La paradoja de cuidar el mercado interno castigando al que exporta


El anuncio de la “liberación de exportaciones” fue puro discurso. Exportar sigue siendo un permiso, no un derecho, ni mucho menos el “capitalismo para todos” que se vendía en campaña. Porque cuando exportar depende del visto bueno de un grupo de burócratas, no hay libertad: hay favores, chantajes, abuso y miedo.

El argumento es el mismo de siempre: “vamos a cuidar el mercado interno”. Pero esa idea parte de una falacia económica peligrosa: creer que prohibiendo exportar se protege al consumidor. Limitar exportaciones no protege al consumidor: distorsiona los incentivos y castiga al productor. Esto siempre termina igual: menos producción, más escasez y precios más altos.



Exportar no debería ser un privilegio, es el motor de la producción. Da escala, genera empleo y trae dólares. Permite producir más allá de un mercado chico y limitado como el boliviano. Sin exportaciones libres, el productor queda atrapado en una burbuja regulada y políticamente manipulable que asfixia y termina matando industrias enteras.

Es una lógica selectiva. Nadie controla exportaciones de vino, café o quinoa para “garantizar el consumo local”. Con los alimentos de la canasta básica producidos en el oriente, en cambio, el Estado se otorga el derecho de decidir quién vende, cuánto vende y a qué precio. Eso no es economía, es control político.

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Pareciera una maldición que Santa Cruz produzca justamente lo que el Estado más se empeña en limitar para exportar. El desarrollo cruceño siempre termina siendo castigado para alimentar discursos que generan rédito político. Santa Cruz alimenta a Bolivia, sí, pero no por caridad ni obligación moral: es negocio, inversión, sacrificio y trabajo. Igual que cualquier otro rubro.

Detrás de todo este show hay algo mucho más grave: la desesperación. Obligar al exportador a traer sus divisas bajo amenaza no puede ser el sustento de nuestra política cambiaria; es simplemente una extorsión descarada, abusiva y arbitraria. Creíamos que usar al productor como cajero automático era una práctica masista, pero no: parece ser lo que hace un Estado quebrado, improvisado y sin rumbo claro.

Este esquema destruye cualquier incentivo a producir. Cuando un productor sabe que se le limita exportar y, encima, se le quitan los dólares, no invierte ni planifica: entra en modo sobrevivencia, produce menos y posterga decisiones. Con la cosecha de verano a la vuelta de la esquina, en vez de haber certidumbre, hoy reina la duda: ¿cuánto se podrá exportar, bajo qué condiciones y con qué riesgos administrativos? Ningún país crece así.

Ya es hora de dejar los discursitos políticos sobre el “Estado tranca” y empezar a aplicar medidas económicas de fondo. La gente no come discursos y los empresarios no invierten por imposición ni amenazas. Si realmente se quiere un país que produzca, exporte y crezca, hay que liberar de verdad y dejar de gobernar con emociones para empezar a gobernar con reglas claras.

No nos sirve de nada un gobierno experto en administrar escasez. Necesitamos uno que no meta la cuchara donde no debe. Que deje producir, exportar y crecer. Sin permisos, sin amenazas y sin letra chica bajo la manga.

 

Roberto Ortiz Ortiz