En la práctica de la política tradicional se repiten, una y otra vez, alianzas y acuerdos perversos cuyo único objetivo es acceder al poder por el poder mismo, sin importar principios, coherencia programática ni valores fundamentales que deberían ser condiciones básicas para cualquier proyecto político serio. Estas prácticas no solo vacían de contenido a la política, sino que la degradan ante los ojos de la ciudadanía.
Con la proximidad de las elecciones subnacionales, este fenómeno se manifiesta con mayor crudeza. Viejas y nuevas fuerzas políticas recurren a alianzas altamente cuestionadas, construidas sobre el cálculo electoral inmediato y no sobre una visión compartida de país, departamento o municipio. El resultado es una política oportunista, carente de ética, que devalúa el sentido profundo del ejercicio político.
La política y la ética no son conceptos ajenos entre sí. Por el contrario, están intrínsecamente ligadas en la búsqueda del bien común. Mientras la ética se refiere a la conducta moral individual, al ser, la política se orienta a la organización justa de la sociedad, al deber ser. Cuando esta relación se rompe y el poder se convierte en un fin en sí mismo, la política pierde su esencia y se transforma en un simple instrumento de ambición personal o grupal.
Sin embargo, esta práctica no puede analizarse únicamente desde la responsabilidad de los actores políticos. Existe también una responsabilidad ética del elector. La ciudadanía no puede seguir siendo un espectador pasivo frente a alianzas incoherentes y proyectos vacíos. Votar sin evaluar trayectorias, principios y propuestas concretas termina legitimando aquello que luego se critica. El cambio real exige un ciudadano más consciente, mejor informado, crítico y exigente.
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Aún es posible abrigar la esperanza de que la mayoría de los ciudadanos sepa diferenciar entre propuestas electorales construidas únicamente para capturar el poder y aquellas impulsadas por agrupaciones políticas que buscan transformar de manera genuina el ejercicio del poder, tanto en gobernaciones como en municipios. Propuestas que ponen en el centro el servicio público, la transparencia y el bienestar colectivo.
Es hora de impulsar una gran cruzada por el cambio, que implique no solo denunciar de manera puntual estos hechos dolosos en la práctica política nacional, sino también asumir, como sociedad, un compromiso con una política distinta. Una política que recupere su valor, su ética y su verdadera razón de ser. De lo contrario, el país se encamina, una vez más, hacia una nueva decepción colectiva y al progresivo desgaste de la esperanza del ciudadano boliviano.
Fernando Crespo Lijeron
