Fernando Untoja Ch,
En Ce que parler veut dire, Pierre Bourdieu explica que hablar nunca es un acto neutro: quien habla no solo informa, también ocupa una posición, defiende intereses y busca producir efectos en el campo político y social. El lenguaje, dice, es parte de una economía: circula, se invierte y rinde beneficios simbólicos.
Esa idea permite leer con mayor claridad el coro de análisis que aparece tras los “cien días”. Cuando algunos afirman que “no hay plan” o que “el barco va a la deriva”, no necesariamente están describiendo una situación técnica; están disputando el derecho a definir qué cuenta como orden, qué cuenta como crisis y quién tiene autoridad para decirlo.
En contextos de transición económica, las medidas iniciales suelen ser inevitables: reconstruir confianza, reactivar sectores productivos, generar condiciones para inversión y exportación. Son procesos graduales, poco espectaculares, pero imprescindibles. Sin embargo, ese tipo de acciones no produce capital político inmediato; por eso tiende a ser deslegitimado por discursos que necesitan dramatizar la coyuntura.
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Desde esta mirada, la pregunta no es solo qué se dice, sino desde dónde se dice.
Hay discursos que expresan la necesidad real de estabilidad económica —propia de quienes producen, trabajan o invierten— y otros que convierten la incertidumbre en recurso político, porque el desorden también es una forma de posicionamiento.
Así, más que ausencia de rumbo, lo que se observa es una lucha por imponer la interpretación legítima del momento: si estamos ante una etapa de reconstrucción o ante un vacío de poder. Y en esa lucha, las palabras no describen la economía; intentan gobernarla simbólicamente.
Entender “lo que significa hablar” permite distinguir entre análisis y estrategia, entre diagnóstico y competencia por influencia. No todo discurso crítico nace de la preocupación por el país; muchos nacen de la necesidad de no perder centralidad cuando el escenario cambia.
