Irán y Bolivia: teocracia, ideología y la ruina anunciada


Fernando Untoja

A primera vista, comparar Irán y Bolivia puede parecer excesivo. Una revolución islámica en Medio Oriente y un proceso indigenista en América Latina no comparten ni religión, ni historia, ni cultura. Sin embargo, si se desplaza la mirada del contenido doctrinal a la forma de poder, el paralelismo se vuelve no solo legítimo, sino esclarecedor.



En ambos casos, un discurso de ruptura civilizatoria fue utilizado para reconfigurar el poder político y neutralizar la crítica. En Irán, la religión; en Bolivia, la cultura y la identidad. En ambos, la promesa de una alternativa al liberalismo occidental sedujo a amplios sectores intelectuales, dentro y fuera del país. Y en ambos, el desenlace fue la consolidación de un régimen teocrático o cuasi-teocrático, con consecuencias devastadoras para la economía, la sociedad y la ciudadanía.

La teocracia no debe entenderse únicamente como el gobierno directo de sacerdotes. En un sentido más amplio, es un régimen donde el poder se legitima por una verdad incuestionable: divina, cultural o histórica. En Irán, esa verdad fue el islam chií revolucionario; en Bolivia, el indigenismo estatal elevado a moral política. En ambos casos, el poder se colocó “más allá” del debate democrático.

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Esta lógica tiene un efecto inmediato: la deslegitimación de la crítica. En Irán, cuestionar al régimen era blasfemia o traición al islam. En Bolivia, cuestionar al gobierno fue presentado como racismo, colonialismo o negación histórica. Así, la política dejó de ser un espacio de deliberación y se convirtió en un terreno moralizado, donde el disenso era sospechoso por definición.

Los intelectuales jugaron un rol clave en esta transformación. En Francia, sectores de la academia celebraron la Revolución Islámica como una forma de “espiritualidad política”, una alternativa ética al capitalismo y al socialismo. En América Latina y Europa, los teóricos de la decolonialidad hicieron algo similar con Bolivia: el país fue presentado como encarnación del “pensar desde el Sur”, del Buen Vivir y de una racionalidad comunitaria superior.

En ambos casos, el error fue el mismo: confundir discurso con estructura. Se analizó el lenguaje de la revolución, pero no los mecanismos reales de poder. Se exaltó al “pueblo” como sujeto histórico, mientras se ignoraba la conformación de élites altamente organizadas que capturaban el Estado. La crítica al liberalismo reemplazó al análisis institucional.

Las consecuencias económicas no fueron accidentales. En Irán, la teocracia no abolió el capitalismo: lo subordinó a redes religiosas, militares y clientelares. La economía se volvió opaca, rentista y sancionada. En Bolivia, el indigenismo estatal no produjo una economía comunitaria: generó un Estado bloqueador, hostil a la inversión, enemigo de la iniciativa privada autónoma y dependiente de la renta extractiva.

En ambos casos, la promesa de justicia social derivó en empobrecimiento estructural, fuga de capital humano y destrucción de incentivos productivos. La ciudadanía fue reemplazada por la lealtad. El mérito por la pertenencia. El derecho por la obediencia simbólica.

Cuando estos resultados se volvieron inocultables, el patrón volvió a repetirse: el silencio intelectual. Muchos de quienes habían celebrado estos procesos hablaron de “desviación”, “traición” o “mala implementación”, evitando revisar los supuestos teóricos que habían legitimado el poder. El problema nunca fue el exceso, sino la lectura inicial.

El paralelismo Irán–Bolivia no implica identidad, sino homología. En ambos casos, una narrativa antioccidental fue utilizada para suspender el análisis crítico. En ambos, la cultura o la religión funcionaron como teología política. Y en ambos, la ruina social y económica no fue un accidente, sino un desenlace coherente con la forma de poder instaurada.

La lección es incómoda, pero necesaria: no toda crítica al liberalismo produce libertad; no toda diferencia cultural es emancipadora; y no todo discurso alternativo genera una economía viable. Las ciencias sociales fallan cuando sustituyen el análisis por la fascinación.

Hoy, tanto Irán como Bolivia muestran que el problema no fue la falta de radicalidad liberal, sino la abolición del pluralismo político y económico en nombre de una verdad superior. Entender esto no es un ejercicio académico tardío: es una condición para no repetir el mismo error bajo nuevos lenguajes.