Fernando Untoja
El análisis de la figura del Qamiri exige situarla rigurosamente al interior de la economía del ayllu. Descontextualizar esta noción conduce a interpretaciones moralizantes o ideologizadas que oscurecen su significado económico efectivo. El ayllu no constituye una forma residual ni premoderna de organización social, sino una racionalidad económica operativa, capaz de estructurar producción, circulación, competencia y acumulación tanto en espacios rurales como urbanos.
En este sentido, resulta analíticamente incorrecto restringir el funcionamiento del ayllu al ámbito de las comunidades rurales. La máquina económica aymara, organizada según la lógica del ayllu, se manifiesta de manera continua en ferias, mercados, redes de transporte, comercio mayorista y circuitos urbanos de distribución. Aquello que la economía convencional denomina de forma imprecisa “economía informal” corresponde, en realidad, a una economía regulada por normas propias, con mecanismos de coordinación, jerarquización y asignación de recursos que no dependen del Estado.
Esta máquina económica se configura como una totalidad estructurada a partir de cuatro formas fundamentales de trabajo y articulación económica: ayni, minka, mita y qamaña.
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El ayni constituye una relación de reciprocidad que incorpora rivalidad individual regulada. Lejos de suprimir la competencia, el ayni la canaliza institucionalmente, permitiendo que los actores busquen mejorar su desempeño productivo y económico dentro de un marco socialmente reconocido. La diferenciación resultante no es patológica, sino constitutiva del sistema.
La minka organiza la cooperación entre grupos y colectivos, posibilitando la ejecución de obras y actividades que superan la capacidad individual. Esta forma de trabajo no anula la iniciativa privada; por el contrario, la complementa y la hace viable al sostener las condiciones colectivas de producción.
La mita debe entenderse como una obligación económica del individuo hacia la totalidad del ayllu. No se trata de servidumbre ni de coerción improductiva, sino de una institución orientada a asegurar la reproducción, expansión y productividad del sistema económico. Mediante la mita se construyen y mantienen infraestructuras clave —canales de riego, caminos, terrazas, rutas comerciales o equipamientos comunales— que benefician al conjunto de la comunidad o del barrio. Lejos de limitar la acumulación individual, la mita la facilita, al crear condiciones materiales que amplían la capacidad productiva y el acceso a nuevos espacios económicos.
El qamaña expresa la lógica de acceso y control de distintos pisos ecológicos y económicos, permitiendo la diversificación productiva y la movilidad territorial. No constituye una noción ética abstracta, sino una racionalidad económica basada en la gestión estratégica del espacio y los recursos.
Es al interior de estas cuatro relaciones que se produce y se comprende la figura del Qamiri. El Qamiri no representa una desviación del sistema ni una ideología particular, sino el resultado del potenciamiento económico generado por la competencia productiva, la movilidad y la capacidad de articularse eficazmente dentro de la máquina económica aymara. Su modo de vida es consecuencia de un desempeño económico exitoso, no de privilegios externos ni de ruptura comunitaria.
La acumulación asociada al Qamiri no se cristaliza de manera improductiva. El sistema incorpora mecanismos de gasto y redistribución del excedente, particularmente a través de las fiestas productivas, que cumplen la función económica de reactivar la circulación y evitar la concentración estéril de recursos. Estos mecanismos recuerdan que la acumulación, en esta racionalidad, está orientada a la reproducción ampliada del sistema.
Desde esta perspectiva, el espíritu liberal —entendido como primacía de la iniciativa individual, competencia, diferenciación y acumulación— está presente en la lógica del ayllu, no como doctrina importada, sino como racionalidad económica efectiva. El error analítico consiste en buscar liberalismo en teorías externas, cuando este se encuentra ya operando en prácticas económicas concretas.
La tarea de las ciencias sociales no debería ser importar teorías liberales de moda, sino observar, describir y develar esta racionalidad económica propia, reconociendo sus reglas, tensiones y capacidades productivas. Solo desde ese reconocimiento es posible construir marcos teóricos y políticas públicas que dialoguen con la realidad económica existente, en lugar de imponer modelos ajenos a su funcionamiento.
