Lara y el traje del “emperador”


 

Hernán Terrazas E.



Edman Lara se pasó de la raya y lo más grave es que el país tendrá que soportarlo durante los próximos cinco años. En casi tres meses de gestión ha quedado claro que estamos ante el más problemático, bufonesco y peor vicepresidente de la historia democrática.

Lara no ejerce sus funciones y hasta ahora su único rol ha sido el de generar polémica y poner obstáculos en el de por sí difícil camino de un gobierno que debe enfrentar la más grave crisis económica e institucional de los últimos cuarenta años.

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Lejos de ser un aliado, es un opositor que aprovecha la ventana de las redes sociales y las intervenciones presenciales en diferentes puntos del país, con desplazamientos y viajes pagados por el Estado, para cuestionar todo lo que hace el gobierno.

Dejó atrás la inspiradora imagen de comerciante de ropa usada y ahora es un personaje que disfruta de la ritualidad y los privilegios del poder. El mismo itinerario que siguieron otros antes, la misma trama conmovedora que terminó en impostura.

El vicepresidente no tiene un discurso propio. Utiliza el que conviene al momento y el que le puede dar algún rédito político, así sea efímero, y de ser posible la infaltable repercusión mediática.

Si el presidente dice “A”, Lara dice “B”, a eso se reduce su estrategia. Y si le hace falta algo de contenido o línea discursiva, revive la desgastada narrativa masista del socialismo del siglo XXI para encontrar eco en los segmentos que todavía guardan lealtad a los mitos del pasado.

Lara necesita ser excesivo, porque no es profundo. Precisa del adjetivo, porque carece de la idea. Necesita crear ruido, porque de otra manera no sería escuchado. Apela cada vez más al insulto, porque espera – no le dieron gusto hasta ahora – una respuesta similar.

Ante el silencio de la otra parte, el vicepresidente sube el monto de su apuesta verbal, sobre una mesa en la que el único que parece conocer las reglas y el objetivo del juego es él.

No hace política, sino farándula. No tiene problemas en manosear la imagen y reputación de sus familiares más cercanos, o la de sus colaboradores, con tal de crear alguna novedad, eludir una responsabilidad o añadir un ingrediente conmovedor a su relato.

Lara compensa su “desnudez” argumental, con trajes inspirados en los que lucía Napoleón o el más contemporáneo, Nayib Bukele, y claro, el añorado de capitán de Policía.

En busca de una identidad propia, prueba la de los otros y apura al sastre con nuevos modelos, en busca del que se aproxime más al estilo político que quisiera proyectar.

Tal vez Lara no sea peligroso, pero es incómodo y obliga al gobierno a replantearse la estrategia política en la Asamblea Legislativa Plurinacional, para avanzar en el tratamiento del nuevo marco normativo que sustente los cambios más profundos en el modelo económico.

Por ahora, sus “bufonadas” son celebradas por opositores de un extremo al otro. Los de derecha, que ven en las intervenciones de Lara la justificación para repetir el “yo les dije” y los radicales de la izquierda en repliegue, que están entre que se animan y no a probarle el deshilachado traje que les dejó su “emperador”.