El 11 de febrero de 1990 no solo marcó la liberación de un hombre, sino el inicio de una transición política que desafió la lógica de la revancha. A partir de la figura de Nelson Mandela, este artículo reflexiona sobre el significado simbólico de aquel día y sobre la difícil apuesta por la reconciliación en sociedades atravesadas por la violencia y la desigualdad.
Fuente: Ideas textuales
El 11 de febrero de 1990, Nelson Mandela cruzó la puerta de la prisión de Victor Verster y caminó hacia la multitud que lo esperaba. No se trataba únicamente de la liberación de un preso político tras veintisiete años de encierro. Aquella escena condensaba el colapso visible de un orden histórico y la apertura incierta de otro. Un hombre salía de la cárcel transformado en leyenda. Con cada uno de sus pasos trastabillaban los cimientos de una nación. Al menos los de la Sudáfrica del apartheid.
Durante décadas, el apartheid había organizado la vida social mediante una segregación sistemática. No era solo un régimen jurídico discriminatorio, sino un dispositivo político y cultural que administraba identidades, espacios y expectativas. La separación racial no se limitaba a la enumeración de una serie de leyes injustas. Estructuraba escuelas, barrios, transportes, trabajos y horizontes vitales. El objetivo era naturalizar la desigualdad, convertirla en un destino determinado por el mero color de la piel. En ese sistema, la política se reducía a imposición y la convivencia a una ficción imposible.
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Mandela fue encarcelado precisamente porque encarnaba una amenaza a ese orden. No solo por sus ideas, sino por su visibilidad. En política, la figuración pública es tan decisiva como el discurso. Privarlo de esa figuración fue una forma de intentar borrarlo de la historia. Sin embargo, el encierro produjo el efecto contrario. A lo largo de los años, Mandela dejó de ser únicamente un dirigente del Congreso Nacional Africano para convertirse en un símbolo internacional. La figura del prisionero sostenía la idea de que por más que parezca imposible, ningún sistema injusto es eterno.
Cuando finalmente fue liberado, no apareció solo un individuo, sino una narrativa colectiva largamente contenida. La escena tuvo la fuerza ritual del prisionero que regresa, del exiliado que recupera la voz, del líder que vuelve para participar en la fundación de una nueva comunidad política. Cómo Ulises volviendo a Ithaca para expulsar a los intrusos.
Este momento no habría sido posible sin las luchas internas contra el apartheid, las movilizaciones sociales, la presión internacional, las negociaciones entre el ANC y el gobierno de Frederik de Klerk. La historia no avanzó solo por la voluntad de un hombre, aunque su figura concentraba simbólicamente el sentido del proceso.
Lo decisivo ocurrió después de la liberación. Mandela pudo haber optado por un discurso de revancha. Tenía razones de sobra. Sin embargo, habló de reconciliación, no como olvido ni como negación del daño, sino como una estrategia política consciente para evitar que la violencia se reprodujera bajo nuevas formas. Comprendió que una nación no se funda invirtiendo los roles de víctima y verdugo, sino creando reglas comunes que permitan convivir sin aniquilarse.
Esa apuesta se materializó, entre otras iniciativas, en la Comisión de la Verdad y Reconciliación. El proceso fue profundamente controvertido. Permitió que muchos crímenes salieran a la luz y que las víctimas fueran escuchadas, pero también implicó amnistías que dejaron un sabor amargo. Para sectores de la población negra, la reconciliación fue vivida como una renuncia a la justicia plena. Las desigualdades económicas heredadas del apartheid permanecieron casi intactas, y el poder económico siguió concentrado en pocas manos. Estas críticas no pueden ser ignoradas, muestran los límites de una transición negociada.
Sin embargo, reducir el legado de Mandela a esas insuficiencias sería sumamente injusto y simplificador. Su liderazgo introdujo una novedad política en un contexto saturado de violencia. Reinstaló la idea de que el conflicto podía transformarse en palabra pública y que la política podía volver a ser conversación. No resolvió todos los problemas, pero recuperó el espacio de la pluralidad. Allí donde el apartheid había organizado la sociedad como compartimentos estancos, la transición reabrió la posibilidad de una comunidad política compartida.
Tres décadas después Sudáfrica sigue atravesada por desigualdades extremas, altos niveles de violencia y una profunda desconfianza hacia las élites políticas. La figura de Mandela, repetida hasta el cansancio en discursos y conmemoraciones, corre el riesgo de convertirse en un ícono inofensivo, despojado de su exigencia moral. Convertirlo en estatua es más fácil que sostener el trabajo cotidiano de la reconciliación, que implica revisar memorias, asumir responsabilidades y aceptar desacuerdos persistentes.
En un presente marcado por la polarización, la lógica del resentimiento y la amplificación digital del agravio, el gesto de Mandela no propone ingenuidad ni pacificación superficial, sino la decisión de no convertir el dolor en identidad permanente. El perdón, entendido como acto público y no como olvido privado, se transforma en una herramienta política de primer orden. No borra el pasado, pero libera del mandato de repetirlo.
El legado de Mandela es la demostración de que la política no está condenada a reproducir la violencia. En circunstancias excepcionales, puede interrumpirla. Aquel 11 de febrero Sudáfrica no resolvió sus contradicciones, pero recuperó la capacidad de imaginarse como comunidad. Es un recordatorio de que la historia, a veces, cambia cuando alguien decide no devolver el golpe.
Por Mauricio Jaime Goio.
Fuente: Ideas textuales
