Ser o no ser… Esa es la cuestión (nacional)


Por Ricardo V. Paz Ballivián

 



La interrogante que sacudió los cimientos de la conciencia hamletiana adquiere en el altiplano y los llanos bolivianos una resonancia de índole ontológica y telúrica. Para Bolivia, el “ser” no ha sido una categoría estática, sino una conquista agónica frente a un “no ser” que se manifiesta como disgregación, olvido y asedio.

Reflexionar sobre la viabilidad de Bolivia en el siglo XXI exige desenterrar las voces de quienes, desde el pesimismo más desgarrador hasta el optimismo militante, intentaron descifrar el enigma de una Nación que parece existir siempre al borde del abismo, desafiando las leyes de la gravedad geopolítica y la cohesión social.

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La historia del pensamiento boliviano comienza con una herida abierta. Alcides Arguedas, en su Pueblo Enfermo, diagnosticó a la Nación con una severidad que rayaba en el determinismo biológico, identificando en la psique colectiva una herencia de postración y falta de voluntad. Para Arguedas, el escepticismo era una forma de realismo frente a una sociedad que parecía incapaz de articular un proyecto de modernidad.

Esta visión dialogaba con la de Gabriel René Moreno, el “príncipe de las letras”, quien desde su rigor documental y su distanciamiento elitista observaba con desdén la precariedad de las instituciones republicanas, advirtiendo que una Nación sin memoria archivística y sin una élite intelectual lúcida estaba condenada a la deriva. Ambos representaron el miedo a la inviabilidad, la sospecha de que Bolivia era un error geográfico o un accidente de la historia.

Sin embargo, frente a este pesimismo de gabinete, surgió la fuerza volcánica de Franz Tamayo. En su Creación de la pedagogía nacional, Tamayo invirtió la carga de la prueba. El problema no era el indio, sino la incapacidad de la casta gobernante para reconocer en el sustrato vital de la tierra la verdadera energía creadora de la Nación. Tamayo comprendió que la viabilidad de Bolivia dependía de una “voluntad de ser” que no podía ser importada de Europa, sino que debía emanar del carácter y la persistencia de su gente. Este vitalismo tamayano fue el primer paso para entender que Bolivia no era un “pueblo enfermo”, sino un pueblo cuya energía estaba represada por estructuras coloniales persistentes.

La modernidad boliviana, no obstante, se topó con los escollos de la dependencia y la falta de institucionalidad. Carlos Montenegro, en Nacionalismo y Coloniaje, clarificó esta lucha al definir la historia boliviana como un combate perpetuo entre la “Nación”, o sea el impulso de las mayorías por autodeterminarse y la “antiNación”, vale decir los intereses mineros y extranjeros que veían en el país una simple factoría. Montenegro, junto a la ironía punzante de Carlos Medinaceli, retrató una sociedad donde la modernidad era un barniz superficial que ocultaba una realidad de exclusión y desorden. Medinaceli, con su mirada puesta en la provincia y la chola, recordaba que Bolivia era una síntesis no resuelta, una Nación que buscaba su rostro en un espejo roto.

El siglo XX trajo consigo la conciencia de la amenaza externa y la fragilidad interna. Augusto Céspedes, a través de su narrativa de la Guerra del Chaco, desnudó la conspiración de los intereses petroleros y la ineptitud de un mando militar y político que enviaba a los hijos del país a morir en un desierto por causas ajenas.

El Chaco fue el catalizador que permitió a Sergio Almaraz denunciar años más tarde, en El poder y la caída, cómo el control de los recursos estratégicos (el estaño y luego el petróleo) era la clave de la soberanía. Almaraz entendió que la viabilidad nacional estaba indisolublemente ligada a la posesión real del suelo y sus riquezas y que sin dominio sobre la materia prima, el Estado no era más que una ficción jurídica.

Esta lucha por la soberanía se enfrentó siempre a la amenaza geopolítica de vecinos con proyectos expansionistas o de consolidación más coherentes. René Zavaleta Mercado, quizás el pensador más denso de nuestra historia acuñó el concepto de “sociedad abigarrada” para explicar por qué Bolivia no terminaba de cuajar como una Nación moderna en el sentido occidental. Para Zavaleta, la coexistencia de múltiples tiempos históricos y formas de organización social, desde el ayllu hasta el sindicato minero, generaba una crisis estatal permanente, pero también una riqueza democrática única. El problema, sin embargo, radicaba en que esta heterogeneidad era aprovechada por el caudillismo y el corporativismo. El caudillo, esa figura mesiánica que reemplaza a la institución, y el corporativismo, que antepone el beneficio del gremio al bien común, se convirtieron en los grandes males que erosionaron la modernidad boliviana, transformando al Estado en un botín en disputa.

Marcelo Quiroga Santa Cruz representó la síntesis ética de esta angustia nacional. Su sacrificio personal y su lucha por la recuperación de los recursos naturales fueron el recordatorio de que la Nación es, ante todo, un compromiso moral. Quiroga Santa Cruz comprendió que el asedio no era solo externo, sino que habitaba en las estructuras del poder interno que conspiraban contra el desarrollo del pueblo. La falta de institucionalidad que él combatió sigue siendo hoy el gran pendiente, es decir un sistema donde la ley sea un refugio y no una herramienta de persecución.

Hoy, ante un mundo globalizado que tiende a diluir las identidades pequeñas y a devorar a los Estados débiles, la pregunta por la viabilidad de Bolivia se vuelve urgente. ¿Puede sobrevivir una Nación marcada por el caudillismo, la falta de seguridad jurídica y la constante presión de sus fronteras? La respuesta, paradójicamente, se encuentra en la misma persistencia que asombraba a Arguedas y apasionaba a Tamayo. Bolivia ha sobrevivido a desmembramientos territoriales, a hiperinflaciones suicidas, a golpes de Estado cruentos y a una geografía que parece diseñada para el aislamiento. Si Bolivia sigue aquí, es porque su esencia es más fuerte que sus accidentes.

La viabilidad de Bolivia reside en su capacidad de resiliencia, en esa “ecuación zavaletiana” que permite que, en los momentos de mayor peligro, surja un sentido de pertenencia que trasciende la ideología. Somos una Nación que ha aprendido a existir a pesar del Estado, pero que ahora debe aprender a existir a través de él.

El optimismo no es una ingenuidad romántica, sino una conclusión histórica. Un pueblo que ha sobrevivido a guerras y a innumerables crisis internas posee una vitalidad que ninguna coyuntura podrá extinguir. Bolivia es un proyecto abierto, una Nación que, tras siglos de ensayo y error, posee hoy una conciencia más clara de su propio valor.

Nuestra fuerza no radica en la imitación de modelos ajenos, sino en la integración de nuestras múltiples realidades en un pacto de convivencia democrática. Somos, en definitiva, más fuertes que nuestras circunstancias, y el “ser” boliviano es una voluntad inquebrantable de futuro que ya no pide permiso para existir.