Después de la reunión económica de Davos-Suiza y los últimos acontecimientos mundiales, se constata que la humanidad no ha superado sus limitaciones básicas desde que deambula por la superficie terrestre. Una vez más, asistimos al agotamiento del proyecto de orden civilizatorio de la modernidad de manera manifiesta y mordaz por los dueños del mundo, sus lideres e “intelectuales”.
La modernidad inauguró una era que prometía emancipación de las miserias humanas a través del uso de la razón en todos los campos. Sus instrumentos políticos: Estado moderno, mercado, derecho internacional y bienestar; además, del fin del autoritarismo. Económicamente se asumía que el trabajo y la racionalidad invisible del mercado iban a liberar de sus desventuras a los seres humanos. Hoy, estos artefactos o promesas humanistas claudican ante un orden global caracterizado por la concentración del poder y riqueza grosera, la extracción sistemática de valor del trabajo y el vaciamiento del sentido histórico de la propia economía política de la sociedad moderna que constata atónita la ruptura de sus reglas más básicas.
No se trata de errores de implementación ni de desvíos coyunturales. Es el resultado lógico de un proyecto que confundió libertad del mercado con especulación y manipulación de las necesidades hacia el consumo ilimitado y absurdo de bienes efímeros, legalidad de poderes y acumulación riquezas abstractas ilimitadas.
Durante la pandemia se repitió, con entusiasmo ingenuo, que aprenderíamos a vivir de otro modo, con mayor cautela y respeto a la gente, a la vida y a la naturaleza; reconocimos nuestra fragilidad, los límites cognitivos, los débiles linderos de la capacidad política de los estados para protegernos; la pequeñez de nuestra existencia frente a la naturaleza implacable y el tiempo insondable. Pero nada de eso ocurrió. La pandemia no nos volvió más humanos; nos devolvió a nuestra condición más prosaica y primaria. Confirmó que nuestra contingencia, lejos de producir sabiduría, generó miedo. Y el miedo, lógicamente, no emancipa, deprime e invade la ansiedad; por tanto, otorga y legitima al osado o al dogmático, al que declara poder con audacia sea este brutal o sobrenatural. Como dice el tango “cualquiera es un señor, da lo mismo que sea un burro o un gran profesor”. El miedo nos hace responder con sumisión a cualquier sujeto autoritario o intolerante, por la necesidad de más control ante la zozobra y por una renovada negación de nuestra condición imperfecta.
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La realidad contemporánea no revela un proyecto humano colectivo, sino la persistencia de una matriz básica que atraviesa toda la historia humana: poseer, dominar y sobrevivir a costa del otro. Comer, dormir, fornicar, apropiarse del trabajo ajeno y de los recursos de la naturaleza.
La modernidad no superó esta pulsión y las ambiciones; las sofisticó. Transformó la espada por el contrato, al pirata por la bolsa de valores, la esclavitud con grilletes por la precarización estructural, la alienación y la carencia de iniciativa. El progreso no eliminó la violencia fundante del orden social, el disciplinamiento, ahora son técnicas sofisticadas virtuales, invisibles, algorítmicas y moralmente naturalizadas.
Ni la política internacional ni la economía global se rigen por principios éticos universales. Se rigen por la imposición del más fuerte y por la complicidad de quienes negocian su subordinarción. El derecho público, los derechos humanos y el derecho internacional funcionan como retóricas de legitimación de lo inaceptable a través de una negociación entre poderosos, no hay límites, las fronteras son de papel y la soberanía se rinde al capital. Los derechos se invocan cuando convienen y se suspenden cuando estorban al poder. No reglamentan los actos de los poderosos, porque sus serviles juristas traducen al lenguaje legal en contratos de abuso y cinismo. Y nos espanta repetir la frase: “Yo le meto nomás, que mis abogados lo arreglen”, es que este es un axioma naturalizado, no es solo la mordaz afirmación de un miserable, lo dice Trump, Putin o Netanyahu y parece cobrar otro carácter para el rebaño que reclama pastores y jefes. La historia no avanza hacia la justicia universal, oscila desde hace milenios según las correlaciones de fuerzas.
Esa teología llamada liberalismo -de la cual hoy se llenan la boca las nuevas generaciones herederas de los Yuppie, jóvenes profesionales de clase media-alta que creen que la riqueza surge de la especulación y del cajero automático- se presentó como emancipación del individuo frente al poder arbitrario y centralizado del absolutismo. Sin embargo, su última versión ópera como justificación moral más eficaz, “como batalla cultural por la libertad”. Pero esta libertad se mide por la capacidad de consumir, sin importar la dignidad, creyendo que la solvencia aparente de las finanzas de papel o algoritmos, supera el trabajo que transforma y hace brillar aparente pulcritud de las urbes capitalistas.
El mercado dejó de ser un medio para organizar intercambios, se convirtió en principio moral absoluto. Todo lo que no se ajusta a su lógica es considerado ineficiente, inviable o prescindible, llámense: Territorios, culturas, cuerpos, entre otras cualidades humanas. El resultado no es libertad, sino autoexploración sumisa, futuros inciertos, oportunidades clausuradas. Es que este mercado basado en el liberalismo contemporáneo dejó de pregonar emancipa, para maquinar la enajena y disciplina con mensajes de autosuperación personal.
El núcleo del fracaso económico contemporáneo es claro, el capitalismo liberal tardío separó el capital del trabajo y pretendió que el primero pudiera multiplicarse indefinidamente sin el segundo. Ese es el dilema de USA y Europa frente a los países asiáticos. Olvidaron que la economía política clásica -de Smith y Ricardo a Marx y Schumpeter- la tesis fue inequívoca, el trabajo es la fuente del valor. La riqueza efectiva no nace en la bolsa de valores ni del gasto o endeudamiento ilimitado, sino en la producción social organizada.
El liberalismo financiero omitió esta base y apostó por la valorización ficticia, la especulación, deuda, dinero sin anclaje productivo. Así se consolidó una acumulación obscena para pocos y una desposesión estructural para muchos. Como ha demostrado Thomas Piketty, la desigualdad dejó de ser un accidente para convertirse en método.
El relato dominante celebra genios financieros y superestrellas del capital y las finanzas. Pero esos “gigantes” no caminan sobre hombros de otros gigantes intelectuales salidos de Silicon Valley o Harvard, se sostienen sobre millones de seres humanos anónimos, campesinos trabajadores y obreros que producen alimentos con ingresos miserables. Niños que extraen minerales preciosos y valiosos en África y Latinoamérica. Obreros sometidos a ritmos extenuantes y a la sobra de la migración. Jóvenes precarizados que entregan su tiempo y vida sin certezas de futuro en las urbes. La riqueza no nace en los mercados financieros, se extrae del sudor cotidiano de los que viven y trabajan incómodos, de los que llegan a fin de mes con la tarjeta de crédito en rojo o simplemente no llegan.
El capital escindido del trabajo y la producción real es solo una burbuja que flota; aquí es cuando el sistema revela su verdadero motor; el extractivismo, la apropiación de los recursos naturales del planeta para convertirlos en “commodities”. Usan la anomalía de la periférica -narcotráfico, violencia y crisis políticas- que se debe corregir e invadir, para transformar estas en condición estructural del mercado global. Se extrae naturaleza, trabajo, territorios y tiempo de vida. El extractivismo no es un problema ambiental colateral, es la economía política real del capitalismo contemporáneo. Alimenta cadenas globales de valor que concentran ganancias arriba y socializan daños y deseos de bagatelas efímeras abajo. El liberalismo lo justifica y hace política de Estado, derecho internacional y la financiarización lo acelera virtualmente. Mientras la riqueza simbolizada en oro y reservas internacionales duermen en los bancos para acumular y darle sentido a la especulación financiera de los valores, al nombre de dinámica económica.
El derecho público internacional prometió civilizar la política global. En la práctica, administró la desigualdad y dependencia de las periferias. Redujo la soberanía en formalidades de farándula alejada de la materialidad. Los derechos humanos son selectivos y la legalidad depende de quién la invoque.
No existe neutralidad normativa en un sistema internacional radicalmente asimétrico. El derecho no limita al poder que define lo que está bien o lo que está mal. El poder del más fuerte no desapareció cambio de esquema de legitimidad.
No se puede evitar que toda crisis histórica termina interpelando a la educación. No porque la educación la haya causado, sino porque es el último espacio donde una sociedad puede darse cuenta y decidir si se revela o se adapta para ser parte de esta llamada corriente nacionalista autoritaria que ronda por occidente.
Dramáticamente, el sistema educativo contemporáneo ha decidido producir sujetos funcionales al mercado, competitivos, endeudados, autoexplotados y deshistorizados. La universidad pública, reducida a certificadora de competencias y proveedora de servicios, abandonó su función histórica de producir sentido. Sin intelectuales capaces de disputar hegemonía, no podemos menos que evocar a Antonio Gramsci, para reafirmar que la educación se convierte en reproducción ilustrada del sentido común de la dominación. Aunque su potencial es otro, los esfuerzos internos son muy débiles para cambiar esta realidad.
El mito moderno afirmaba que el mercado nos haría libres, el derecho nos civilizaría y la educación nos elevaría. La realidad muestra otra cosa, un orden global que extrae sin límite, legaliza la desigualdad y forma sujetos obedientes.
Insisto e interpelo, no estamos ante una crisis aislada que causa estupor al asistir a las posturas en Davos, sino que este evento evidencia el fin de un relato histórico que ya no puede ocultar su obscenidad y desvergüenza. La humanidad no fracasa por falta de conocimiento y riqueza, sino por olvidar quién la produce y qué consume; finalmente, por renunciar a pensar históricamente su propio destino.
Quizás el signo más inquietante de nuestro tiempo sea, una civilización que camina hacia su autodestrucción convencida de que eso se llama progreso y que “la libertad avanza”.
