La voz de la academia


Mónica Arauco Urzagaste
Vicerrectora Académica
UTEPSA

El mundo no es un lugar fácil de comprender. Los escenarios políticos, económicos, sociales y tecnológicos comparten una única constante: el cambio permanente. Quienes tenemos más de cuarenta años recordamos que, hace apenas tres décadas, la información llegaba principalmente a través de la prensa escrita o la televisión. De niña, recuerdo pasar con mis padres frente a los quioscos de periódicos e, incluso cuando no se compraba uno, solía haber una pausa para leer los titulares principales.



Hoy esa dinámica ha cambiado radicalmente. No solo por la presencia de medios digitales, sino, sobre todo, por la irrupción de las redes sociales. En ellas ya no solo tienen voz las agencias de noticias o los medios tradicionales, sino cualquier persona que, con mayor o menor responsabilidad, decide transmitir información, interpretarla, opinar y emitir juicios de valor con gran facilidad. En muchos casos, la credibilidad de lo que se comunica suele depender más de la cantidad de seguidores, el nivel de polémica generado o el carisma de quien presenta el contenido, que de la solidez de los datos.

Sin embargo, sería también una forma de desinformar sostener que la desinformación es un problema exclusivo de las redes sociales. A lo largo de la historia siempre han existido sesgos, manipulaciones y relatos interesados. Películas como Ciudadano Kane, muestran cómo la información puede ser construida, distorsionada o utilizada con fines de poder. Asimismo, la información siempre es recibida desde el proceso interpretativo del receptor, en el que inevitablemente intervienen sus vivencias, su cultura y sus valores. Un ejemplo histórico ilustrativo es Alejandro de Macedonia, conocido como Alejandro Magno por muchos, pero también retratado por algunos como un conquistador despiadado. La lectura de los hechos siempre estará atravesada por la perspectiva de quien los interpreta.

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Sin embargo, es innegable que las redes sociales potencian estos fenómenos de manera acelerada y, muchas veces, peligrosa. Frente a este escenario, la sociedad suele reaccionar de dos formas extremas: por un lado, la apatía informativa, asumida como una supuesta neutralidad que en realidad se traduce en desinterés; por otro, respuestas emocionales intensas como el miedo, la ansiedad, la ira, pasiones sin pensamiento o en el extremo opuesto, optimismos ingenuos.

Es en este contexto donde la voz de la academia adquiere una relevancia particular. Las universidades están llamadas a explicar los hechos utilizando como herramienta central el pensamiento crítico, en diálogo con la comunidad científica y con apego a la evidencia.

Las lecturas del entorno desde la academia deben mantenerse libres de discursos simplistas, consignas emotivas o divulgaciones “creativas” orientadas únicamente a ganar seguidores o, peor aún, a manipular percepciones. La voz académica debería ofrecer interpretaciones ágiles y rigurosas, preferentemente apartidarias: no necesariamente neutrales, porque la apatía es peligrosa, pero sí cautelosas, responsables y fundamentadas.

Nuevamente, para cumplir este cometido, el pensamiento crítico es crucial. La revisión de la literatura nos permite entenderlo, en síntesis, como “pensar mejor”, pensar más allá de los automatismos. Ejercerlo no es sencillo; requiere entrenamiento, disciplina intelectual y el hábito de contrastar fuentes, verificar datos y cuestionar supuestos, es una decisión valiente. Un primer paso, casi como si se tratara de un proceso terapéutico, consiste en reconocer que, como seres humanos, tendemos a pensar de manera automática. Por ello, la racionalidad debe ejercitarse de forma deliberada, sin que esto implique renunciar a la sensibilidad o a la emoción, sino aprender a situarlas en el contexto adecuado. Sería triste resignar la intensidad de las emociones positivas ante un hecho feliz por una sobredosis de racionalidad aplicada fuera de lugar.

¿Por qué se sostiene que la universidad es un espacio llamado a preservar la calidad del análisis de la información? Porque no es únicamente un lugar de transmisión de conocimientos. En la universidad se generan nuevos saberes desde el pensamiento científico y se trabaja de manera articulada con la sociedad. Un punto de convergencia de estas funciones es el análisis crítico de los hechos, que luego se devuelve a la comunidad en forma de explicaciones e interpretaciones prudentes, funcionando como una brújula para comprender contextos complejos. Además, en este ejercicio, las universidades forman profesionales con pensamiento reflexivo, capaces de leer la realidad con mayor profundidad y desde distintas perspectivas.

En ese marco, a partir de la gestión 2026, UTEPSA impulsa el Proyecto del Observatorio de Análisis Crítico de Coyuntura y Asuntos Internacionales, cuyo objetivo es analizar distintas coyunturas a través de la voz de expertos, ofreciendo interpretaciones rigurosas que faciliten su comprensión por parte de la comunidad.

En tiempos de sobreinformación y polarización, la academia no puede ni debe guardar silencio. Su responsabilidad no es dictar verdades ni reemplazar el debate público, sino contribuir a que este sea más informado, más crítico y más consciente. Dar voz a la academia es, una forma de fortalecer la calidad del pensamiento.