Nuestro bendito idioma


Hace un par de días, Donald Trump volvió a resumir con brutal claridad su manera de ver el mundo. En Miami les dijo a varios colegas latinoamericanos que no piensa aprender su “maldito idioma”, refiriéndose al español. Ninguno de los mandatarios visitantes respondió; no correspondía. Y quizá tampoco hacía falta: a veces conviene agradecer la rara franqueza de un político que dice exactamente lo que piensa, aunque lo que piense resulte, digamos, intelectualmente modesto… limitado.

Más allá de la anécdota, la frase encierra una curiosa paradoja histórica. El hombre que dirige uno de los países más influyentes del planeta —curiosamente, descendiente también de migrantes— se declara orgullosamente incapaz de comprender la lengua de Miguel de Cervantes, un idioma que hablan más de quinientos millones de personas y que, para mayor ironía, se escucha todos los días dentro de su propio país. Incluso su secretario de Estado lo domina con naturalidad, como buen descendiente cubano: un idioma del que no reniega ni se siente avergonzado.



Lo irónico de este gesto de desprecio lingüístico es que el español no es, precisamente, una lengua remota para Estados Unidos. Basta caminar por ciudades como Miami, Los Ángeles o San Antonio para comprobar que el “maldito idioma” forma parte de la respiración cotidiana del país. En muchos barrios, más que una lengua extranjera, es simplemente el idioma del vecino.

La historia, además, tiene un fino sentido del humor. Mucho antes de que existieran los Estados Unidos, buena parte de su territorio ya había sido explorado, cartografiado y bautizado en español. Lugares como San Francisco, Sacramento o Santa Fe conservan nombres que, aparentemente, el presidente preferiría no entender y que los agentes del ICE, — U.S. Immigration and Customs Enforcement, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas— seguirán pronunciando a diario, quizá sin reparar demasiado en su origen.

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Lo más interesante, sin embargo, no es el desdén hacia el idioma, sino lo que se pierde al ignorarlo. El español no es solo una herramienta de comunicación: es también un archivo de memoria cultural. En él caben la poesía de Pedro Shimose y Jaime Sáenz, la imaginación musical de Simón Díaz, la lucidez literaria de Jorge Luis Borges y, por supuesto, la ironía eterna del creador del Caballero de la Triste Figura.

No saber español no es ningún pecado. Millones de personas viven perfectamente sin dominarlo. Pero declararlo “maldito” revela algo más profundo: cierta incomodidad frente a la diversidad del mundo. Aprender otra lengua implica aceptar que la realidad puede nombrarse de muchas maneras y que ninguna nación posee el monopolio del sentido.

Tal vez ese sea el verdadero problema. Las lenguas extranjeras tienen la peligrosa costumbre de ampliar el conocimiento. Y una mente abierta suele ser poco compatible con fronteras mentales demasiado estrechas.

Aprender español, por supuesto, no es tarea sencilla. Los hermanos colombianos Juan Andrés y Nicolás Ospina lo demostraron con humor en su canción ¬Qué difícil es hablar el español, una pequeña joya que ilustra cómo una misma palabra puede significar cosas muy distintas según el lugar donde se pronuncie.

En su recorrido musical por el mundo hispanohablante, la confusión se vuelve inevitable. Torta puede ser un sándwich en México, un pastel en Bolivia o Argentina, y también una bofetada en España. Coger, en la Madre Patria, significa simplemente tomar o agarrar algo; en buena parte de América Latina, en cambio, este verbo conduce por otros senderos.

Y ni siquiera hace falta cruzar fronteras. Dentro de un mismo país, las diferencias pueden ser notables. Si Donald Trump llegara a Bolivia y diera con Evo Morales, seguro que, al encontrarse con su guardia revolucionaria chapareña, diría que es “la más ridícula que haya visto”; pero en Santa Cruz de la Sierra emplearíamos el superlativo: ¡ridiculanga! Los sufijos “ingo” y “ango”, que intensifican o caricaturizan una cualidad, forman parte del ingenio camba y rara vez se oyen fuera de nuestra geografía verbal.

En todo caso, tampoco conviene dramatizar demasiado. El español ha sobrevivido a imperios, guerras, inquisiciones y dictaduras. Difícilmente se verá amenazado por la pereza lingüística de un presidente.

La historia, además, suele tener sus propias ironías silenciosas. Mientras algunos líderes se niegan a aprender español, millones de personas en el mundo —incluidas muchas dentro de Estados Unidos— lo estudian todos los días. Tal vez porque, después de todo, nuestro “bendito idioma” posee una obstinada vocación de supervivencia… y una irresistible capacidad para conquistar oídos.

Así que tranquilo, don Pato. Siga usted ocupado en limpiar el mundo de oxidadas dictaduras y, cuando termine su faena, dese una vuelta por Varadero, donde quizá solo necesite cuatro palabras del idioma que desprecia, esenciales y definitivas: “¡Mozo, una cuba libre!”

Alfredo Rodríguez Peña
(Escritor y periodista)