Fuente: https://ideastextuales.com

La mayoría son un ejercicio vano, casi grotesco, porque actúan fuera de contexto, despojados de la fuerza que los sostenía en nuestra memoria. Otros, en cambio, constituyen un suceso. No porque se adapten a la perfección a la nueva época, sino porque conservan una estructura simbólica que los sostiene, a pesar del implacable paso del tiempo. The Muppets Show pertenece a esta segunda categoría. No sobreviven por mero cálculo comercial ni por fidelidad sentimental, sino porque funcionan como un mito moderno. Se sostiene en una narración flexible que ordena, utilizando el humor, las tensiones centrales de la vida social contemporánea.



No se entienda mito como una fábula infantil o un relato fantástico, sino como una estructura simbólica que permite pensar y organizar todo aquello en lo que la explicación racional falla. Proponen figuras, roles y escenas que hacen legibles conflictos cotidianos. Por eso nunca fue un simple programa de variedades televisivas, sino una representación del caos organizado como forma de vida.

En el centro estaba la Rana René. Ni un héroe carismático ni un líder inspirador, sino un administrador del desastre. No resolvía conflictos, los contenía. Escuchaba, mediaba, posponía el derrumbe inminente del espectáculo. Su virtud no era controlar, sino resistir. Apenas si lograba que el show siguiera, aunque fuera a los tumbos. Allí residía su potencia simbólica.

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A su alrededor orbitaban una serie de personajes psicológicos complejos, encarnando roles culturales exagerados, con el fin de volverlos transparentes. La chanchita Piggy encarnaba el deseo sin límites y la afirmación desmedida del yo; Animal, la pulsión; Statler y Waldorf, el par de ancianos que fungían como espectadores, la crítica corrosiva que no propone alternativas, pero vigila desde el balcón; Gonzo, la anomalía inclasificable, aquello que no encuentra lugar. Más que individuos, constituyen arquetipos sociales transformados en caricatura. Y precisamente por eso resultaban tan legibles.

El arquitecto de este sistema fue Jim Henson (Greenville, Misisipi 1936-Nueva York 1990). Su trabajo consistió en ensamblar disciplinas dispares —vodevil, slapstick, jazz, sátira política, televisión educativa— sin imponer jerarquías rígidas. No buscó una obra cerrada ni un canon definitivo, sino un dispositivo flexible, capaz de reconfigurarse de forma permanente. Una lógica que explica por qué el programa ha resistido tan bien el paso del tiempo y las generaciones. No se sostiene en una narrativa única, sino de una red de relaciones en permanente construcción.

Durante años se insistió en clasificarlos como entretenimiento infantil, cuando en verdad, como pasa con muchos programas modernos, se sostienen en una reflexión profunda del mundo de los adultos desde el niño interno que siempre nos acompaña. Los Muppets son infantiles sin ser ingenuos, absurdos sin ser vacíos. Su humor funciona porque permite decir lo indecible, desde la irreverencia de ese yo infantil que desprecia la solemnidad.

Tras la muerte de Henson el recorrido de los Muppets fue errático: compras corporativas, relanzamientos fallidos, largos silencios. Disney los adquirió, los archivó, los revivió y volvió a guardarlos. Cada intento demostró que reducirlos a mera “propiedad intelectual” era romper con su frescura e irreverencia. Definitivamente necesita de la frescura de su imperfección, repetición y fracaso.

De hecho, algo tan cotidiano, el fracaso es sostiene la lógica interna del espectáculo. Casi todas las películas de los Muppets cuentan, en esencia, la misma historia: el espectáculo se hunde, nadie cree en él, todo parece perdido. Hasta que, de algún modo, vuelve a levantarse. No se trata de una casualidad narrativa, sino de una concepción cíclica del tiempo cultural. El sentido de la vida no avanza en línea recta: regresa, se transforma, insiste.

Por Mauricio Jaime Goio.