Cada 24 de enero, cuando el reloj marca el mediodía y las campanas repican en La Paz, miles de personas se reúnen en torno a la Feria de la Alasita para hacer algo que, a primera vista, parecería un juego infantil: comprar objetos en miniatura. Sin embargo, detrás de esas pequeñas casas, billetes, vehículos, títulos profesionales o pasaportes, se teje una de las expresiones más profundas de la cultura boliviana, donde la fe, el humor, la memoria histórica y las aspiraciones colectivas se condensan en unos cuantos centímetros de yeso, metal, papel o madera.
La Alasita –“cómprame” en aymara– ha sido reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad desde 2017, en la categoría de “recorridos rituales en La Paz durante la Feria de la Alasita”. Este reconocimiento internacional no hizo más que formalizar lo que el pueblo ya sabía: la feria es un espejo de la sociedad boliviana, un ritual de esperanza popular que se renueva año tras año, adaptándose a los cambios sin perder su esencia.
Orígenes míticos e históricos del Ekeko
En el corazón de la Alasita está el Ekeko, esa figura bonachona, de rostro sonriente y cuerpo desbordado de abundancia, que cuelga billetes, bolsas de alimentos, electrodomésticos, llaves de casas y toda clase de bienes. Su origen combina mito y crónica, tradición oral y lectura histórica.
Una de las narraciones más difundidas sitúa al Ekeko en el contexto del cerco de La Paz de 1781, liderado por Túpac Katari. En medio de la escasez y el hambre, la figura de un pequeño ídolo que “traía” alimentos a una joven paceña –gracias al amor de un soldado indígena– se convirtió en símbolo de supervivencia, ingenio y resistencia. Tras levantarse el cerco, el gobernador José Sebastián de Segurola dispuso la realización anual de una feria de ídolos y miniaturas, que con el tiempo daría forma a la Alasita.
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Investigadores como Arthur Posnansky, Antonio Paredes Candia o Carlos Ponce Sanjinés han rastreado antecedentes prehispánicos del uso de miniaturas y “illas” como amuletos de abundancia y fertilidad en los Andes. Estas pequeñas representaciones habrían sido integradas luego al universo incaico y, posteriormente, al mundo colonial, mezclándose con imágenes cristianas, santos y figuras festivas hasta cristalizar en el Ekeko moderno.
La feria, que en sus orígenes se celebraba en otras fechas, terminó arraigándose al 24 de enero en La Paz, en una articulación simbólica entre agradecimiento por la liberación, ciclo agrícola y reorganización urbana. La historia del Ekeko es, en ese sentido, también la historia de una ciudad que aprendió a transformar el trauma del sitio en una celebración de la vida.
De la ciudad sitiada a la ciudad plural
La Alasita nació ligada a la experiencia paceña, pero hace mucho dejó de ser un fenómeno exclusivamente local. Hoy se celebra con fuerza en El Alto y en otras ciudades del país, se prolonga en ferias mayoristas, sectoriales y barriales, y se ha proyectado incluso más allá de las fronteras, como muestran las actividades de “Alasitas del Bicentenario” en Buenos Aires y en espacios consulares.
En La Paz, la edición 2025 fue bautizada precisamente como “Alasita del Bicentenario”, en sintonía con las celebraciones por los 200 años de la fundación de Bolivia. Más de 4.500 expositores, organizados en 66 sectores, ofrecieron piezas de yeso, madera, metalmecánica, billetes, cerámica, orfebrería y prensa en miniatura, reforzando la dimensión económica y laboral de la feria. No se trata solo de un espacio ritual: es también una plataforma de trabajo y subsistencia para miles de artesanas y artesanos que, muchas veces, viven todo el año de lo que la Alasita les permite generar.
La expansión de la feria a otras regiones y países, acompañada de remates, concursos municipales de artesanía y muestras en instituciones públicas, ha consolidado a la Alasita como un referente de identidad y diplomacia cultural del Estado Plurinacional.
Allí donde aparecen sus miniaturas, aparece también la narrativa de un país que se piensa a sí mismo desde la abundancia soñada, incluso cuando la realidad parezca caminar en sentido contrario.
Ritualidad híbrida: entre la iglesia y el amauta
Uno de los rasgos más fascinantes de la Alasita es el tejido ritual que la sostiene. A mediodía del 24 de enero, las personas acuden con sus compras a la misa y a la bendición en iglesias, parroquias o espacios públicos, donde sacerdotes católicos rocían con agua bendita las miniaturas. A pocos metros, o incluso en el mismo lugar, los amautas realizan ch’allas y sahumerios con hoja de coca, alcohol, incienso y hierbas, invocando a la Pachamama, los achachilas y las fuerzas protectoras andinas.
En ese cruce de gestos se despliega la religiosidad popular boliviana, que no entiende de fronteras rígidas entre “lo católico” y “lo andino”. Para la gente, importa menos la coherencia dogmática que la eficacia simbólica: mientras las miniaturas estén bien bendecidas –por la iglesia, por el amauta o por ambos–, el deseo puede empezar a transitar el largo camino entre el papel y la realidad.
El Ekeko ocupa aquí un lugar central. Muchos hogares mantienen su figura todo el año, decorada con billetes, llaves, bolsas de alimentos y pequeños objetos. En fechas especiales, se lo “atiende” con cigarrillos, alcohol o dulces, en una suerte de diálogo cotidiano con la prosperidad. La Alasita, de este modo, no se agota en la feria: sigue viviendo en los altares caseros, en las oficinas, en las tiendas de barrio, donde el Ekeko recuerda que el futuro, aun incierto, puede ser negociado mediante pequeños pactos rituales.
Miniaturas como radiografía de la sociedad
Cada época deja sus huellas en la feria. Durante décadas, las miniaturas de casas de teja, radios, máquinas de coser, camiones o certificados de propiedad reflejaban las aspiraciones de movilidad social de una sociedad en proceso de urbanización y modernización. Con el tiempo, la oferta se diversificó: títulos profesionales, tarjetas de crédito, computadoras, pasajes de avión, negocios enteros en maqueta y, más recientemente, celulares de última generación, laptops, certificados de criptomonedas o emprendimientos digitales condensados en unas cuantas letras impresas.
La Alasita funciona así como una especie de encuesta simbólica de las prioridades y fantasías colectivas. Lo que la gente compra dice mucho de sus miedos, sus proyectos y sus horizontes. En un contexto de crisis económica, escasez de divisas y combustibles, e incertidumbre política, las miniaturas de ahorros, contratos laborales, visas, pequeños emprendimientos o carros de trabajo tempranamente cansados se vuelven espejos incómodos de la precariedad cotidiana.
Pero también hay espacio para el humor y la crítica. Periódicos en miniatura, pasquines, caricaturas y pequeños afiches satirizan a las autoridades de turno, denuncian corrupciones o ironizan sobre la burocracia, manteniendo viva una tradición de prensa satírica que la UNESCO reconoció en 2012 al registrar la “prensa en miniatura” de La Paz en el programa Memoria del Mundo. En la Alasita, la risa es un acto político: permite procesar la frustración sin renunciar a la esperanza.
Alasita del Bicentenario: memoria y futuro
La edición 2025, denominada “Alasita del Bicentenario”, marcó un momento simbólico particular. Al mismo tiempo que el país se preparaba para conmemorar los 200 años de su fundación, la feria recordó que la historia boliviana no puede narrarse solo desde los grandes eventos políticos, sino también desde estos rituales populares donde la gente común inscribe sus propios hitos.
El lanzamiento oficial, realizado en la plaza Tejada Sorzano, se acompañó de grupos musicales y de la presentación de una “illa representativa del Bicentenario”, concebida como símbolo de prosperidad y revitalización cultural. La idea de una “Alasita del Bicentenario” no se limitó a un eslogan: implicó una voluntad explícita de articular la memoria histórica con la reactivación económica de los sectores artesanales y de poner en escena una Bolivia que, pese a las dificultades, insiste en imaginar un futuro distinto.
En paralelo, instituciones públicas, como la Cámara de Diputados, organizaron exposiciones de miniaturas y actividades para revalorizar la feria como patrimonio vivo, recordando su condición de bien cultural del Estado y su inscripción en la lista de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Estos gestos institucionales son importantes, pero no suficientes: la verdadera garantía de continuidad de la Alasita radica en la apropiación activa que hacen de ella las nuevas generaciones de artesanos y devotos.
El Ekeko frente a la crisis: metáforas de resistencia
En un contexto de inflación, desempleo, migración y conflictividad política, la figura del Ekeko adquiere una densidad particular. Más allá de la caricatura del “dios de la abundancia”, el Ekeko puede leerse como metáfora del pequeño comerciante, del emprendedor callejero, de la madre que hace del rebusque su forma de sostener a la familia, del profesional que encadena contratos temporales sin estabilidad.
Cargado de objetos que muchas veces él mismo no puede disfrutar, el Ekeko se parece al trabajador que sostiene sobre sus hombros un país entero. A su alrededor, las miniaturas muestran los bienes y servicios que estructuran la vida moderna, pero también exhiben las brechas: hay quienes compran casas en miniatura repetidas veces sin haber tenido nunca acceso a una vivienda digna; otros coleccionan títulos y certificados mientras enfrentan un mercado laboral saturado.
Y, sin embargo, la feria sigue convocando multitudes. Esa persistencia puede verse como ingenuidad, pero también como un acto de resistencia simbólica. La Alasita enseña que la esperanza no es una emoción abstracta, sino una práctica: se compra, se bendice, se cuida, se renueva. Si el país atraviesa dificultades, el Ekeko –esa figura regordeta y aparentemente inofensiva– se convierte en recordatorio de que la imaginación popular no se rinde con facilidad.
Desafíos para el futuro: preservar, innovar, dialogar
El reconocimiento internacional de la Alasita conlleva responsabilidades. Preservar la feria como patrimonio vivo exige políticas públicas que protejan a los artesanos frente a la competencia de productos importados de baja calidad, que regulen sin asfixiar, que acompañen procesos de formación y transmisión de saberes, y que promuevan la innovación sin diluir la identidad.
También plantea el reto de profundizar el diálogo intercultural. La Alasita reúne a devotos católicos, practicantes de espiritualidades andinas, sectores urbanos populares, clases medias, migrantes internos y comunidades bolivianas en el exterior. Ese encuentro ofrece una oportunidad única para pensar el país desde sus diversidades, reconociendo la legitimidad de distintas formas de creer, celebrar y soñar.
Finalmente, la feria invita a la reflexión crítica. ¿Qué nos dicen nuestras miniaturas sobre el modelo de desarrollo que perseguimos? ¿Qué tipo de prosperidad proyectamos cuando llenamos de objetos al Ekeko? ¿Qué lugar tienen en la feria los cuidados, el medio ambiente, los vínculos comunitarios y la justicia, más allá de los bienes materiales?
La Alasita del Bicentenario y las ediciones que vendrán no deberían limitarse a conmemorar un pasado glorioso, sino abrir preguntas sobre el país que queremos construir. En ese debate, las miniaturas pueden ser aliadas: como toda buena metáfora, condensan en lo pequeño aquello que no podemos o no queremos ver en grande.
Si el Ekeko sigue sonriendo, quizá sea porque sabe algo que a veces olvidamos: que incluso en los tiempos más difíciles, la esperanza cabe en la palma de la mano y se escribe en diminutivo.
Por: Ramiro Sánchez Morales
