No sabemos que en el mundo haya un país como Bolivia más enamorado de concurrir a las urnas y al mismo tiempo mayor enemigo de la democracia. Hace más de un año que los bolivianos estamos sumergidos en el tráfago electoral y todavía nos quedan por delante las elecciones “subnacionales”, que, en el caso de las gobernaciones, pueden extenderse por algunas semanas más. Votar es una fiesta.
Total, que la nación de los múltiples golpes de Estado, cuando desde el exterior le han contabilizado más de un centenar de cuartelazos y revoluciones en su vida independiente, es el país que ha asistido al mayor número de comicios para elegir a sus autoridades y sufrir las peores decepciones. Perú nos está ganando, pero por otra vía.
Televisión, radio y prensa escrita se entusiasman con las elecciones porque cobran dinero por frase que expresa el candidato, aunque afirme algo en un medio y otra cosa distinta en otro, y aunque las preguntas y respuestas sean las mismas diariamente. Los periodistas de nivel, los más avezados que realizan entrevistas personales en los sets, aquellos que promueven los debates, se lucen porque ya aprendieron todas las respuestas de sus entrevistados y más bien logran hacerlos patinar sacándolos de su libreto. No tanto los que en las calles emboscan a los candidatos arrinconando y despeinándolos, aquellos jóvenes troperos que en su inocencia gritan con sus grabadoras o sus libretitas en mano para no perder palabra y transmiten, como si fuera una primicia, lo que creen que el aspirante ha querido decir, aunque estén fuera del tiesto. Es que, también, muchos de los aspirantes a los cargos electivos manejan un español incomprensible que no ayuda a entender lo que desean informar.
Como si fuera poco, existen otros diestros que aparecen por la plaza Murillo a la hora precisa de la tele y que, sin ser candidatos a nada, hacen de politólogos, y diariamente ofrecen sendas opiniones políticas gratuitas, que equivocadamente piensan que les provocan buena reputación, cuando solo reciben el gozo de figurar y de que su voz se escuche.
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No hay nación, por lo menos cercana, donde se insulte con tanta crudeza al jefe de Estado, ni a los ministros. Antes llamaba la atención un carajazo en la televisión, pero ahora es pan diario eso y mucho más. Con la libertad de expresión garantizada por la Constitución, se cree que existe piedra libre para insultar o calumniar abiertamente a cualquier ciudadano que tenga un enemigo o responsabilidades políticas. No se sabe (por lo menos yo no recuerdo) de alguien que haya ido a la cárcel por lanzar infamias, vilezas o términos que desacrediten a persona alguna. Sin embargo, eso lo escuchamos a diario y el agraviado se queda insultado nomás. Antes los caballeros se retaban a duelo ante una ofensa y los que no estaban para ceremonias caballerescas se molían a puñetazos y patadas. Esto último era lo normal en nuestras tierras.
Hoy cambiamos con mayor frecuencia los programas de la tele porque es el principal medio que utilizan los políticos para hacer sus campañas. Eso se debe al cansancio. Cansancio de ver las mismas caras militando en otros partidos o frentes, haciendo nuevamente política y anunciando las mismas maravillas que proclamaban el año pasado. Nuevas alianzas raras donde la mezcla es explosiva. Agota ver a un mismo sujeto en tres programas en una sola noche. Cansa escuchar las mismas mentiras y las palabras groseras o descomedidas que lanzan en esta democracia tan hermosa que lo permite todo.
El cansancio que producen las encuestas es punto aparte. No es otra cosa que un rompecabezas, un puzle, donde faltan fichas y, por lo tanto, es imposible completar el cuadro. Cada candidato tiene su propia encuesta y todos ganan, mientras que el que acudirá a votar no sabe qué hacer y se decide, generalmente, por el aspirante que monta conciertos callejeros con trago y propinas.
Pero todo esto cansa. La gente se agota luego de un año o más de atragantarse con propaganda. Hay cansancio de comer el mismo plato todos los días. En vez de tanto votar se debería respetar la ley y obedecerla, sin pretextos, hasta que pase ese cansancio político que solo nos hace pensar en candidatos y votaciones.
