le dábamos remedio para la fiebre, la fiebre volvía y volvía y volvía. Entonces me fui a la clínica. Me fui en contra de mi esposo. “Pero sobreexagerada, ¿cómo lo vas a hacer?”. “No, no importa”, yo dije.

Un 26 de mayo lo vi actuar en su acto de la guardería y vi que ese niño no era mi hijo. O sea, vi que él estaba triste, que estaba decaído, que su chispa no la tenía, que sus ojos no brillaban igual.

Me fui a trabajar y cuando salgo del trabajo dije: “no, no le voy a hacer caso a nadie, me voy yo a la clínica”. Llego a emergencia y le digo: “por favor, quiero que lo vean a mi hijo, tiene fiebre”. Hablo todo y me dicen: “ok, señora, le vamos a tomar una radiografía”.

Perfecto. Sacan la radiografía y yo la miro y le digo: “está mal su radiografía, porque no se ve nada, se ve toda una mancha”. Me dicen que no se veían los pulmones, no se veía nada, era una mancha de aquí abajo. Me dicen: “espérenme afuera, por favor”.

Yo decía: “pero vuélvansela a tomar, está mal tomada, seguramente se movió Adrián y no salió bien”. Me sacan y de ahí viene la doctora y me dice: “necesito llevármelo a tu hijo”. No me daban una explicación. Me decían: “¿tenés el teléfono de su pediatra?”. Yo: “claro, aquí está”, pero él estaba de viaje.

De ahí sale la doctora encargada y me dice: “no está mal la radiografía. No la ves porque sus pulmones están con líquidos hasta el tope. Tu hijo no respira bien, no satura bien”. Yo aprendí esto de la saturación en la época del COVID, cuando uno se medía y todo. Le digo: “¿y cuánto satura?”. “72. No le entra aire a los pulmones de tu hijo”.

Ahí obviamente la doctora me llama la atención: “¿cómo pudiste haber esperado tanto para traerlo en ese estado? Esto se pudo haber evitado”. Y yo…

¿Te sentiste culpable?

Siempre. Y mucha gente me hizo sentir culpable por lo que le había pasado.

¿Por qué te echabas la culpa?

Porque me dijeron que yo lo había expuesto a esa bacteria.

¿En qué sentido lo expusiste?

De que yo debería haberlo dejado más en mi casa. Adrián me acompañaba al trabajo. Yo dejé de darle pecho a mi hijo al año y medio y esto pasó justo después. Entonces Adrián me acompañaba al trabajo, o sea, yo lo llevaba conmigo.

Adrián tomaba pecho antes de que yo entre al noticiero, entonces para poder darle leche a demanda y cumplir con esto que yo quería, yo trabajaba y él se quedaba en el canal con toda la gente. En ese momento había Calle 7, él disfrutaba de Calle 7, conocía a todas las gladiadoras mientras su mamá estaba dando noticias.

Entonces me dijeron que yo había expuesto mucho a mi hijo y que él pudo haber contraído esa bacteria por lo que yo había hecho.

¿Te perdonaste, sanaste después de que te decían “sos culpable, Natalí”?

Me dolió mucho. Hay días que sí me lo cuestiono.

¿Seguís cuestionándote?

Sí, mucho. Hay veces digo: “¿y si yo lo hubiera dejado en mi casa?, ¿si no lo hubiera traído?”. Porque no te dicen dónde pudo haberlo contraído, porque inclusive pudo haber sido en cualquier lado, en la guardería o en otro lugar. No es tanto tu culpa, fue un accidente.

Y lo otro es que muchas veces me pregunto: ¿por qué a él?, ¿por qué no a otro niño?, ¿por qué a mi hijo?, ¿por qué a nosotros?, ¿por qué vivimos esto? Hay muchas preguntas que se le vienen a uno a la cabeza, pero yo soy más agradecida porque lo tengo conmigo.

¿Ya no te sentís culpable?

Sí, pero cuesta esa partecita de decir “no fuiste culpable de nada”. Y justo le tocó a él. Y tuvimos grandes posibilidades, mucha gente nos ayudó. A cada persona que se cruzó en mi camino durante todo ese tiempo la llamo ángeles.

Para mí, el doctor era un ángel, la persona que conseguía algo era un ángel. Soy realmente agradecida por todo lo que nos tocó vivir.

¿Cómo fue la decisión de irte a Chile?

Me quitan a mi hijo, se lo meten a terapia intensiva y me dicen: “tenemos que ver qué antibiótico podemos darle”. Porque esto no era un virus. Le sacan estudios y dicen: “no es un virus, es una bacteria”. Yo les decía: “pero el doctor me dijo que era un virus”. “No, esto no lo produce un virus, lo produce una bacteria”.

No podían colocarle un antibiótico en ese momento porque tenían que ver qué tipo de bacteria era para darle el antibiótico correcto. En Santa Cruz no había alguien que te diga en ese momento cuál era. Teníamos que esperar dos días para conocer el antibiótico.

Entonces me dijeron: “vamos a atacarlo con todo lo que podamos para sacar al niño adelante”. Yo dije: “háganlo todo”. Llamé a mi esposo, llamé al doctor para contarles todo y se lo llevaron directamente a terapia intensiva.

Yo pasé el 27 de mayo, mi primer Día de la Madre, en terapia intensiva con mi hijo. Para mí eso fue más pesado todavía, porque me habían dicho que yo tenía la culpa de haber expuesto a mi hijo. En vez de estar feliz con él y disfrutarlo, mi primer Día de la Madre me tocó vivirlo en terapia intensiva, esperando que encuentren un antibiótico para poder salvarlo.

Entonces los doctores me dicen: “no está respondiendo bien, necesitamos quitarle el líquido que tienen sus pulmones”. Mi hijo entra a cirugía, le abren el pulmón y empieza a drenar. Yo dije: “ya con esto, listo, se acaba, una semana más y nos vamos a casa”.

Cuando baja el líquido del pulmón, ahí fue cuando más se complicó, porque como estuvo tanto tiempo con ese líquido, la bacteria empezó a comerse sus pulmones. Sale líquido y el pulmón estaba lleno de huecos. Él tampoco podía respirar porque el aire se salía por esos huecos.

Entonces lo que me dicen es que el pulmón tiene una pleura, como una telita que lo cubre. Le colocaron una máquina para que esa pleura se pegue y sirva como una telita protectora de esos huecos. Pero los huecos eran tan grandes, la bacteria había hecho tanto daño, que esa pleura no tapaba esos huecos.

Ahí el doctor encargado me dice: “no podemos hacer más, tenemos que sacarle el pulmón derecho, que es el más dañado, porque está necrosado”. La bacteria lo estaba pudriendo. Esa necrosis se podía disparar a todo su cuerpo y ahí ya no la contaba. Entonces la decisión era retirar el pulmón derecho.

Obviamente te dan esa charla de que hay personas que viven con un pulmón, para darte fuerza, para que veas que sí puede seguir adelante. Yo me puse firme y le dije: “no, pero mi hijo no”.

Ahí empecé a moverme. El doctor me dice: “tengo un amigo en Chile, es cirujano, ve estas cosas”. Yo le dije que sí. Empezaron a aparecer personas que para mí son ángeles. Conseguimos pasajes, gestiones, todo.

El doctor me dice: “Natali, no tenés tiempo, tu hijo hay que operarlo hoy día. No tenés tiempo. En Chile o acá, donde sea, hay que operar, porque esto se le va a ir a la sangre, al cerebro, tenemos horas contadas”.

Yo le dije: “no importa, hay que buscar una solución”. Vimos avión ambulancia, no se podía. Me moví por todos lados. Se hizo el contacto en Chile y el doctor dijo: “vénganse, los espero”.

Pero yo no podía quitarle el respirador a mi hijo porque no respiraba por sí solo. Necesitaba tanque de oxígeno, necesitaba muchas cosas. Los vuelos a Chile salían lunes, miércoles y viernes. Era martes. El vuelo del lunes ya había pasado.

Entonces me llama mi tía y me dice: “te quiero contar algo. El vuelo de Chile que tenía que salir el lunes no salió porque se pinchó una llanta. Está parado en el aeropuerto y se van a ir hoy a las ocho de la noche. Este vuelo te está esperando a vos y a tu hijo para llevarte a Chile”.

¿Pensaste ahí que solo Dios podía hacer esas cosas?

Lo miro a mi esposo y le digo: “metamos todo lo que podamos en esa maleta y vámonos al aeropuerto”. El doctor me dice: “¿lo vas a desconectar?, ¿vos sabés si va a aguantar allá arriba respirando?”. Yo le digo: “escúcheme, doctor. Si Dios ha puesto un avión para que yo me vaya a Chile con mi hijo, Dios va a permitir que yo llegue con mi hijo a Chile”.

Tenía miedo, pero tenía fe. Se lo entregué completamente a mi hijo a Dios. Desconecté a mi hijo, me lo llevé al aeropuerto, le di remedio para la fiebre porque no paraba. Mi hijo durmió todo el vuelo, no sintió nada. Fue un vuelo bellísimo.

Llegamos a Chile a las tres de la mañana. Nos estaba esperando una familia. Fuimos directo a emergencia. El doctor estaba en la puerta esperando para ingresar a mi hijo y darle oxígeno.

Cuando llego, el doctor me dice: “no lo voy a operar para sacarle el pulmón. Quiero repetir todos los análisis y mañana, con calma, vamos a tomar una decisión”. A mí me habían dicho que no había tiempo.

¿Sentiste paz ahí? ¿Tranquilidad?

Sí.

¿Cómo quedó el corazón?

Con una nueva oportunidad para mi hijo. Allá había tecnología que nosotros no teníamos. El doctor me decía que ellos atendían estos casos muy seguido, que eran comunes. Esa tranquilidad me dio mucha paz.

Yo dije: “aquí estamos bien, aquí se va a dar todo”. Llegamos al hospital y pusimos nuestra maletita.

¿Qué tuviste que dejar para irte?

Todo. Dejamos todo: trabajo, casa, todo lo que teníamos aquí. Solo pusimos un poco de ropa, lo que entraba mío, de mi esposo y de mi hijo, y con una maleta nos fuimos. Nos fuimos a vivir al hospital.

¿Pensaste lo peor alguna vez, Natali, que tu bebé se iba?

Nunca. Vos sabés que yo sentía que Dios me estaba poniendo una prueba, pero solo una prueba. Sabía que esto me iba a servir más adelante. Siempre se me venía a la cabeza la frase que me enseñó mi abuela: “todo déjaselo en manos de Él”. Eso era lo que hacía todo el tiempo.

Yo sabía que era una prueba, que más adelante iba a entender por qué, que iba a entender el motivo. Había veces que decía: “solo es una pesadilla, mañana voy a despertar, va a salir el Sol”. Nunca se me cruzó por la mente la muerte, nunca pensé que mi hijo podía fallecer.

Al otro día se despierta y el doctor aparece con ocho médicos alrededor de mi hijo. Yo decía: “no puede ser”. Todos eran infectólogos pediatras. Ellos me dicen: “hemos visto la prueba de sangre que tiene tu hijo, ya hemos detectado la bacteria exacta que tiene tu niño y nos vamos a encargar de hacerle un antibiótico hoy, en el laboratorio. Aquí todos juntos lo vamos a hacer. Danos 15 días. Si en 15 días tu niño no mejora, lo operamos”.

Yo les dije: “las manos de ustedes, mi hijo queda en manos de ustedes”. El doctor habla conmigo y me dice: “quiero contarte algo que por ahí no te dijeron. El pulmón de los niños se regenera hasta los ocho años. Si el antibiótico funciona, el pulmón de tu hijo se va a regenerar y el día de mañana tu hijo no va a tener nada”.

Yo no le podía creer. En las radiografías no había cómo imaginar que ese pulmón se podía regenerar. Yo le decía: “doctor, no me la charle… ¡Dios!”.

Pero vos seguías firme…

Siempre, siempre. Aparte tenía un ejército que rezaba por mi hijo todos los días. Yo creo que eso ayudó muchísimo. Yo no podía salir de terapia intensiva, pero sabía que afuera había un ejército que oraba.

Me regalaban rosarios, estampitas, agua bendita. Todo lo aceptaba, todo lo hacía. Tengo un altar con todas esas cosas, todo lo tengo guardado. En su cuarto está ese altar.

Una vez mi hermana me trajo agua de Lourdes, bendecida. En un descuido, Adrián se tomó toda el agua. Yo decía: “¿cómo le voy a devolver la botella a mi hermana?”. Cuando se lo conté, ella me dijo: “pero está bendecido”. Todo lo que me decían, la oración que me decían, lo hacía.

Oraste, fuiste muy creyente, pero ¿alguna vez le dijiste a Dios por qué?

Sí. Y ahí aparecía mi abuela. Me soñaba mucho con ella y su frase me daba vueltas en la cabeza: “dejáselo todo a manos de Dios, Natali”. Yo decía: “ella tiene razón”. Esta es una prueba. Voy a estar con calma, no va a pasar nada.

¿Y para qué, qué objetivo tenía esta prueba en vos?

Cuando una amiga muy cercana, Moira, pasó por una situación muy dura con su hijito, yo sentí que estaba conectada con eso. Vi que ese era mi propósito: estar al lado de ella, acompañarla, contarle mi historia, ser sustento. Ahí entendí por qué había pasado todo esto y por qué yo estaba ahí con ella en ese momento.

¿Cuántos meses estuviste en Chile?

Estuvimos tres meses en Chile.

¿Volviste con tu bebé sano?

En realidad volví con todo el tratamiento. Yo tenía mucho miedo de que una gota de ese medicamento se pierda. Los doctores me pedían radiografías periódicas para ver cómo iba evolucionando.

Yo tengo esas radiografías y cuando veo cómo su pulmón se fue regenerando hasta quedar en nada, digo: “este es mi hijo”. Hoy lo ves jugando fútbol y decís: “¿ese niño tuvo algo alguna vez?”. Nadie me cree mi historia. Mi hijo no se cansa, no se fatiga, no tiene ninguna secuela.

Yo decía: “ese milagro es mi hijo”. Los milagros son perfectos.

Si te digo Adrián, ¿qué se te viene a la cabeza?

Es mi milagro. Es un milagro y creo que los milagros son perfectos, y él es la prueba de eso.

Tardé mucho en contarlo y hablarlo, pero he ido a contárselo a gente. Fui a contar la historia de la vida de mi hijo, del milagro y de la fuerza de la oración. Yo creo que es clave orar desde el corazón.

La unión de la familia en oración también es muy importante. Me acuerdo de las noches en el hospital, encerrada en el baño, llorando sola, preguntándome muchas cosas. Después me secaba las lágrimas y salía a mostrarle a Adrián la mamá fuerte que él necesitaba.

¿Quién te daba fortaleza?

Mi esposo. Estábamos los dos solos. Éramos él y yo.

Nos tocaba turnarnos porque Adrián necesitaba que estemos ahí las 24 horas.

Cuando te encerrabas en el baño, te preguntabas muchas cosas: ¿por qué mi hijo?, ¿por qué ahora?, ¿por qué no estoy trabajando?, ¿por qué estoy aquí? Querías salir, despejarte, pero no podías, porque tenías que estar ahí con él.

Ahí uno entiende y empatiza con muchas mamás que pasan meses en hospitales, que dejan todo por estar con sus hijos. Es duro, es difícil.

¿Qué le dirías hoy a las personas que te hicieron sentir culpable?

Que ahí está mi hijo, que está sanito, que está fuerte, que salimos adelante. Que fue una piedra en el camino, pero logramos superarla. Yo aprendí de esto. Aprendí fuerza. Fuerza de la que pensé que nunca tenía.