De puerto a puerto, la reconciliación posible con Chile


 

Ya llega marzo, mes que marca el verdadero inicio del año. Y este 2026 inaugura nuestro tercer centenario republicano bajo un nuevo gobierno post MAS, el primero confesamente de transición liberal. Una nueva generación irrumpe con Rodrigo Paz y Edman Lara a la cabeza, representando, pese a quien pese, a las dos Bolivias en un mismo gobierno.



Marzo es también el mes del Mar. Rodrigo Paz ha anunciado su visita a Chile para asistir a la posesión de José Antonio Kast. Y, por enésima vez, emerge el tema de nuestra relación con Chile.

Ya probamos casi todo: el rompimiento por el Lauca en 1962, el Abrazo de Charaña en 1975, la resolución de la OEA en 1979, y el juicio de La Haya en 2018, de donde regresamos trasquilados. ¿Y ahora qué?

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El presidente ha insinuado una línea de pragmatismo diplomático al decir que “la ideología no da de comer”. ¿Implica eso que la diplomacia tradicional tampoco? Su canciller se apresuró a visitar Chile pese a no existir relaciones diplomáticas y firmó acuerdos con el gobierno saliente. No es la primera vez que se actúa con apresuramiento.
¿Estamos ante la muerte de la diplomacia como forma estructurada de relación entre Estados?

La diplomacia tradicional, de alguna forma, lleva la relación –como en este caso de dos países económicamente asimétricos— a otro plano. La economía chilena es siete veces más fuerte que la boliviana y, por tanto, nuestra dependencia económica no puede ignorarse. Cuando se intentó prohibir productos chilenos, el nacional-populismo encabezó la desobediencia civil. Y cuando se intentó una relación comercial y pragmática, se acusó al gobierno de “venderse”. El honor no se vende, se dijo.

Por eso, ¡ojo! Se debe actuar con calma. El gobierno arranca con un peso de problemas inconmensurable bajo la superficie de una normalidad aparente. Mientras Bolivia danza, Chile avanza. Y Evo, junto al narcotráfico, tampoco descansa. La relación con Chile ha sido el Waterloo de la diplomacia boliviana desde 1962. Un traspié no ayudaría a resolver el frente interno ni a sacar al país de la “cloaca”.

No podemos redefinir la relación repitiendo el devaluado lamento boliviano anual del 23 de marzo. La reivindicación absoluta es una panacea que fortalece la negativa chilena. Está incluso consagrada en la CPE del MAS. Pero tampoco podemos fingir amnesia: existe una pesada historia detrás.

Un símil pedagógico actual podría ser la agresión irreparable en casos como el de Epstein en EEUU. Cuando el daño físico no puede revertirse, lo que se busca es restituir el honor, no la virginidad perdida. Pretender recuperar exactamente lo perdido es imposible. Lo que se procura es una reparación moral que permita superar el ultraje y encarar el futuro en paz.

En nuestro caso, recuperar soberanía marítima plena mediante cesión territorial es prácticamente inviable. Ya lo intentamos. Entonces, ¿por qué insistir en una reivindicación imposible? ¿No será que así evitamos resolver el problema?

La alternativa es otra: buscar una compensación honorable y práctica que repare el daño moral y permita normalizar la relación sobre bases nuevas.

No se trata de intercambiar embajadores —y “aquí no pasó nada”— ni de firmar acuerdos menores en Santiago ante la mirada incrédula de sus cancilleres. El intercambio de embajadores es un ‘corolario’, un adjetivo a la realización de un gran proyecto de integración  y beneficio mutuo.

Si hablamos en serio de reconciliación, debe existir un proyecto mayor que genere beneficios evidentes para ambos.

Rodrigo Paz ha sugerido que Bolivia sí tiene puertos: cinco fronteras que pueden convertirse en oportunidades. De país mediterráneo podemos pasar a país de contacto, eje integrador, “hub” sudamericano. Pero hoy somos lo contrario: un país “tranca”, un territorio bloqueado, penetrado por el narcotráfico, obstáculo para la integración continental. Los bloqueos son un crimen de lesa patria. Somos un tapón en el corazón de Sudamérica.

Si aspiramos a una reparación real, debe ser equivalente y mutuamente beneficiosa. Las relaciones comerciales ya avanzaron con el Acuerdo de Complementación Económica (ACE 22) en 1993 y la solución de hitos fronterizos durante el gobierno de Jaime Paz, cuando tuve el honor de servir como canciller. Eso demuestra que es posible avanzar cuando existe voluntad política.

¿Qué podría significar una reconciliación estratégica? Europa ofreció un ejemplo: Alemania y Francia dejaron atrás siglos de guerra al unir su producción de carbón y acero en un proyecto común que dio origen a la Unión Europea. No resolvieron el pasado, sí lo superaron mediante un interés superior compartido a futuro.

Con Chile podríamos impulsar un gran proyecto “Puerto a puerto”: integración logística y comercial real, con facilidades amplias en Mejillones —con tutela compartida— conectadas al ferrocarril Antofagasta-La Paz y extendidas hacia el eje oriental boliviano hasta los ríos Paraná y Paraguay, proyectando comercio chileno al Atlántico. En ambos extremos podrían funcionar enclaves de libre comercio administrados conjuntamente.

No se trata de olvidar el pasado, sino de superarlo con un sueño común que haga innecesaria la confrontación permanente. “De puerto a puerto” es una invitación a pensar en grande.

Ronald MacLean Abaroa

Es catedrático; fue alcalde de La Paz y Canciller de la República