Fernando Untoja
Un accidente aéreo es, en primer término, una ruptura del orden físico. La técnica falla, la previsibilidad se quiebra y se abre un instante liminal donde el sistema normativo aún no ha logrado reabsorber el acontecimiento. Pero lo verdaderamente revelador no es el accidente en sí, sino lo que ocurre inmediatamente después: la irrupción de la violencia para apropiarse del dinero transportado. Ese momento expone algo más profundo que un simple acto delictivo. Expone la fragilidad del orden.
Desde la perspectiva de René Girard, el fenómeno puede leerse como una activación mimética casi pura. El dinero no es solo un objeto material; es un concentrador abstracto de deseo. Cuando aparece desprotegido, visible, vulnerable, se convierte en un foco de imitación. Uno se aproxima, otro observa, un tercero replica, y en pocos segundos el deseo se multiplica. No se trata de ideología inmediata ni de consignas políticas previas: se trata de un mecanismo antropológico básico. El deseo es contagioso, y cuando el límite institucional es débil, el contagio escala rápidamente hacia la rivalidad.
Este episodio sugiere que el orden social funciona más por contención que por internalización profunda de la norma. Las instituciones —policía, autoridad política, sacralidad de la propiedad, respeto ante una tragedia— no lograron imponerse simbólicamente en el instante crítico. Eso revela fragilidad institucional. No necesariamente ausencia de Estado formal, sino insuficiente presencia efectiva en el momento decisivo.
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La sociedad moderna vive siempre sobre un fondo de violencia potencial. Las instituciones la contienen mediante reglas, sanciones y, sobre todo, legitimidad. Cuando esa legitimidad se erosiona, emergen “bolsones” de violencia latente: grupos que, ante la oportunidad, cruzan el umbral normativo. El accidente no crea la violencia; la desencadena. Es el catalizador de una energía acumulada.
Aquí aparece otro elemento: la falta de respuesta coherente por parte del poder. En situaciones límite, la autoridad debe actuar con claridad simbólica. No basta con desplegar fuerza; es necesario reconstruir el sentido del límite. Cuando el discurso oficial se desplaza hacia la búsqueda de culpables ideológicos o hacia la producción de antagonismos —señalando a “la derecha” o a cualquier otro actor abstracto— puede estar intentando activar un mecanismo clásico: redirigir la violencia hacia un chivo expiatorio. Según Girard, ese desplazamiento permite restablecer momentáneamente la cohesión interna del grupo. Sin embargo, no resuelve la fragilidad estructural que el acontecimiento ha dejado al descubierto.
El hecho central permanece: un accidente físico devino rápidamente en competencia por el botín. Eso indica que el orden social opera cerca de su umbral crítico. La norma no es un reflejo automático; es una construcción que requiere legitimidad, presencia y confianza en la autoridad. Si la población percibe que la ley es intermitente, que la sanción es improbable o que el poder es ambiguo, el incentivo inmediato puede imponerse sobre la regla.
La quema posterior de billetes por parte del gobierno introduce otra dimensión. Desde el punto de vista económico estricto, destruir efectivo reduce marginalmente la base monetaria si esos billetes no son reemplazados por el banco central. En términos macroeconómicos, el impacto podría ser limitado si la autoridad monetaria compensa la pérdida emitiendo nuevos billetes equivalentes. Pero el efecto simbólico es más complejo. El dinero no es solo medio de intercambio; es también signo de confianza. Quemarlo públicamente puede transmitir un mensaje de control y disciplina, pero también puede sugerir desorden previo, ruptura de cadena de custodia o incapacidad de resguardar activos.
Así, el problema no es únicamente contable. Es institucional. ¿Se refuerza la confianza o se la erosiona? ¿Se consolida el monopolio legítimo del orden o se confirma su fragilidad?
En definitiva, el episodio revela un punto delicado: el orden social no es automático; es una construcción siempre vulnerable. Y si la violencia puede activarse con tal rapidez ante la aparición del dinero desprotegido, la pregunta final no es solo económica, sino estructural: ¿en qué medida la decisión de quemar los billetes fortalece la confianza en la autoridad monetaria y el orden institucional, o la debilita aún más?
