Fernando Untoja
En la ciencia política, la estabilidad no se define únicamente por la ausencia de conflicto abierto, sino por la previsibilidad institucional, la reducción de la polarización extrema y la capacidad del Estado para proyectar confianza tanto hacia adentro como hacia afuera. En este marco, Bolivia atraviesa una etapa de estabilización gradual que comienza a reflejarse en su posicionamiento internacional.
Durante los ciclos de alta conflictividad, el “fuego político” —alimentado por narrativas de crisis permanente— operó como un factor de riesgo para la credibilidad externa del país. La incertidumbre política suele funcionar como “gasolina” que inhibe inversión, cooperación y alianzas estratégicas. No obstante, en el escenario actual, ese fuego parece contenible, y la gasolina ya no produce el mismo efecto inflamable.
La estabilización política interna ha permitido que Bolivia sea percibida nuevamente como un actor previsible, condición indispensable para la reconstrucción de la confianza internacional. En el sistema internacional contemporáneo, los Estados no solo compiten por recursos, sino por reputación. En ese sentido, Bolivia comienza a ser “deseada” no por una idealización romántica, sino por una combinación de factores estratégicos: estabilidad relativa, recursos naturales clave, y una diplomacia que transmite continuidad y control.
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Sin embargo, esta mejora en la imagen externa convive con la persistencia de oposiciones radicalizadas que mantienen un discurso de crisis inminente. Desde un enfoque institucionalista, este tipo de oposición no logra erosionar significativamente la confianza internacional cuando no se traduce en inestabilidad efectiva. Para los actores globales, lo determinante no es la retórica política, sino la capacidad real del Estado para sostener reglas, contratos y gobernabilidad.
Así, la paradoja boliviana actual reside en que, mientras ciertos sectores continúan intentando reactivar el “fuego político” interno, el país avanza en un proceso de normalización externa. El mundo no “desea” a Bolivia por ausencia de conflictos —ningún Estado está exento de ellos— sino porque comienza a percibirla como un país que ha aprendido a administrar sus tensiones sin colapsar.
En conclusión, la estabilización política boliviana está produciendo un activo intangible fundamental: confianza. Y en el orden internacional, la confianza es una forma de poder silencioso, menos visible que la confrontación, pero mucho más duradera.
