Manfredo Kempff Suárez
Aunque yo estoy un poco maltrecho por el paso del tiempo y estoy caminando como un pato, ya tengo pagada mi cuota para el Carnaval.
No voy a saltar en el corso como hasta hace poco, pero puedo quedarme subido en el hermoso carro de mi comparsa, bebiendo limonada por prescripción médica, y repartiendo “colas” a tanto público que va al Cambódromo, donde abundan las buenas mozas que claman por un recuerdo y que yo, emocionado, les regalo hasta mi sombrero de Taura, porque no tengo nada más que dar.
Lo cierto es que en Santa Cruz el Carnaval ya nos ha hecho saborear el aperitivo con las lucidas noches de las “precas”, donde el folclore ha llenado las calles del centro. Ya hemos visto por las calles atiborradas de público, a nuestra bellísima reina del Carnaval 2026, Su Majestad Camila I (hija y nieta de Tauras), que con Los Testarudos han prometido una fiesta inolvidable. Mostraron de lo que son capaces en la multicolor Coronación de Camila, que estuvo espléndida y que fue transmitida por televisión para los miles que no asistieron por falta de espacio.
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Además, como si fuera poco, absorbiendo la creativa carnavalera tarijeña, se realizó el Jueves de Compadres y hoy día se realiza el Jueves de Comadres, donde las mujeres jóvenes y no tan jóvenes, bailan, brincan, cantan y beben, intercambiando cestas con frutas, sin el acecho de los gavilanes que observan desde lejos deseosos de participar.
El carro de Su Majestad va a estar espectacular porque algo impresionante ya se ha visto. Los Testarudos no van a defraudar y todos esperan un corso colmado de ávidos amantes de la “fiesta grande de los cruceños”.
Ser comparsa coronadora en Santa Cruz no es tarea fácil, porque, luego de ganar ese privilegio, obliga a una enorme responsabilidad, ya que, además de lucir y atender a la reina, tienen que alegrar a la multitud que los aplaude y que quiere tocarlos siquiera, como a verdaderos príncipes y princesas del Reino.
Las costureras no se dan tiempo para nada, cosiendo casacas a última hora, o peor, arreglando y ajustando los trajes de las reinas de las otras comparsas, que requieren de bordados, plumas multicolores y chaquiras de todo tipo.
Estilistas de las peluquerías, varones muchos, están haciendo obras de arte en las bellas testas coronadas, que, además de hermosos peinados tienen que resistir el agua y los ventarrones. Los hoteleros, afligidos, buscan espacio, aunque están con sus reservas completas; y los dueños de alojamientos de “alta rotatividad” andan locos para asegurar el lavado oportuno de las sábanas.
Y en los restaurantes se desviven previendo que no les falte los elementos para su cocina. Ni tienen mucho tiempo tampoco, preparando sus productos, las damas que venderán sodas, cervezas y sanguches, en todas las esquinas de la Calleja y en las tradicionales calles aledañas, a sedientos y sedientas que recorren la zona sudando, abrazándose con las amistades, bajo el solazo o la lluvia.
En este país de politiqueros, cuando Santa Cruz se ha contagiado irremediablemente de ese mal, desde hace días que nadie les tira pelota a los candidatos deseosos de ganar en las elecciones subnacionales. ¡Es que ya está bueno de elecciones! ¡Ya no se los puede ver a los postulantes! ¡A quién le importa ahorita quien será alcalde, gobernador o concejal! En estos días los cruceños solo quieren oír la banda.
Los políticos hablan al fósforo de las grandes obras que construirán, de puentes, carreteras, túneles, trenes; de honestidad y eficiencia; en vez de repartir preservativos, viagras, trago, antiácidos, cachuchas colorinches, mixtura y espumas.
El Carnaval se viene como un furioso turbión con toda su fuerza y hay que saber cruzarlo a nado, tragando cerveza en vez de agua. Los que se quedan mirando en la orilla terminan lamentándolo.
