El peligro de la pobreza para ejercer la política


No estamos hablando sólo de pobreza intelectual —que la hay en abundancia— para ejercer la política pública, sino que, además, nos referimos a la pobreza económica para ejercer el derecho activo de la política, lo que somete, considerablemente, a un grupo de individuos en situación de vulnerabilidad para hacer campaña electoral para, luego, postular a un cargo público como una concejalía en un municipio de provincia.

No estamos hablando de una postulación a cargos públicos de las grandes corporaciones políticas como una asamblea departamental, una diputación o senaturía o de una concejalía de la ciudad capital.



Todo indica que no se puede ser ciudadano activo y pobre al mismo tiempo. Por falta de recursos, de tiempo, de esfuerzo y de espacios partidarios o de agrupaciones sociales.  La pelea política barrial es mucho más encarnizada y corrupta por un sindicalismo férreo y mafioso, que relega a más de un ciudadano a un ostracismo político impuesto muy grave.

El pobre –entendido como aquella persona cuyo ingreso es el mínimo o cuya renta de su trabajo está muy por debajo del promedio– está condenado a auto impugnarse y a invalidar su derecho a ejercer su rol activo en política como parte de un colectivo social, precisamente por su imposibilidad de abandonar su fuente de trabajo, disponer de un amplio tiempo para hacer campaña política y, peor aún, por no contar con una base mínima económica para movilizar a un grupo de gente que le ayude a levantar su voz y su oferta política.

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Pero no sólo es aquel que carece de recursos financieros, sino también adolece de formación sociocultural, lo que limita en demasía su capacidad de construir un programa electoral o de contar con una narrativa coherente y atractiva electoralmente. Sólo tiene su coraje, su rabia y su anhelo de ayudar a su grupo vecinal para acceder a una mejor salud, educación y algo de seguridad vecinal. Al final, no conquistan ni lo uno ni lo otro.

Ambos ciudadanos están solos y abandonados. Solo les queda ver desde la periferia el ejercicio de la política. Salvo, claro, y, reitero, salvo que tenga un financista por detrás o un “poderoso” que le brinde de apoyo, a sabiendas de que, en caso de ganar, el cobro de la factura será muy alta. Tanto que, a lo mejor, su dignidad y su motivación por lograr un cambio favorable hacia su comunidad se verá entorpecida por esa coerción y por esa imposición de una agenda en favor de “sus deudores” políticos.

La instrumentalización de los pobres en política que tienen “pegada” electoral o que gozan del respaldo de sus juntas vecinales es muy grave y sus efectos negativos en la construcción de ciudadanía política son tremendos.

Se mutila y se abusa de esa pobreza social con riqueza, poder desde diversas dimensiones: la social, la civil, la política y la cultural. Impidiendo una articulación de los “excluidos” en la lucha por construir una nueva sociedad civil y ciudadanía desde los barrios en beneficio de todo un país.

El principio de la igualdad de los miembros de la comunidad política se confronta con la desigualdad existente entre las partes de la sociedad. Y acá entramos en un tema de fondo; la sociedad no es simplemente una reunión de individuos libres, sino que es una comunidad donde la responsabilidad del bienestar de sus miembros —de todos nosotros— es una responsabilidad colectiva y no de una élite.

Baste un ejemplo demoledor que en este momento están sufriendo los norteamericanos, quienes ven con estupor cómo un personaje desquiciado y mafioso como Trump —quizás el presidente más corrupto de la historia política estadounidense—, sólo responde a intereses de una élite tecnócrata y que ahora empuja una guerra unilateral en contra de Irán, azuzado por su socio sionista Benjamín Netanyahu.

El cierre de las puertas para el ejercicio de la política es cada vez más profundo y las élites monopolizan agendas, acuerdos, alianzas y, obviamente, alinean intereses económicos en beneficio de unos pocos en desmedro de la mayoría de los ciudadanos.

Partir de un principio engañoso en sentido de que cuando un candidato posee riqueza no robará cuando ejerza un cargo público es sencillamente insultante. Así como pensar que un postulante que tiene origen humilde será un santo de devoción. En ambos casos hay ignorancia y soberbia, prepotencia y discriminación.

Se debe cultivar, fortalecer y educar desde el colegio, la criticidad social y motivar el activismo político y la cultura del ejercicio de la política como el acto democrático más importante de una persona que se considera ciudadano.

Javier Medrano es periodista.