Por qué los franceses consumen mantequilla diariamente, no pasan hambre y, sin embargo, mantienen un peso esbelto y una buena salud


 

Ronald Palacios Castrillo, M.D.,PhD.



 

 

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La «paradoja francesa» nunca estuvo relacionada con la dieta: los investigadores de la división  de  salud pública en Harvard School of Medicine descubrieron que se trata de la forma en que se utiliza el cuerpo entre las comidas. La respuesta reside en 7 hábitos de movimiento inadvertidos.

 

Consumen mantequilla.

Beben vino.

No cuentan calorías.

No realizan ejercicio intenso en el gimnasio para «quemarlas».

Y, aun así, mantienen una figura delgada.

Además, envejecen mejor que casi cualquier otro grupo poblacional.

Esta contradicción ha intrigado a los científicos durante décadas.

Según los principios imperantes en la cultura contemporánea de la salud, esto no debería ser posible.

Sin embargo, lo es.

 

La paradoja francesa nunca se debió a los alimentos

Durante años, los investigadores se obsesionaron con lo que comen los franceses: mantequilla en lugar de margarina, queso en vez de barras proteicas, almuerzos prolongados en contraposición a la preparación anticipada de comidas.

No obstante, los investigadores de la división de salud pública en Harvard terminaron por reconocer una realidad incómoda: la alimentación no constituía la diferencia fundamental.

Los habitantes de Francia no presentaban mejor salud por consumir «alimentos superiores».

Su superior salud derivaba de un uso distinto del cuerpo, todos los días.

No mediante entrenamientos extenuantes ni mediante castigo o disciplina estricta, sino a través de una relación completamente diferente con el movimiento.

Una vez que se percibe, resulta imposible no advertirlo.

 

La industria del fitness propagó una falacia perniciosa

La cultura moderna de la salud se sustenta en una premisa peligrosa: si no se alcanza el agotamiento, la actividad no cuenta.

Por ello, pasamos el día sentados y luego intentamos compensarlo con 45 minutos de ejercicio intenso.

Después, nos recompensamos con restricciones, culpa o «días de engaño».

Los franceses no siguen este patrón.

No realizan «entrenamientos» en gran medida.

En cambio, mantienen un movimiento constante en formas sutiles, discretas y casi imperceptibles.

Los investigadores de la división de salud pública  en  Harvard observaron que, al medir el movimiento total diario —y no solo el tiempo en el gimnasio—, la diferencia era notable.

Lo que parecía pereza era, en realidad, una inteligencia física de bajo nivel pero continua.

A continuación se presentan los 7 hábitos de movimiento inadvertidos que explican esta realidad.

 

  1. Caminan sin considerarlo ejercicio
    En Francia, caminar no se concibe como actividad física estructurada, sino como medio de transporte, interacción social y momento de reflexión.
    Sin contadores de pasos, sin podcasts de optimización ni sensación de logro posterior.
    Precisamente por ello resulta efectivo.
    Datos del trabajo de los investigadores Harvard indican que el caminar frecuente de baja intensidad regula mejor la glucemia que sesiones cortas de ejercicio intenso, especialmente después de las comidas.
    No «salen a caminar»: viven inmersos en el movimiento.
  2. Mantienen posturas dinámicas, cambios de peso y movimientos inquietos constantes
    Observe un café francés: las personas se inclinan, cambian el peso de apoyo, gesticulan al hablar y se levantan en mitad de la conversación.
    Estos micromovimientos parecen insignificantes, pero no lo son.
    Los Investigadores del estudio han constatado que la termogénesis asociada a la actividad no ejercitada (NEAT, por sus siglas en inglés) puede representar cientos de calorías diarias.
    No se «queman», sino que se impide su almacenamiento.
    El cuerpo humano no está diseñado para la inmovilidad prolongada.

 

  1. Tras las comidas, optan por el movimiento en lugar del reposo
    Tras comer, los estadounidenses suelen sentarse; los franceses, en cambio, se movilizan.
    No de forma enérgica ni intencional: un paseo, trámites pendientes o continuación de la conversación al aire libre.
    Esto reviste mayor importancia que casi cualquier otro factor.
    El movimiento postprandial reduce drásticamente los picos de insulina —principal impulsor del almacenamiento de grasa y de enfermedades crónicas—.
    No siguen «dietas»: evitan que los alimentos se conviertan en estancamiento.

 

  1. Rara vez asocian el confort con la inmovilidad
    Este aspecto es sutil pero poderoso.
    En muchas culturas, el confort implica inmovilidad: sofás, pantallas, sillones mullidos y sedentarismo prolongado.
    En Francia, el confort aún involucra postura, compromiso y presencia.
    Cenas largas, pero erguidos; relajación, pero sin colapso.
    Los Investigadores del estudio han señalado que el sedentarismo extendido —y no las calorías en sí— constituye uno de los predictores más robustos de deterioro metabólico.
    Los franceses reducen el tiempo sentado sin proponérselo explícitamente.

 

  1. Emplean el cuerpo para comunicarse
    Las manos hablan, los rostros se expresan, los hombros reaccionan.
    Esto no es mero adorno cultural: constituye activación neuromuscular.
    El movimiento expresivo preserva la flexibilidad y reactividad del sistema nervioso, aspectos que la vida sedentaria moderna atrofia progresivamente.
    El cuerpo no solo requiere movimiento: necesita expresión.

 

  1. No disocian «vida» de «salud»
    No existe un «tiempo para la salud».
    No hay culpa por omitir entrenamientos ni ciclos de castigo.
    El movimiento se integra en la identidad, no se programa como corrección.
    Los Investigadores del estudio han encontrado que quienes incorporan el movimiento a la vida cotidiana lo mantienen durante décadas, mientras que los hábitos basados en gimnasio suelen abandonarse en meses.
    La consistencia supera siempre a la intensidad.

 

  1. Confían en su cuerpo en lugar de controlarlo
    Esta puede ser la verdad más incómoda.
    Los franceses no tratan al cuerpo como un problema por resolver.
    No declaran guerra al hambre, no temen la grasa ni moralizan los alimentos.
    Paradójicamente, esta confianza genera equilibrio.
    Psicólogos de la Universidad de Harvard que observaron estos patrones registraron niveles más bajos de cortisol —hormona vinculada directamente a la grasa abdominal, la inflamación y el envejecimiento acelerado—.
    Cuando el cuerpo se siente seguro, se autorregula; cuando se siente controlado, se rebela.

 

La verdadera razón por la que esto resulta tan difícil

El entorno moderno es hostil al movimiento natural.

La quietud se ha normalizado, el agotamiento se ha glorificado y la disciplina ha sustituido a la inteligencia corporal.

No se trata de un problema de fuerza de voluntad, sino de diseño ambiental.

Una vez comprendido esto, desaparece la vergüenza.

 

No necesita la dieta francesa

Necesita la relación francesa con el movimiento.

Consuma mantequilla si lo desea, o no.

Eso nunca fue el núcleo.

El verdadero secreto nunca estuvo en el plato, sino en los movimientos silenciosos entre comidas: pasos que no se contaban, gestos que no se rastreaban, cuerpos que se confiaban en lugar de castigarse.

Una vez adoptada esa mentalidad, todo cambia.