El silencio que vota


MS.c Hugo Salvatierra Rivero

Periodista y docente universitario



La «Espiral del Silencio», teoría formulada por la investigadora alemana Elisabeth Noelle-Neumann en los años 70, es hoy más peligrosa que nunca. Este concepto explica un fenómeno fascinante y aterrador: por qué a veces sentimos que «todo el mundo piensa igual», incluso cuando no es así.

En su núcleo, la teoría sostiene que el ser humano tiene un miedo instintivo al aislamiento. Como anhelamos la aceptación social, observamos constantemente nuestro entorno para medir qué opiniones son populares. Si percibimos que nuestra postura es minoritaria, nos callamos.

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Aquí es donde la teoría se convierte en un arma de estrategia política. La Espiral del Silencio no siempre ocurre de forma natural; hoy se induce artificialmente. Cuando una campaña publica encuestas sesgadas o pagadas que muestran a un candidato como el «ganador inevitable», su objetivo no es informar, sino fabricar un clima de opinión.

El impacto en el votante es psicológico y devastador. Crea desánimo de la oposición que al ver que su candidato «no tiene oportunidad», el ciudadano siente que su voto es inútil y, por miedo al ridículo social, deja de defender su postura en público.

Además, por puro instinto de pertenencia, muchos terminan sumándose al “carro ganador”, a la opción que parece mayoritaria solo para no sentirse excluidos.

En la era de las redes sociales, este fenómeno se vuelve agresivo. El aislamiento digital y el temor al linchamiento en plataformas como X, Facebook o Instagram obligan al disidente a silenciarse. Aunque los sondeos en redes carezcan de rigor científico, logran crear una falsa sensación de consenso.

Los algoritmos hacen el resto, nos encierran en burbujas donde solo vemos lo que queremos ver. Si el sistema te bombardea con encuestas favorables a un bando, terminarás creyendo que tu opinión distinta es una «anomalía estadística».

Sin embargo, cuando la presión social es asfixiante, surge el voto oculto. El ciudadano miente en las encuestas o guarda silencio para evitar la cancelación, pero decide en soledad frente a la urna. Esto explica los fallos estrepitosos de los sondeos en las últimas décadas. La gente no cambia de opinión, simplemente dejó de hablar en público para protegerse.

En un mundo dominado por voces ruidosas y algoritmos implacables, la pregunta es obligatoria: ¿Nuestra opinión es realmente nuestra, o es solo el eco de lo que otros nos obligaron a callar?