El siglo XXI ha sido fundamental para la ciudad de La Paz. Aprendimos que, al ser una urbe con diversos ríos, la gestión de riesgos y los trabajos de prevención son vitales antes de la época de lluvias. Nuestra ciudad puede albergar áreas verdes donde las plazas, parques y espacios protegidos actúen como pulmones urbanos. También debemos recordar que el ciudadano paceño fue el centro de las gestiones municipales con proyectos de cultura ciudadana —donde las «cebras» jugaron un rol fundamental— y fuimos la primera ciudad de Bolivia en contar con un servicio de transporte público moderno: el La Paz Bus, conocido como PumaKatari. El haber recuperado la institucionalidad, tras el caos de finales de los noventa del siglo XX, fue determinante para ser reconocidos como «ciudad maravilla».
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El turismo y la gastronomía fueron primordiales; los mejores restaurantes del país se encuentran en nuestra ciudad y el municipio tuvo una visión interesante que veía en el turismo la base de lo que hoy conocemos como economía circular. Sin embargo, los avances logrados en veinte años fueron desarticulados en una sola gestión.
La improvisación, inoperancia, ineptitud y corrupción de las actuales autoridades municipales representan un gran retroceso para los paceños. Un alcalde que priorizó verbenas, fiestas y prestes, e incluso la venta de marraquetas en la Expocruz. Asistió a festividades como las de Urkupiña o Chutillos, pero en las efemérides cívicas —a las cuales acudía con una nutrida comitiva— apenas participó en la agenda correspondiente. Fue el gran ausente en actos protocolares, como se evidenció en Tarija, o se lo vio profundamente dormido en el caso de Santa Cruz. Entre sus “aportaciones” destaca el uso de la banda de autoridad municipal en todo tipo de evento; de forma anecdótica, podría decirse que la utilizó desde entradas folclóricas hasta cumpleaños y bautizos. Tal actitud, propia de una novela de realismo mágico, deriva en que ahora el alcalde, rumbo a su reelección, mencione en diversas entrevistas que lo han etiquetado como “borracho”. Asegura que, sin importar las críticas, buscará la reelección, aunque carezca de posibilidades.
Entre los diversos escándalos de su gestión, destaca la destrucción del patrimonio urbanístico y arquitectónico al haber modificado la categoría de la casa Pagoda (Sopocachi) o permitido la demolición de la exembajada de Francia (Obrajes). Asimismo, sus intentos de regularizar construcciones fuera de norma beneficiaron principalmente a la empresa Las Loritas, que aportó a su campaña; cada una de sus edificaciones incumple el ámbito normativo municipal y, hasta el día de hoy, continúan en obras sin fiscalización ni procesos sancionatorios.
El desastre en Bajo Llojeta es una muestra del nulo trabajo territorial, de la omisión de responsabilidades al permitir construir en áreas verdes y de equipamiento, y de la falta de prevención de riesgos. Mención aparte merece el «botellómetro» —una botella plástica con agua a la mitad que, según el alcalde, sirve para medir los deslizamientos— y la destrucción sistemática de las empresas municipales: Emavías, Emaverde y La Paz Bus. No podemos olvidar al Concejo Municipal, órgano legislativo y de fiscalización, que cuenta con personajes como Dulón o Sogliano; estos, ahora candidatos a la alcaldía, no realizaron acciones contra los atropellos del Ejecutivo y conocían el contubernio con Las Loritas, una de las estafas inmobiliarias más grandes de la ciudad.
La gestión finaliza con el negocio del parqueo tarifado, del cual se desconocen los estudios técnicos para su implementación y cuyos beneficios favorecen a empresas opacas para la ciudadanía. Todo lo anterior ha fragmentado las candidaturas al municipio en diecisiete opciones, de las cuales apenas tres tienen posibilidades reales, y es probable que el legislativo edil no cuente con una mayoría del candidato ganador. Tendrán la ardua tarea de reconstruir la ciudad y la institucionalidad.
Por suerte, para los paceños, Arias y sus conmilitones ya se van.
Jorge Roberto Marquez Meruvia
Politólogo
