
El declive del catolicismo no implica el fin de la fe, sino la transformación de sus formas. Entre la secularización, la crisis institucional y la persistencia de nuevas espiritualidades, la creencia se desplaza fuera de la Iglesia y reconfigura el mapa simbólico de la cultura contemporánea.
Durante siglos el catolicismo fue mucho más que una religión. Fue una gramática. Un modo de ordenar el mundo, de explicar el dolor, de nombrar la culpa y de administrar la esperanza. En América Latina, en Europa y en buena parte de Occidente, la Iglesia estructuró la vida social. Hoy esa gramática se desarma a la vista de todos. Las iglesias se vacían, las vocaciones escasean y la confianza en la institución se erosiona. Lo que está en crisis no es la necesidad de creer, sino la forma histórica que organizó esa creencia.
En pocas décadas, el catolicismo ha dejado de ser mayoritario en amplias zonas de América Latina. En paralelo crecen los evangélicos y, sobre todo, quienes se declaran “sin religión”. Pero aquí aparece la paradoja que las personas continúan creyendo. Creen en Dios, en energías, en fuerzas invisibles, en la vida después de la muerte, en los muertos que regresan, en la suerte, en el mal de ojo. La fe no se extingue, simplemente se desinstitucionaliza.
Lo que estamos presenciando es un desplazamiento cultural profundo. Durante siglos, la Iglesia católica ofreció un sistema simbólico cerrado y eficaz. Establecía jerarquías claras —sagrado y profano, pecado y redención, obediencia y salvación— y proponía rituales que marcaban el tiempo social: el bautismo, el matrimonio, la misa dominical, el funeral. Hoy, ese sistema ya no logra dialogar con una cultura atravesada por el individualismo, la tecnología y la sospecha hacia toda forma de autoridad.
La secularización, tantas veces presentada como la enemiga de la religión, no ha eliminado la pregunta por el sentido. Simplemente la ha trasladado. Donde antes había milagro, hoy hay ciencia. Donde antes había providencia, hoy hay gestión del riesgo. Donde antes había confesionario, hoy hay terapeuta o algoritmo. El celular concentra atención, ritualidad y promesa de conexión permanente. No reemplaza a Dios, pero compite con la Iglesia en el control del tiempo y del deseo.
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La crisis del clero revela una fractura aún más profunda. El sacerdote fue, durante siglos, una figura separada del mundo, formada en espacios cerrados, investida de una autoridad sagrada. Hoy, esa separación se vuelve insostenible. Los abusos sexuales y su encubrimiento no solo provocaron indignación moral, quebraron el núcleo simbólico que sostenía la institución. Cuando quien encarna lo sagrado ejerce violencia, el sistema entero pierde legitimidad. Se produce una ruptura del mito.
En este contexto, el avance de las iglesias evangélicas no debería sorprender. Más que una competencia religiosa, representan una respuesta cultural. Ofrecen comunidades intensas, liderazgo visible, emoción compartida y una relación directa con Dios, sin intermediarios burocráticos. Frente a una Iglesia católica percibida como distante, jerárquica y anacrónica, las iglesias evangélicas proponen cercanía, pertenencia y eficacia simbólica. Allí donde la Iglesia duda, ellas afirman.
Sin embargo, el dato más revelador no está en los templos, sino fuera de ellos. El crecimiento de quienes se declaran “sin religión” no implica un vacío espiritual, sino un bricolaje de creencias. Cada individuo arma su propio sistema: un poco de cristianismo, algo de espiritualidad oriental, restos de religiosidad popular, terapias alternativas y discursos de autoayuda. La fe se vuelve privada, flexible, sin dogma ni comunidad estable. Creer sin pertenecer.
En América Latina, este proceso convive con una persistente religiosidad popular. Las devociones marianas, las procesiones, los santos locales y las fiestas religiosas continúan convocando multitudes. Son prácticas resistentes porque no dependen de la institución, sino del territorio, del cuerpo y de la memoria colectiva. Allí donde la Iglesia se retira, estas formas permanecen como una religiosidad subterránea, menos doctrinal y más afectiva.
El declive del catolicismo no implica la muerta de la institución. Más bien hay que entenderlo como una mudanza. El mito no desaparece, se fragmenta, se reescribe, se dispersa en la cultura. Las sociedades modernas, por más racionales que se proclamen, siguen necesitando relatos que ordenen la experiencia del dolor, la injusticia y la muerte. El error es creer que esos relatos solo pueden vivir dentro de una institución.
Quizás el catolicismo esté dejando de ser el mito dominante de Occidente. Y como ocurre siempre cuando un mito pierde centralidad, el vacío que deja más que vacío implica una proliferación caótica de nuevas narrativas que intentan, cada una a su modo, responder a la misma pregunta de siempre: cómo vivir en un mundo que ya no ofrece certezas compartidas.
Por Mauricio Jaime Goio.