Transformación digital y confianza


Gamal Serhan Jaldin

 



Cuando se habla de transformación digital, solemos pensar en plataformas, aplicaciones o inteligencia artificial. Pero la verdadera transformación no es tecnológica: es cultural. Y en el centro de esa cultura está la confianza, tanto del Estado hacia los ciudadanos como de los ciudadanos hacia el Estado.

La tecnología no cambia un sistema público si la lógica institucional sigue operando desde la sospecha. Por eso es clave plantear la pregunta de fondo: ¿nuestros procesos están diseñados para facilitar o para desconfiar?

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Muchos países que hoy destacan en digitalización partieron de una premisa sencilla: la mayoría de las personas quiere cumplir la ley. Con esa base, construyeron procesos simples, automatizados y casi sin fricción.

Estonia es el ejemplo más citado. Casi todos los trámites son digitales y la declaración de impuestos toma minutos porque el Estado ya dispone e integra la información necesaria. No se exige entregar el mismo documento varias veces; el sistema confía, verifica con tecnología y corrige cuando corresponde.

Dinamarca sigue una lógica similar. Su identidad digital permite interactuar con el Estado de forma segura y eficiente. El éxito no está solo en las herramientas, sino en la confianza institucional que sostiene su uso.

En ambos casos, la tecnología reduce costos porque se construye sobre un principio claro: confiamos primero, auditamos después.

En Bolivia, la lógica institucional suele ser distinta. Muchos trámites parten del supuesto de que el ciudadano podría mentir o intentar sacar ventaja. Y a mayor sospecha, más controles: certificados adicionales, sellos, validaciones cruzadas, copias legalizadas.

Cuando se digitaliza sin cambiar esta mentalidad, la burocracia simplemente se vuelve electrónica. Un trámite antes presencial se convierte en cargar documentos, llenar datos repetidos y esperar aprobaciones manuales. Es burocracia en PDF, no transformación digital.

La desconfianza tiene un costo real. Cada requisito adicional encarece la actividad económica. Cada trámite complejo desincentiva la formalización. En un país que necesita atraer inversión, reducir la informalidad y ampliar la base tributaria, la desconfianza estructural se convierte en un freno.

La confianza, en cambio, reduce costos de transacción y permite ejercer controles más eficientes con menos fricción. La tecnología actual permite monitorear riesgos específicos sin tratar a todos como sospechosos. Y aquí emerge una distinción clave: no es lo mismo usar tecnología para servir al ciudadano que usarla para vigilarlo. Cuando el objetivo es el control, el sistema se vuelve rígido; cuando el objetivo es el servicio, el diseño parte de la experiencia del usuario.

Es necesario evitar que el ciudadano funcione como mensajero del Estado. Si una entidad pública ya tiene mi información, otra no debería pedírmela de nuevo. Eso no es un lujo digital, es eficiencia y respeto.

El cambio real no depende únicamente de invertir en infraestructura tecnológica. Exige una decisión política: pasar de una cultura de sospecha generalizada a una de confianza con verificación inteligente. Significa simplificar procesos antes de digitalizarlos, usar análisis de datos para detectar anomalías específicas y fortalecer la transparencia institucional.

Porque la confianza no es unidireccional. El ciudadano también necesita confiar en el Estado. Publicar datos abiertos, digitalizar compras públicas con verdadera trazabilidad y permitir auditoría social son pasos que fortalecen la legitimidad.

Bolivia tiene hoy una oportunidad tangible: mayor conectividad, crecimiento de pagos digitales y mejores capacidades técnicas. Pero si la transformación digital se limita a crear nuevas plataformas sin revisar la lógica institucional, solo estaremos digitalizando la desconfianza.

La elección es clara: un Estado que trata a cada ciudadano como sospechoso por defecto, o uno que confía primero, supervisa con inteligencia y sanciona cuando corresponde.

La tecnología puede ser el puente hacia un Estado más ágil y eficiente. Pero el cimiento de ese puente no es tecnológico. Es la confianza.