Oscar A. Olmedo
Economista. Estudios en filosofía
El trópico, jungla, selva, cuando es invadida por extraños, en principio acoge, protege y oculta, luego, cuando el tiempo se estira y se intenta penetrar por los intersticios de sus oscuridades sacras, emanan peligrosamente enredos viscosos de laberínticas lianas, enredaderas y trepadoras plantas, que asaltan la mente. Quien atente e intente lanzarse por esos laberinticos verdores, entrelazados por ríos inextricables, en principio, no advertirá que ese trópico, por su misma derivación etimológica de trópos: girar, alterar, podría invertirse sobre el intruso, e impulsarlo a actuar bajo una enajenación irreversible, retornando a un pasado más primitivo, instintivo, irracional.
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Se podrían describir tres alternativas (no únicas) por las que podría atravesar aquel invasor del trópico. Tres tipos de personajes cercados, por momentos indefinidos, entre realidad y ficción o, delineados por un film flexible, envolvente y/o, una historia furtiva.
La utópica búsqueda obsesiva y patológica del poder en Lope de Aguirre (1510-1561).
Aquel que firmara sus cartas como el “traidor”, por sus iterativos mensajes de libertad y auto independencia. Aquel, vengativo, temperamental, exaltado, y fanático, conjuga todo, con su carácter indiscutible de temerario y aventurero español. Él, algo desconfiado, duerme siempre vestido, siempre alerta. Con esas armas que forjan su ser personalísimo, se introduce junto a un grupo de conquistadores, por los vericuetos del río Amazonas. Tiene la mirada fija e inconmovible, sobre un imaginario, el Dorado. Allí, en medio de la enmarañada selva indomable, busca detrás de la riqueza, el poder político, el poder real sustituto de la realeza española al que nunca tendrá acceso. Por eso, sueña con ser rey de aquellas desvaídas tierras, transfiguradas en ríos acaudalados y tímidos riachuelos, o, quietos pantanos, ciénegas, y lodazales.
Aguirre es la ira de Dios (W. Herzog) que lo recrea envuelto en la locura y la enajenación. Son los tentáculos de la vegetación, que aprisionan su cuerpo y mente en ese trópico de la Amazonia que se multiplica infinitamente frente a la finitud del conquistador.
Aguirre que es un caudillo, no admite exhortación alguna, menos cuando la moral de sus hombres declina o deliran ante el laberinto de la selva tropical, se lo observa firme como el mástil de aquel barco obcecado por atravesar esa intrincada naturaleza. Pero, algo aterrador se va posesionando de sus hombres, y de él, que, impertérrito, mira altivo y desafiante a ese trópico que lo embriaga y lo lanza por la deriva de sus espacios. Cree él, que ha conquistado el Dorado, cuando es la selva que se lo ha tragado.
Ese es Aguirre, que navegando por los laberinticos ríos de una selva sagaz, le tienta a delirar e imaginar que mañana podrá gobernar…, con su hija como esposa.
La demencial resistencia armada del coronel Walter E. Kurtz (1968).
Es el intento de resistir, de enguerrillarse, en aquella selva demoniaca del Viet Nam. La lucha será contra dos enemigos, los hasta ayer suyos, y los propios vietnamitas que se le interpongan. Todo se asemeja a un momento demoniaco: Apocalipsis Now (F. Ford Coppola), film basado en la novela de Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas y que convirtió el viaje de Conrad por el Congo, en una analogía con un otro viaje —también— por un río que serpentea la jungla. Esta vez, se busca al excoronel Kurtz rebelde y enguerrillado contra su alto mando. Atrincherado por seguidores y fanáticos, le rodean en círculos, y anillos impenetrables bajo el costo del exterminio de todos ellos. Ellos, lo figuran y adoran como un ser divino para los indígenas. Es la obsesión incrustada en Kurtz y extendida a sus fanáticos seguidores. Allí, entre la maleza intricada, se oye la voz de Kurtz, grabada sigilosamente por la inteligencia del ejército. Es Kurtz actuando como Gregorio Samsa en pleno trópico sumergido, tiene la idea de haberse metamorfoseado en un caracol, que pegajosamente se extiende por el filo de una navaja de afeitar.
Kurtz ve enemigos por todas partes, el trópico lo vuelve desconfiado, y ejecuta y mata sin distinción. Su delirio lo empuja a desplegarse incesantemente de un lugar a otro, culebrea por los dos Vietnams, y también, se asoma por Camboya.
Huye, siempre huye. Todos son traidores. Es “El horror… el horror…”.
El suicidio colectivo en Jonestown (Guyana: 1978)
Jim Jones la paradoja de la paradoja. Desde siempre, enrevesado por una mezcla de ideas socialistas, se embarca hacia un seductor trópico de Guyana, región selvática y montañosa. Comunista empedernido de la línea maoísta-estalinista, nunca entenderá de ideologías, ni de fronteras ideológicas. Quizá por esta obnubilación política, cree en un “socialismo religioso”, o “socialismo apostólico”. Él, sueña con ser El Profeta. No resiste entonces, la tentación de develar el marxismo en su sentido teológico, —algo de destacar—, pues en el fondo era eso: pura teología. Jones, místicamente exclama que, “Dios es Todopoderoso, y este es el Socialismo”. Acariciando el trópico paraíso socialista de Guyana, lanza la frase salvadora: “He venido como Dios Socialista”. Tiene la imagen de un fraile exaltado, y habla de “servicio al pueblo”. Como es de prever, bautiza su iglesia como “Templo del Pueblo”.
El ardor del trópico, lo inflama esquizofrénico. Nuevamente, —como los anteriores antihéroes sumergidos en la selva—, delira sobre enemigos y traidores que buscan azarosamente aniquilar su plan divino desde fuerzas externas, imperiales, ajenas al pueblo santo. Ahí, manipula y controla a sus seguidores. Sus acólitos para demostrar su lealtad, asumen crear un grupo de seguridad armado que vigile a todos y garantice la vida del líder del pueblo. Además, se imponen callar los abusos físicos, psíquicos y sexuales (Jones comenzó a exigir favores sexuales a las mujeres de la comunidad). Ese instante, el ego de Jones se multiplica como la maleza que lo rodea. Acorralado por su delirio de persecución, y alucinaciones, en un acto de liturgia demencial, exige un “acto revolucionario”: el suicidio masivo…
Todos bebieron cianuro.
Un balazo cegó su paranoia.
Murieron 913 personas.
