Con una maleta llena de ilusiones y un balón como brújula, el cruceño Santiago Alba Flores llegará a EEUU para medirse con la élite juvenil del básquet mundial de la NBA

Fuente: El Deber
A Santiago Alba Flores la vida le cambió sin estridencias, como cambian las cosas importantes. No fue una noche de luces ni de titulares rimbombantes. Fue un mensaje, una llamada, una carta que tardó meses en llegar y que hoy lo tiene, a sus 15 años, caminando por Miami con una mochila liviana y una responsabilidad enorme: representar a Bolivia en el NBA Tour Skills Camp Challenge 2026, un espacio reservado para talentos juveniles que sueñan —y trabajan— con jugar en la élite del básquetbol mundial.
La historia de Santiago no comienza en Estados Unidos, sino en una cancha escolar de Santa Cruz, cuando tenía apenas 12 años y el baloncesto no le decía demasiado. “En ese trimestre nos tocó básquet y no me atraía”, recuerda. Fue un profesor de educación física el que, casi a la fuerza, le puso la pelota en las manos y le dijo que había que intentarlo. Ese mismo año, su abuelo le regaló un balón por su cumpleaños. Un gesto sencillo, doméstico, que terminó marcando un destino. “Mi abuelo me había comprado una pelota ese año”, cuenta Santiago, como quien habla de un talismán.
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Al principio, el básquet fue una obligación escolar. Practicaba para no sacar mala nota. Pero algo ocurrió en el proceso. Mientras en otros deportes entrenaba quince o veinte minutos, con la pelota naranja el tiempo se diluía. “Me pasaba una hora, tres, sin lanzar al aro, solo boteando”, dice. La tarde se le iba sin darse cuenta. Cambió el celular por el balón, los videojuegos por la cancha. Su madre, Rocío, lo notó antes que nadie. “Mi mamá decía: esto es vicio”, recuerda entre risas. Pero era otra cosa: era pasión.
Ese mismo año, Santiago entendió que el básquet iba en serio. Empezó a competir, a viajar, a medirse. Llegaron los campeonatos con su colegio, René Moreno; la Copa de Invierno; la Copa Bolivia Elite en Cochabamba, donde fueron subcampeones en un coliseo lleno. “Ese año dije: esto va en serio”, afirma. Poco después, llegó su primera selección cruceña. Hoy ya suma cuatro convocatorias consecutivas, un dato que habla de constancia más que de promesas.
Su crecimiento fue tan físico como mental. Con 1,81 metros de estatura a los 15 años, Santiago todavía tiene margen para crecer. “Ojalá que sí”, dice, sin ansiedad, consciente de que el cuerpo también necesita tiempo. De niño jugaba como pívot, el más alto del equipo. Con los años, tuvo que adaptarse. Aprendió a dominar la bola, a pasar, a lanzar de media y larga distancia. Hoy alterna como base y alero, según la categoría. “Tuve que evolucionar mi juego”, explica. “Mejorar mi tiro de fuera porque abajo había tipos de dos metros diez”.
El entrenamiento se volvió rutina y sacrificio. En vacaciones, su agenda es casi profesional: gimnasio por la mañana, sesiones personalizadas por la tarde y entrenamientos con su equipo, la Academia MG. Empezó a trabajar la fuerza a los 13 años, en un gimnasio pensado para atletas, no para fisicoculturistas. “Comencé a sentir cambios en mi cuerpo”, recuerda. A los 15, ya clavaba con una pelota de tenis. El progreso no fue magia, fue repetición.
A ese esfuerzo silencioso se sumaron renuncias que no siempre se ven. Fines de semana sin salidas, cumpleaños a medias, viajes largos en bus para jugar un solo partido. Santiago aprendió temprano que el básquet también exige paciencia, tolerar derrotas y convivir con la presión. “Es un deporte con bastante contacto”, dice, no solo físico, sino emocional. Aprendió a perder y a levantarse, a escuchar correcciones, a confiar en procesos largos cuando los resultados no llegan de inmediato. Esa madurez, coinciden quienes lo rodean, es tan valiosa como su tiro exterior o su visión de cancha.
La familia estuvo siempre cerca. Su padre, Marvin, fue clave en los momentos decisivos. Cuando llegó el primer contacto de la NBA Tour, Santiago no dimensionó lo que significaba. Fue Marvin quien atendió la llamada, escuchó la explicación y entendió la magnitud. “Mi papá dijo: wow”, recuerda el joven. Rocío, su madre, fue la que buscó un equipo cuando vio que su hijo había dejado el celular. Y su hermana Ayllen es parte de ese círculo íntimo que lo sostiene emocionalmente. “Mi familia siempre está ahí”, dice, sin necesidad de adornos.
La invitación a la NBA no llegó por casualidad. Surgió tras un largo seguimiento, videos, fotografías, partidos observados con lupa. “Me analizaron por un largo tiempo”, explica. Primero fue la carta de preselección. Meses después, la confirmación oficial. “Fue mucha emoción cuando lo asimilé bien”, confiesa. “Fue un sueño. Todo el tiempo que iba a entrenar y volvía a hacer lo mismo, dije: todo valió la pena”.
Santiago mira básquet desde chico. Empezó con la NBA, por su creatividad y espectáculo. Luego amplió la mirada hacia Europa. Admira a Facundo Campazzo, base argentino del Real Madrid, casi de su misma estatura. “Lo analizo mucho”, dice. Le gusta el básquet más ordenado, más de pase, más inteligente. “Es el que tengo que aprender”, afirma, con una madurez que sorprende.
El 25 de febrero partirá rumbo a Estados Unidos. El campamento comienza el 27 y durará unos diez días intensos, con entrenamientos, competencias, partidos y miradas atentas de entrenadores y scouts. Santiago sabe que puede pasar cualquier cosa. “Sería una gran oportunidad quedarme”, admite, pero no se acelera. “Me siento preparado para dar lo mejor de mí”.
Más allá del resultado inmediato, el viaje tiene un valor simbólico profundo. Para Santiago, significa comprobar hasta dónde puede llegar con disciplina y constancia; para su familia, ver materializado un esfuerzo colectivo; y para el básquet boliviano, una señal de que el talento existe y puede ser visto. No es solo una experiencia deportiva: es una prueba de carácter, una vitrina exigente y una lección temprana sobre competir sin miedo, incluso cuando el escenario impone respeto.
Por dentro, dice, está en paz. Emocionado, sí, pero tranquilo. Se prepara también en lo psicológico. “En las noches pienso cómo será”, cuenta. Sueña despierto, pero entrena despierto también. Su mayor anhelo es llegar a una liga internacional y jugar profesionalmente. Pero no apuesta todo a una sola carta. En paralelo, piensa estudiar sociología. “Lo estoy pensando bastante”, dice. Quiere una profesión para toda la vida, un plan que conviva con el deporte.
Santiago sabe que en Bolivia hay talento, pero falta apoyo. Lo dice sin reproche, como diagnóstico. Ha jugado en Cochabamba, Tarija, Beni; ha visto chicos más altos, más fuertes. “Hay potencial”, insiste. “Solo hace falta más apoyo”. Él, por ahora, aprovecha la oportunidad. No promete llegar a la NBA. Promete trabajar. Y eso, en un chico de 15 años que cambió el celular por una pelota, ya es mucho decir.
En Miami, mientras tanto, el balón vuelve a marcar el camino. Como aquel regalo del abuelo, como aquel profesor que lo obligó a intentarlo. La historia sigue. Y recién empieza.
Fuente: El Deber