A partir de una exploración cultural sobre el avance de identidades que desdibujan la frontera entre lo humano y lo animal, considerando el fenómeno therian y la humanización de las mascotas, podemos indagar cómo nuestra época ha comenzado a erosionar una de las distinciones más sólidas de Occidente, la de especie, y qué implica una transformación simbólica sobre la idea de humanidad.
Fuente: https://ideastextuales.com
Como un tema recurrente en los medios las últimas semanas, encontramos ciertos fenómenos contemporáneos vinculados a la relación entre humanos y animales que parecieran revelar una transformación profunda en la manera en que nuestra cultura concibe la identidad, la pertenencia y los límites de lo humano. O, al menos, algunos seres humanos. Tanto la afirmación de quienes se reconocen como animales, el manido fenómeno therian, y la creciente integración de perros y gatos como “hijos” dentro del hogar no son episodios aislados. Ambos dan cuenta de una erosión de la diferencia entre humano y animal como principio organizador de sentido.
Supongamos que, en nuestro navegar por la red, nos encontramos con un adolescente que escribe en un foro que no se siente como un lobo, sino que es un lobo. No es una metáfora literaria ni un juego estético. Lo afirma como identidad. Este therianismo, por darle un apelativo de tendencia, constituye una comunidad dispersa de personas que se reconocen como animales en un plano ontológico más que biológico. Para nosotros, una rareza propia de la cultura digital. Sin embargo, mirado con atención, estaría señalando que los límites tradicionales de la identificación humana están siendo reescritos.
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No cabe duda de que la frontera entre lo humano y lo animal ha sido una de las banderas de diferenciación más sólidas del pensamiento occidental. Si la teología cristiana hablaba del alma racional, la filosofía podía distinguir entre razón y apetito y la ciencia clasificaba especies con un rigor que transformaba el argumento en un hecho indiscutible. El Ser humano no constituía una experiencia subjetiva ni una elección simbólica, sino una condición dada. Organizaba jerarquías, derechos y responsabilidades. El animal ocupaba el lugar de la alteridad, a veces temida, a veces dominada, pero siempre claramente separada.
Sin embargo, a la luz de la evidencia, en el siglo XXI esa frontera se ha diluido. En parte azuzado por nuevos argumentos. Si la biología evolutiva subraya la continuidad entre especies, la etología ha descubierto complejidades cognitivas en animales antes considerados meros autómatas. Todo decanta en un discurso que pone en cuestión el antropocentrismo. A esto se suma la consolidación de políticas de identidad que otorgan a la autopercepción un peso decisivo en la definición del ser. La identidad como una construcción.
Visto así, el fenómeno therian no obedece a un mero capricho juvenil, sino a la radicalización de la identidad como autoafirmación. Cuando alguien declara que es un zorro o un lobo está desplazando el criterio de pertenencia desde la biología hacia la experiencia interior. La especie, en el sentido común un límite natural infranqueable, se vuelve una categoría susceptible de reinterpretación simbólica.
Un desplazamiento similar puede observarse en otro fenómeno similar, la adopción de animales como hijos. Perros y gatos celebran cumpleaños, heredan bienes, reciben tratamientos médicos de alta complejidad y son nombrados hijos. No estoy poniendo en entredicho los afectos, sino dejo en evidencia la operación simbólica que está en juego. El parentesco, tradicionalmente anclado en la filiación biológica, se expande más allá de la especie. El animal deja de ser una alteridad domesticada para convertirse en espejo afectivo. Se lo humaniza al integrarlo a una trama íntima que antes estaba reservada exclusivamente a los humanos.
Ambos fenómenos comparten la lógica de la disolución de la diferencia como principio organizador. El resultado es una transformación en la definición cultural de pertenencia. Lo que antes era distinción hoy es continuidad.
En muchas sociedades ancestrales existió (y existe) una profunda relación simbólica con los animales, la que estaba cuidadosamente regulada. El jaguar amazónico, por ejemplo, podía ser un operador mítico que organizaba el mundo. El tótem no borraba la diferencia entre humano y animal. Simplemente lo dramatizaba y le proporcionaba un lugar simbólico dentro de un sistema colectivo de sentido. Hoy asistimos a una individualización radical de estas operaciones simbólicas. Ya no definimos la identidad desde el relato compartido, sino desde la experiencia subjetiva.
Hay muchos factores a los que podemos apelar para entender este giro de sentido. Quizás uno de los más importantes han sido las transformaciones demográficas y sociales, que han implicado la postergación de la maternidad y paternidad, la precariedad económica y la mutación de los modelos familiares.
Todo componente cultural se define por oposición. En el caso de la identidad como especie, si esa oposición pierde consistencia, finalmente cambia nuestra manera de comprendernos. El lobo que alguien dice ser y el perro que alguien llama hijo pueden parecernos anécdotas pintorescas, pero, en última instancia, son signos de una cultura que ha decidido reescribir sus mapas. La pregunta ya no es si esas reescrituras son correctas, sino qué mundo están produciendo. Y, al fin y al cabo, qué significa ser humano cuando la humanidad misma se vuelve una identidad entre muchas posibles.
Por Mauricio Jaime Goio.
