Imaginación, ficción y continuidad entre especies


A partir del caso del bonobo Kanzi, este artículo explora la imaginación no como un milagro exclusivamente humano, sino como una capacidad compartida, cultivada por la cultura y sostenida en la frágil continuidad de la historia evolutiva.

Fuente: https://ideastextuales.com



Durante mucho tiempo, la imaginación fue presentada como uno de los hitos que marcaba la frontera entre ser humanos y ser animales. Nosotros, se decía, imaginamos; ellos reaccionan. Nosotros inventamos mundos posibles, ellos se limitan a habitar el que se les da. La capacidad de operar sosteniendo una ficción compartida parecía el último refugio de nuestra excepcionalidad. Sin embargo, ciertos hallazgos en primatología nos obligan a revisar esos cimientos.

Tal es el caso del bonobo Kanzi, criado en un entorno humano y expuesto desde temprano a interacciones simbólicas, que aprendió a comunicarse mediante lexigramas y gestos. Pero lo verdaderamente sorprendente fue su disposición a participar en juegos de simulación: experimentos en los cuáles un investigador fingía esconder comida bajo una taza vacía. Sin estímulo perceptivo alguno, Kanzi fue capaz de señalar el recipiente “correcto”. No porque hubiera algo allí, sino porque comprendía la regla del juego

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Podríamos refutar que se trata simplemente de condicionamiento. Que estamos proyectando categorías humanas (imaginación, ficción, simbolismo) sobre conductas animales que podrían explicarse por aprendizaje asociativo. Pudiesen ser atendibles estas objeciones, sin embargo, lo que vuelve interesante este caso no es la ejecución mecánica de una respuesta, sino la flexibilidad del contexto. No responde a un estímulo físico constante ni a una señal inequívoca, sino a una convención compartida, válida solo dentro del marco lúdico. La ficción no se confunde con la realidad cotidiana.

Debe entenderse imaginación como la capacidad de operar con lo ausente bajo reglas compartidas. Sostener una doble realidad sin confundirla, sabiendo que algo no está y, aun así, comportarse como si estuviera. Es la base del juego infantil, del ritual, del lenguaje y de buena parte de la vida social humana.

Entendido así, el comportamiento de Kanzi deja de guiarse por simple curiosidad y se vuelve conceptualmente relevante. No porque borre las diferencias entre humanos y primates, sino porque desplaza su fundamento. En lugar de rupturas súbitas, propone pensar en continuidades evolutivas que luego son transformadas, amplificadas y fijadas históricamente.

En este punto, conviene evitar dos errores. El primero negar cualquier diferencia significativa entre los humanos y otros animales. El segundo, insistir en una diferencia de esencia que aparece como un milagro evolutivo. Kanzi no imagina como un poeta ni como un niño inmerso en una tradición narrativa. No inventa ficciones nuevas ni las transmite culturalmente. Pero muestra una capacidad mínima de entrar en un juego simbólico. La cultura no se construye sobre un vacío biológico, sino sobre disposiciones previas que la historia vuelve más densas, estables y complejas.

La escena del bonobo señalando una taza vacía no es impactante porque nos quite algo, sino porque nos devuelve algo. Nos devuelve una imagen menos heroica, pero más precisa, de nuestra propia historia. La imaginación no cayó del cielo ni fue entregada como un don exclusivo. Es una facultad trabajada, cultivada, transmitida. Una capacidad frágil que se apoya en continuidades profundas que se transforman en el tiempo.

Por Mauricio Jaime Goio.