Durante más de un siglo, el petróleo no solo impulsó automóviles, industrias y economías: también alimentó una poderosa narrativa cultural sobre el progreso, la libertad individual y el dominio de la naturaleza. Hoy, en medio de la crisis climática y la transición energética, ese relato comienza a resquebrajarse, revelando hasta qué punto la modernidad construyó su imaginario alrededor de la energía fósil y de ciertas ideas de poder, crecimiento y masculinidad.
Lo del petróleo es un tema que va y viene, pero nunca desaparece del todo de la primera plana de los medios. Su permanencia no se explica exclusivamente por su trascendencia económica. Se sostiene simbólicamente por su relación con el movimiento, la potencia, la energía. Un recurso técnico destinado a sostener la modernidad.
Por eso resulta tan interesante un artículo de Raquel Vidales publicado por El País de España, Tubos de escape, gasolina y músculos: la petromasculinidad está de vuelta. Plantea, a partir de las ideas de la politóloga Cara Daggett, que el petróleo funciona como un mito cultural profundamente asociado a ciertas ideas de poder, progreso y masculinidad. Es la petromasculinidad, que describe la conexión existente entre los combustibles fósiles y determinados ideales de masculinidad como fuerza, dominio, autonomía y expansión. Una identidad masculina activa, conquistadora y orientada al control del espacio.
Un ejemplo paradigmático de esto es el automóvil. Desde comienzos del siglo XX, el coche se consolidó como algo más que un medio de transporte. Representó independencia, velocidad y dominio territorial. Una metáfora poderosa de libertad individual, que descansa en la existencia del petróleo. Es él quien hace posible el sueño moderno de expansión permanente.
Esta asociación entre energía fósil y masculinidad ha sido reforzada sistemáticamente por la cultura popular. El cine, la publicidad y la literatura del siglo XX están llenos de figuras que encarnan esta relación. Puede ser el piloto de carreras o el camionero que cruza continentes o el motociclista rebelde que desafía el desierto. Imágenes a las que se suman discursos políticos y económicos que identifican la energía fósil con el poder nacional, el crecimiento y la soberanía. Fortaleza colectiva y capacidad de autodeterminación.
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En muchas culturas tradicionales ciertos animales o elementos naturales no eran solo medios de subsistencia, sino figuras cargadas de significado, asociadas al orden del mundo y a la identidad del grupo. Algo similar ocurrió en la modernidad industrial. El petróleo no solo permitió mover máquinas, sino que alimentó la imaginación del progreso. El desarrollo humano narrado como una marcha inevitable hacia más velocidad, más consumo y más expansión, siempre sostenida por una energía abundante y barata.
Durante gran parte del siglo XX, este relato parecía incuestionable. La expansión urbana, la construcción de autopistas y la generalización del automóvil privado redefinieron las ciudades y las expectativas de movilidad de millones de personas. El crecimiento económico se presentó como un proceso continuo, casi natural, garantizado por el acceso a los combustibles fósiles. Sin embargo, los mitos culturales rara vez permanecen intactos. En las últimas décadas, el petróleo ha comenzado a adquirir un significado diferente.
La crisis climática, el debate sobre el calentamiento global y la búsqueda de energías renovables han puesto en cuestión el modelo energético que sostuvo a la modernidad industrial. La transición energética obliga a revisar las historias que nos contamos sobre el progreso, la naturaleza y el lugar del ser humano en el planeta. Para muchos sectores sociales, abandonar el petróleo no implica solo cambiar de fuente energética, sino renunciar a una parte fundamental del imaginario moderno: la idea de crecimiento sin límites y de dominio absoluto sobre el entorno natural.
Aquí reaparece con fuerza la dimensión simbólica del problema. Si el petróleo estuvo históricamente asociado a ideas de fuerza, autonomía y poder, entonces su cuestionamiento puede percibirse como una amenaza identitaria. No se trata solo de economía o tecnología, sino de formas arraigadas de comprender el mundo. El concepto de petromasculinidad ayuda a entender por qué los debates energéticos suelen adquirir un tono tan intenso. Lo que está en discusión es algo que va mucho más allá de lo ambiental. Es una visión del progreso y del poder humano.
Por Mauricio Jaime Goio.
