La crisis de los límites


Bolivia amanece entre tensiones políticas, indignación social y un clima de desconfianza que ya no es silencioso. Las fricciones en la cúpula del poder, un vicepresidente cada vez más aislado, el accidente aéreo ocurrido hace cinco días cuyos ecos aún duelen, personas con picota en mano que continúan escarbando entre los restos en busca del dinero derramado y redes sociales convertidas en tribunal y escenario permanente no son episodios desconectados. Son señales.

El liderazgo del vicepresidente se ha ido desgastando no solo por las diferencias políticas internas, sino por una percepción constante de contradicción. La ciudadanía observa intervenciones públicas por diferentes medios, pero sus mensajes no tienen claridad argumentativa, sus respuestas son reactivas más que estratégicas y una presencia digital que muchas veces parece priorizar el impacto inmediato antes que la coherencia institucional. La sensación instalada es la de un discurso fragmentado, de un mensaje que no logra consolidarse, pero en política, la percepción termina siendo realidad.



Cuando una autoridad proyecta negatividad constante, confrontación reiterada o discursos improvisados, el efecto no es neutro, tenemos una figura debilitada. La investidura va perdiendo peso simbólico y lo más grave, es que se normaliza la falta de criterio. Si quien ocupa uno de los cargos más altos del país comunica sin orden lógico o actúa pensando en el siguiente TikTok antes que en la responsabilidad institucional, ¿qué mensaje recibe la ciudadanía?

Los mandatarios no solo administran, son los que representan, encarnan un modelo de conducta, son referencia y muchos terminan siendo modelos a seguir. La autoridad política tiene una dimensión pedagógica inevitable: enseña con el ejemplo. Si el ejemplo es desordenado, impulsivo o superficial, la sociedad absorbe esa señal, más aún si la exposición digital se convierte en prioridad, la profundidad y objetivo de hacer un buen trabajo queda relegado.

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La imagen pública de Edmand Lara hoy aparece desmerecida en amplios sectores. No se trata únicamente de oposición política, se trata de una erosión transversal de confianza, dando como resultado una pérdida de confianza y seriedad. Pierre Bourdieu lo explicó con claridad al hablar de capital simbólico, donde el poder real se sostiene en el reconocimiento social. Cuando ese reconocimiento se fractura, el cargo puede mantenerse formalmente, pero su autoridad efectiva disminuye.

En paralelo, el país observa escenas como las ocurridas tras el accidente aéreo, mira con morbo a personas buscando dinero entre escombros, grabando y compartiendo imágenes sin medir el dolor ajeno. Ahí surge una pregunta: ¿existe relación entre el ejemplo que se da desde el poder y el comportamiento que emerge en la sociedad?

La psicología social muestra que los referentes influyen en la conducta colectiva. Cuando las figuras públicas relativizan los límites, la ciudadanía percibe que esos límites también son flexibles. Cuando el discurso político carece de coherencia, el debate social se vuelve caótico, cuando la autoridad parece actuar sin profundidad estratégica, la reacción ciudadana tiende a replicar esa superficialidad desubicada.

A ello se suma la estigmatización apresurada, como la que ha recaído sobre sectores de El Alto tras los hechos posteriores al accidente, como las generalizaciones rápidas, discursos cargados de resentimiento, odio y una narrativa que divide. Encontrándonos sin liderazgo firme que convoque a la calma y a la unidad, el efecto bola de nieve avanza y la indignación se convierte en polarización.

El país no solo enfrenta tensiones económicas y debate sobre divisas, enfrenta una crisis de confianza. Y la confianza es un recurso estratégico, sin ella, cualquier política pública se debilita, sin ella, cualquier mensaje pierde credibilidad.

¿Qué necesita Bolivia para recuperar rumbo? Necesita coherencia en el liderazgo, necesita autoridades que comprendan que cada palabra construye o destruye capital simbólico, necesita discursos sólidos, no reacciones virales, necesita menos exposición impulsiva y más reflexión estratégica.

Y necesita, sobre todo, conciencia colectiva. Porque no todo recae en el poder, así lo expresó John F. Kennedy: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregunta qué puedes hacer tú por tu país». Esta frase interpela tanto a gobernantes como a ciudadanos. ¿Vamos a seguir replicando desorden y confrontación? ¿O vamos a exigir y practicar límites?

Los mandatarios importan porque modelan conducta, pero la nación también se construye desde abajo. La pregunta final es directa: si hemos perdido fe en nuestros líderes, ¿qué estamos haciendo para elevar el estándar? ¿Estamos dispuestos a exigir ejemplo y a convertirnos también en ejemplo?

Un país no se hunde por una tragedia. Se hunde cuando su gente deja de sentir vergüenza por hacer lo incorrecto.

Rocío Jurado B.

Comunicadora Social. Consultora en Imagen, Etiqueta y Protocolo.