“Coto Colorao mató a su mujer, con un cuchillito más muto que él, le sacó las tripas y las fue a vender, ¡pa qué quiero tripas de mala mujer!”, era el dicho frecuente entre los muchachos de mi barrio, cuando todavía yo no había cumplido los diez años. Discutíamos a gritos los amigos si había existido o no Coto Colorao, sentados en una viga que había frente a la casa de mi tío abuelo César Cronembold, que era donde vivía mi tía Albertina. Y si el sujeto había destripado a su mujer, por facilona, porque le había puesto cuernos, mientras él se había amanecido tocando su tambor en una casa de mala reputación, donde sus compañeros se resignaron a dejarlo borracho, bravo, loco de deseo, ofreciéndole la plata que le habían pagado, a una camba petacuda, piernuda y peluda, que al parecer ya tenía dueño.
Mi abuela decía que era mentira lo de Coto Colorao, que era un invento para asustar a la gente; pero su vecina, juraba que era verdad, que ella lo sabía por boca de una tía de la mujer de Coto Colorao. Así que yo, chismoso, escuchaba a las dos partes y salía corriendo al corredor de tía Albertina, donde estaba la viga, a contarles a mis amigos que me esperaban ansiosos.
Mi abuela insistía que Coto Colorao no había existido, que era una patraña popular, más la señora de enfrente le contestaba que a ella le habían contado todo de Coto Colorao; que era un tipo alto, flaco y desdentado, que tenía un coto enorme y rojo como una cresta de gallo, bocio que le quería operar el doctor Melchor, sacárselo, pero que él se negaba rotundamente diciendo que Dios lo había enviado así al mundo y que las mujeres le sobaban el coto, lo besaban, y lo mordían cuando entraban en furor.
Decían que era tamborero en una banda y que solo trabajaba para el carnaval con los “Pichilines” que pagaban por adelantado; y para los entierros importantes, que era donde la gente decente y dolorida no engañaba. Odiaba tocar en matrimonios o cumpleaños, porque se chupaba el novio o el cumpleañero y no había quien pague y acababan todos los músicos de la banda con la trompa morada de tanto soplar, netos de tanto beber y hambrientos de solo haber comido las sobras, ya mondadas, de costillas de puerco, arroz frío y restos de salpicón, cuando no los sacaban de la fiesta a patadas en el culo por pedigüeños.
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Llegaba yesca a su casita por El Pari y su Crisanta le decía que no había plata ni para el horneado del desayuno. Coto Colorao sin hablar y a tropezones se tiraba en su catre a dormir y eso era hasta la noche. Sus ronquidos ya eran conocidos en el vecindario. Su pobre mujer le daba una patada al tambor y se iba, maldiciendo, donde alguna de sus comadres y se hacía invitar un café, y se las arreglaba para comer algo el resto del día.
La vecina de mi abuela contaba que, para el último carnaval, cuando la reina era una choca lindota, Coto Colorao salió con su banda de los “Jausis y Hermanos” y que dieron unas diez vueltas a la plaza animando a los “Pichilines” y que en la noche fueron a una casa de espera, después salieron a comer patasca, y luego, cuando ya no quedaban más que cinco “Pichilines” en pie, acabaron tocando en un quilombo hasta las seis.
Coto Colorao llegó a su casa y le ladraron sus dos perros flacos. Los abrazó, se hizo lamer la cara y el coto, y les dijo que les buscaría unos huesos en el mercado. Se fue directo a su catre y lo encontró ocupado por su amigo el carnicero José; el mañazo, que estaba con todas sus gorduras al aire. Miró por todos lados en busca de su mujer para pedirle cuentas y no la vio. “¡Carajo! ¡Qué pasó aquí!”, gritó. José saltó asustado y se puso sus calzoncillos pidiendo perdón y ofreciéndole una res entera como indemnización; Crisanta asomó debajo del gordo, con los ojos abiertos y sorprendidos como los de una lechuza. Coto Colorao se fue tambaleando a la cocina, que estaba a dos pasos, y trajo el cuchillo más grande que encontró, mientras el carnicero huía llevándose su ropa en el hombro. Crisanta se puso de pie y le dijo que había cometido pecado con ese sinvergüenza a cambio de unas tripas de res y un corazón, de yapa, como símbolo de amor, que el mañazo José acababa de traerle. “Es que ya no había qué comer”, le dijo con los ojos aguados.
Todo el barrio se alborotó a esa hora, más cuando el carnicero José salió en calzoncillos, arrasando con todo, luciendo su obesidad, diciendo que el marido le había abierto la panza a la mujer. Pero Coto Colorao le dijo a Crisanta que la próxima vez la mataría por puta, y que no estaba de humor para matar a nadie ese día, aunque tampoco aceptaba el regalo humillante del mañazo.
Salió con las tripas y las ofreció en el mercado. El corazón se los dio a los perros. Todos creyeron que eran las tripas de su mujer, que Coto Colorao la había matado, y, horrorizados, nadie del barrio de El Pari quiso comer carne de res ese día, ni el siguiente, hasta que Crisanta salió de su tapera, risueña y cantando, con un cántaro sobre su cabeza para traer agua del paúro. El que no apareció más fue Coto Colorao, que, avergonzado, se fue con su tambor a Chiquitos. Y todo se hizo leyenda, falsa o cierta, pero leyenda al fin.
