En la mesa o en el menú: Trump, Carney y la ilusión del orden global


    

Javier Hinojosa Villegas



Economista

Durante décadas, el debate sobre el orden internacional se organizó en torno a una ficción confortable: la existencia de un sistema basado en reglas, instituciones comunes y cooperación progresiva. Esa narrativa, con matices, estructuró tanto el consenso liberal posterior a la Guerra Fría como buena parte de la retórica multilateral contemporánea. Sin embargo, los acontecimientos recientes —y muy particularmente el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca y el discurso de Mark Carney en Davos— muestran que esa ficción se ha agotado. Lo que emerge no es simplemente un nuevo equilibrio de poder, sino una crisis estructural de representación del sistema internacional.

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En enero de este año, durante su intervención en Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney lanzó una expresión brutalmente honesta: en el mundo que se está reconfigurando, hay países que están sentados a la mesa donde se toman las decisiones y otros que están en el menú del que otros se sirven. No utilizó la metáfora como provocación, sino como advertencia. Y pocas frases describen con tanta precisión la realidad del orden internacional actual.

El artículo de Rubén Asenjo1, al analizar “un año de Trump”, describe con claridad los síntomas visibles del nuevo escenario: proteccionismo creciente, debilitamiento del multilateralismo, alianzas transaccionales, fragmentación tecnológica, repliegue climático y polarización política. Su diagnóstico es lúcido: el mundo se ha vuelto más incierto, más competitivo y menos reglado. La lógica que organiza este entorno es la del interés nacional inmediato, no la de la cooperación estructurada. Estados Unidos deja de presentarse como garante del orden global y pasa a comportarse como un actor duro entre actores duros.

Frente a este panorama, el discurso de Carney en Davos no niega la crisis: por el contrario, parte de ella. Reconoce explícitamente que el viejo orden liberal ya no existe, que sostener su vigencia es una forma de autoengaño y que la nostalgia no constituye una estrategia. Su respuesta, sin embargo, no es el repliegue soberanista, sino la reconstrucción de un nuevo orden apoyado en la cooperación entre potencias medias, la coherencia normativa y una ética de responsabilidad compartida. Para Carney, el futuro todavía puede organizarse alrededor de reglas, siempre que estas se apliquen con honestidad y sin hipocresía.

Hasta aquí, el contraste parecería claro: Trump representa la política del poder desnudo; Carney, el esfuerzo por reconstruir una gobernanza razonable en un mundo fragmentado. Pero esta oposición, aunque útil, es incompleta. Porque tanto el análisis de Asenjo como la propuesta de Carney parten de un supuesto implícito: que los actores relevantes del sistema son el hegemón y las potencias con capacidad de agencia real. El problema es que la mayor parte del mundo no pertenece a ninguno de esos dos grupos.

Existe un tercer espacio, raramente tematizado con honestidad: el del “resto”. Ese resto incluye países medianos débiles, pequeños y muy pequeños; economías dependientes; Estados con institucionalidad frágil; naciones periféricas cuya inserción internacional se define más por su vulnerabilidad que por su capacidad de decisión. Para este conjunto —donde se ubican buena parte de América Latina, África y vastas zonas de Asia— la discusión entre hegemonía y potencias medias es, en gran medida, un debate ajeno.

Desde esa perspectiva, cobra fuerza una idea incómoda pero realista:
el “resto” no está en la mesa donde se diseña el nuevo orden; está en el menú sobre el que otros deciden.

La fragmentación del comercio global no se vive como estrategia soberana, sino como pérdida de mercados. La transición energética no se experimenta como oportunidad verde, sino como imposición de estándares sin transferencia real de tecnología. La rivalidad tecnológica no habilita autonomía, sino dependencia de ecosistemas digitales ajenos. La multipolaridad no ofrece libertad de elección, sino presiones cruzadas para alinearse con uno u otro bloque. Incluso el debilitamiento de las instituciones internacionales, que para algunos es un problema de gobernanza, para muchos representa la pérdida de los pocos espacios donde todavía podían alzar una voz formal.

En este contexto, el proyecto de Carney —por honesto e intelectualmente sofisticado que sea— revela un límite estructural: su sujeto político son las potencias con capacidad real de coordinación. Canadá, Alemania, Japón, Corea del Sur, Australia. Estados con recursos, con densidad institucional y con poder económico. Pero ¿qué lugar ocupan Bolivia, Paraguay, Honduras, Senegal o Nepal en esa arquitectura? No como arquitectos. A lo sumo, como destinatarios pasivos de reglas diseñadas en otra parte.

Y aquí emerge la paradoja central: el multilateralismo renovado que propone Carney corre el riesgo de convertirse en una versión más elegante del mismo problema histórico: un orden internacional construido sin la periferia, pero aplicado sobre ella.

La propuesta trumpista es brutal pero clara: cada país por sí mismo. La propuesta carneyana es moralmente superior: cooperación entre responsables. Sin embargo, para vastos sectores del mundo, ambas comparten un resultado práctico similar: la falta de agencia efectiva. La diferencia es de estilo, no siempre de estructura.

Este enfoque obliga a replantear la pregunta de fondo: ¿puede existir un orden internacional genuinamente legítimo si la mayoría de los Estados son tratados como variables de ajuste? ¿Puede hablarse de reglas comunes cuando quienes no las redactan son, sin embargo, quienes más sufren sus consecuencias?

Desde esta mirada, el debate entre Trump y Carney deja de ser una disputa entre caos y reconstrucción para convertirse en algo más profundo: una discusión interna entre quienes todavía tienen capacidad de diseñar el mundo. El resto, mientras tanto, sigue siendo objeto, no sujeto, del proceso histórico.

La conclusión es incómoda pero necesaria: el problema del orden internacional contemporáneo no es solo su fragmentación, sino su estructura profundamente asimétrica. Mientras esa asimetría no sea abordada como problema central —y no solo como externalidad lamentable— cualquier nuevo orden, por bien intencionado que sea, seguirá reproduciendo la lógica de siempre: unos pocos deciden, muchos padecen.

En el mundo que viene, la verdadera línea divisoria no será entre hegemonía y multilateralismo, sino entre quienes están sentados a la mesa… y quienes siguen figurando en el menú.

 

1/ Asenjo, Ruben. Un año de Trump: así ha cambiado el mundo. https://www.lisanews.org/internacional/un-ano-de-trump-asi-ha-cambiado-el-mundo/    

Discurso completo del Primer Ministro Mark Carney, en Davos. https://legrandcontinent.eu/es/2026/01/21/construir-algo-mejor-el-discurso-completo-de-mark-carney-en-davos-x/