La tercera vuelta


Durante los años posteriores a la asunción al poder del MAS, las elecciones subnacionales se convirtieron en una especie de segunda vuelta, cuyo objeto era evitar que el régimen central tomara el control absoluto de todos los niveles de dominio político. Las autonomías funcionaron como una especie de contrapeso al centralismo secante y dieron algo de respiro a la democracia.

Mientras el MAS ganaba holgadamente en los comicios nacionales —con todo el Órgano Electoral a sus órdenes— fuera de occidente, a excepción del municipio de La Paz, que se mantuvo “invicto”, solo podía repetir tales guarismos en áreas dispersas y ciudades intermedias –aunque, progresivamente, fue conquistando, no siempre de forma transparente, más alcaldías y gobernaciones—.



Buena parte del éxito de las regiones fue su oposición manifiesta al centralismo encarnado por el régimen. Tal discurso generó algo de equilibrio en la correlación de fuerzas, pero siempre bajo la advertencia de un trato desfavorable a quienes no se alineen al oficialismo. Con todo, esa resistencia local impidió un absolutismo más pronunciado que el que se vivió hasta hace poco.

Al percatarse de su poco peso en ciertos puntos, el MAS optó por tres fórmulas para disminuir la sensación de derrota: la cooptación, el paralelismo y la neutralización.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

A manera de ejemplos, sobre la primera, el caso de Gatty Ribeiro, elegido alcalde de Cobija en representación de una organización opositora, rápidamente fue cooptado por el MAS y actuó en nombre del oficialismo. Lo último que se supo de él es que había huido a Brasil a raíz de innumerables acusaciones de corrupción durante su gestión masista.

Se recuerda, sobre la segunda, el caso de Helena Argirakis, quien, como otros en otros lugares, fue nombrada “delegada presidencial” en Santa Cruz, a manera de Gobernadora paralela.

Y sobre, la tercera, menciono a René Joaquino, figura política local en ascenso, neutralizada por el MAS al acceder a una diputación por el partido de gobierno.

Ahora el panorama es distinto. La tercera vuelta no tiene como ingrediente una resistencia al Gobierno. No se ha escuchado, hasta el momento —salvo de parte del señor Lara, quien promociona a algunos de sus seguidores— ataques directos al Presidente, ni muestras de una oposición orgánica en contra de su gobierno.

No obstante la gran cantidad de siglas y candidatos, todo parece moverse en torno a lo estrictamente local y los discursos radicales “anti” no son perceptibles. Parecería una aceptación tácita del nuevo orden nacional, tanto así que no hay una clara representación del oficialismo, como tampoco de las “oposiciones”; en cada municipio y en cada departamento hay acuerdos que no necesariamente se repican en los demás.

Ante la ausencia de partidos, en sentido estricto, las personas cubrirán el vacío. Pero, ojo, el antiguo régimen, que aún muestra reflejos, ahora opta por el “entrismo”; es decir, por mimetizarse en otras expresiones, contrarias, inclusive, para intentar reagruparse en el camino. Está en su derecho, digamos, pero mejor no aventurarse a apoyar a fórmulas en las que se detecte su presencia.

Finalmente, está presente el fantasma de la dispersión, que podría generar gobiernos locales débiles e incluso ingobernables. La pelota está en la cancha de los votantes, en cuyas manos está, una vez más, concentrar lo más posible su voto en las figuras más aptas para administrar los escasos recursos que les tocará manejar… mientras llega el 50/50.

Puka  Reyesvila es docente universitario.