La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser


Por Ricardo V. Paz Ballivián

 



Hay una escena que la política suele evitar, pero que tarde o temprano alcanza a todos los caudillos, el silencio. Ese instante en el que el ruido de la plaza se apaga, las cámaras buscan otros rostros y el nombre que durante años ocupó titulares, consignas y pancartas deja de ser sinónimo de poder para convertirse en un eco incómodo. Evo Morales habita hoy ese silencio.

Durante más de veinte años fue el centro de gravedad de la política boliviana. Gobernó con una acumulación de poder nunca vista desde el retorno democrático, moldeó instituciones a su medida, disciplinó aliados, humilló adversarios y confundió, como suele ocurrir, el respaldo popular con un cheque en blanco. En ese largo ciclo, el poder dejó de ser una herramienta para convertirse en un fin. Y cuando eso ocurre, la caída no es solo política, es moral.

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La desaparición mediática de Evo Morales no es casual ni coyuntural. Es el síntoma de un agotamiento profundo. Ya no marca la agenda, ya no ordena el debate público, ya no convoca multitudes con la sola mención de su nombre. El líder omnipresente se ha vuelto una figura defensiva, replegada, atrapada en explicaciones tardías y en la amarga tarea de justificar un pasado que, visto desde hoy, pesa más de lo que ilumina.

Hay en su situación actual un contraste brutal. Quien durante años tuvo fiscales, jueces, policías y legisladores orbitando a su alrededor, hoy denuncia indefensión. Quien descalificó sistemáticamente a la justicia cuando esta rozaba su poder, ahora reclama garantías. No deja de ser una ironía trágica, el sistema que ayudó a degradar es el mismo en el que hoy dice no encontrar amparo.

Ese “dolor de ya no ser” se agrava porque no se trata solo de haber perdido el gobierno. Se trata de haber perdido el relato. El Evo simbólico, el del origen humilde, el del dirigente sindical convertido en presidente, ha sido desplazado por otro Evo, más difícil de defender, el del poder sin límites, el de la reelección forzada, el del “yo o el desastre”. Y, más recientemente, el de las acusaciones graves que han manchado de forma irreversible su figura pública, incluidas denuncias que lo vinculan con conductas moralmente repudiables y judicialmente investigables. Aunque serán los tribunales los que deban establecer responsabilidades, el daño político y ético ya está hecho.

La vergüenza de haber sido no proviene solo del juicio ajeno, sino del espejo propio. De saber que se tuvo todo y se lo usó mal. Que se confundió liderazgo con impunidad. Que se creyó eterno en un oficio que castiga, tarde o temprano, a quienes no saben irse.

Evo Morales es hoy una advertencia. Para sus seguidores, sobre los riesgos de endiosar a un líder. Para sus adversarios, sobre la tentación de parecerse a aquello que se critica. Y para la democracia boliviana, sobre el alto costo de tolerar el abuso de poder cuando viene envuelto en legitimidad electoral.

El tango lo dice con crudeza: “La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”. En política, como en la vida, no hay caída más dura que la de quien lo tuvo todo y lo perdió no tanto por falta de apoyo, como por exceso de soberbia.