La última temporada del alero en Cleveland y esta presentan varias similitudes curiosas que aumentan la posibilidad de una segunda vuelta de LeBron a Cleveland.
Anton Vakula
Una fecha común, aparentemente sin mayor trascendencia, se puede convertir en una importantísima para la historia del baloncesto. Cabe la posibilidad de que 28 de enero de 2026 sea recordado como el último día en el que LeBron James visitó el Rocket Arena, pabellón de los Cleveland Cavaliers. Un lugar sagrado, el mismo que, bajo el nombre Quicken Loans Arena fue testigo del único anillo en la historia de la franquicia. Una historia perfecta; la consumación del retorno del rey. Quién sino el elegido podía haber sido el protagonista de una de las mayores hazañas de la historia del deporte.
Sin embargo, las líneas temporales del futuro son infinitas, se abren y contemplan todas las posibilidades; el 28 de enero de 2026 podría no ser la fecha histórica que sugiere todo lo que la rodea. La realidad es que, cada vez es más posible que no sea la última vez que LeBron visite Cleveland vestido de corto. Una opción que puede sonar ambiciosa, desmedida e irreal, pero que se acerca mucho más a un futuro próximo si se echa la vista ocho años atrás: la última temporada del ‘rey’ antes de aterrizar en Los Ángeles.
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La planificación deportiva de los Cavs había en el verano de 2017, que daría paso a la temporada 2017-18, fue un completo desastre. Kyrie Irving había pedido el traspaso, quería alejarse de LeBron y forjar su propio camino.
En su lugar llegó un paquete de jugadores roto y desgastado: Isaiah Thomas, resentido por una operación en la cadera, Jae Crowder y Ante Zizic. El resto de la plantilla se completó con veteranos como Derrick Rose, Dwayne Wade y José Manuel Calderón. Una extraña malgama de jugadores que al inicio de esa década hubiera formado el mejor equipo de la liga, pero en 2018 se asemejaba más a un concesionario abandonado.
Sin embargo, LeBron no estaba dispuesto a negociar su rendimiento personal. Conocía los problemas, estaba al tanto de todo, pero tenía una única misión en su cabeza: hacer lo que fuera por llegar lo más lejos posible. El monstruo logró una hazaña que no repitió (antes ni después) en ningún punto de su infinita carrera: disputar los 82 partidos de la temporada regular. Su estado físico y mental se maximizaron y se vieron fusionados en un único objetivo; no había nada que lo pudiera detener.
Lo más curioso de esta temporada, que LeBron hace poco recordó como “la mejor de su carrera”, ocurrió al borde de la fecha límite de traspasos. Los Cavs propusieron una remodelación completa, una cirugía estética que dejaría irreconocible a la plantilla que había comenzado la temporada. Se fueron Thomas, Crowder, Wade, Rose (el experimento duró poco), Channing Frye e Iman Shumpert (campeones en 2016). En su lugar llegaron George Hill, Rodney Hood, Larry Nance Jr. y el más importante de cara al futuro, Jordan Clarkson. Y es que, precisamente la salida de Clarkson de los Lakers, fue el movimiento que liberó el espacio salarial necesario para que LeBron acabara en la franquicia angelina al verano siguiente; una casualidad llena de intención.
Ocho años después, el alero atraviesa su octava temporada en los Lakers; la racha más longeva de su carrera con una misma franquicia. Sin embargo, la estabilidad no está garantizada y el futuro es incierto, lo lleva siendo durante mucho tiempo. Desde hace exactamente un año, por primera vez en su carrera, LeBron no es la primera espada de su equipo; Rob Pelinka ha entregado las llaves de la franquicia a Luka Doncic. En este mejunje, en el que no se debe olvidar que James tiene 41 años y finaliza contrato el próximo verano, surge una pregunta para la oficina angelina: ¿Realmente merece la pena renovar a un jugador que ocupa su salario teniendo en cuenta todas las variables? Precisamente ante este escenario, uno en el que los Lakers no cuenten con el alero para la próxima campaña, los Cavaliers han tomado la delantera; ya se han ofrecido a acoger de nuevo a su hijo pródigo.
El dicho ‘no hay dos sin tres’ es posible: la tercera etapa de LeBron en la tierra prometida podría estar más cerca de la realidad que nunca.
Esta temporada, LeBron ha hecho todo lo posible para dar el mayor rendimiento imaginable; uno inhmano para alguien que carga con el peso de su carrera detrás. Obviamente ya no es tan joven y la edad también desgasta a los superhéroes, pero su compromiso es intachable y total. Según informó ESPN, después de perderse los primeros partidos por un dolor ciático, James “dejó de beber alcohol durante su rehabilitación, lo que le sirvió para adelgazar considerablemente y poder reducir la presión sobre su espalda. Así pudo mantenerse al nivel de los jóvenes”.
El alero está envuelto en un proceso que encuentra su cierre circular en un único desenlace: la vuelta a Cleveland. Ya no parece casualidad que su mejor temporada fuera la anterior a su marcha a Los Lakers. El hito de los 82, la racha histórica en playoffs, los 51 puntos en las Finales; apostó todo al amarillo; el objetivo era a largo plazo. Esta temporada, la planificación deportiva de los Lakers no ha sido la mejor, pero tampoco había demasiadas opciones; han cubierto sus necesidades como han podido. El problema es que el rendimiento está muy lejos del de un equipo aspirante a ser campeón. Las 50 victorias de la temporada pasada no son para nada una marca segura este año, ni con los refuerzos de DeAndre Ayton, Jake LaRavia y Marcus Smart; Los Lakers son quintos del Oeste con un balance de 28-17. No es suficiente.
El mayor calvario para J.J. Reddick están siendo las lesiones. El trío Luka Doncic – Austin Reaves – LeBron James apenas ha compartido pista esta temporada. Los Lakers empezaron la temporada con Doncic y Reaves reafirmados como la mejor dupla exterior de toda la liga; el récord con LeBron en los banquillos fue de 10-4. La vuelta del rey el 19 de noviembre trajo consigo cinco victorias consecutivas que no fueron ninguna casualidad; los tres pilares angelinos disputaron cuatro de esos cinco encuentros. Desde ese momento, solo en cuatro ocasiones más pudieron compartir pista. Las necesidades de descanso de LeBron en noches consecutivas, alguna ausencia puntual de Luka y una lesión de Reaves en Navidad ante los Rockets (de la que aún no se ha recuperado) han hecho imposible que la máquina angelina pueda carburar del todo.
Veintitrés temporadas suponen una carga difícil de imaginar; solo LeBron puede saber lo que conllevan a todos los niveles. El rey se tomó con mucha calma su vuelta a las pistas; 16,5 puntos de media en los cuatro partidos que disputó en noviembre. Pero la progesión numérica ha sido muy notable desde entonces: en diciembre subió a 21,6 puntos por encuentro, y en enero, volvió a lo que ha acostumbrado al mundo durante más de dos décadas: ya promedia 25 puntos por noche, con una subida sustancial en el rebote (7 de media por los 5 por noche en los primeros dos meses), acompañada de una sensación más fresca y renovada en su juego. Su mejora que indica que LeBron ha puesto el foco en hacer la mejor temporada posible; una situación que recuerda a su última campaña en Cleveland. Solo el tiempo definirá la realidad, pero las fichas ya están sobre el tablero.
