Elecciones subnacionales en Bolivia: lecciones que no deberíamos ignorar


 

 



 

Las recientes elecciones autonómicas departamentales en Bolivia dejan más preguntas que certezas. Más allá de los resultados, el proceso en sí mismo expone una serie de problemas estructurales, políticos y comunicacionales que no pueden seguir siendo ignorados si realmente aspiramos a fortalecer la democracia, el verdadero saldo es un electorado cada vez más crítico, menos ingenuo y visiblemente cansado de las prácticas que se repiten elección tras elección.

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En primer lugar, hay una señal clara desde el electorado: Santa Cruz no tiene dueños ni patrones. La ciudadanía ha demostrado, una vez más, que su voto no responde a imposiciones ni a estructuras rígidas de poder, ni de liderazgos que se consideran incuestionables. Este marca un quiebre en la política importante y debería ser leído con humildad por todos los actores políticos, especialmente por aquellos que aún creen que el control territorial equivale a control electoral.

Sin embargo, este ejercicio democrático también deja en evidencia una deuda persistente: el respeto a la institucionalidad. No es menor que, en pleno proceso electoral, se habiliten o inhabiliten candidaturas a última hora. Este tipo de decisiones no solo genera incertidumbre, sino que erosiona la confianza en el sistema. No podemos seguir teniendo elecciones “en movimiento”, donde las reglas cambian sobre la marcha. Es urgente una revisión profunda del marco normativo electoral. La reforma del sistema electoral no es solo necesaria, es urgente.

A esto se suma un fenómeno cada vez más evidente: la política convertida en espectáculo por mercenarios de la comunicación,

Algunos periodistas y medios fungiendo de Consultores, operadores y estrategas han convertido la política en un negocio y transformado las campañas en productos de marketing, muchas veces vacíos de contenido y con una asquerosa guerra sucia. En ese escenario, la narrativa reemplaza a la propuesta, y la imagen termina pesando más que la trayectoria o la capacidad. La consecuencia de estos mercaderes es clara: campañas vacías, agresivas y desconectadas de las verdaderas preocupaciones de la población.

Pero el problema no es solo externo. También hay responsabilidades internas. El ego y la soberbia han demostrado ser pésimos aliados en política. Varios proyectos que pudieron haber tenido proyección se vieron debilitados por decisiones personales, desconexión con la realidad o incapacidad de construir colectivamente. En ese mismo sentido, los entornos terminan corrompiendo a cuadros con potencial, rodeándolos de intereses, adulaciones y malas lecturas del contexto. Y es precisamente el ego otro de los grandes derrotados de esta elección. La soberbia política, esa que desconecta a los líderes de la realidad, termina pasando factura. Peor aún cuando los entornos —muchas veces complacientes o interesados— terminan corrompiendo a cuadros con verdadero potencial.

El desencanto ciudadano también tiene una raíz ética. Se han presentado candidatos y candidatas con antecedentes y moralidad cuestionables, subestimando la capacidad crítica del electorado. A esto se suma una práctica preocupante: la instrumentalización de la ayuda social como herramienta de campaña. Lo que debería ser un acto genuino de solidaridad, muchas veces se convierte en una estrategia de posicionamiento, desdibujando la línea entre filantropía y marketing político cuidadosamente calculada.

En el plano comunicacional, el balance es, en términos generales, negativo. La mayoría de las campañas falló en lo esencial: informar. Fue un fracaso total. Más allá de los candidatos principales, existía un profundo desconocimiento sobre quienes conformaban las listas. Ni los partidos, ni las alianzas, ni siquiera los espacios oficiales lograron transmitir con claridad quiénes eran los postulantes en cada nivel. Esto debilita la calidad del voto y reduce la democracia a un ejercicio superficial.

Finalmente, hay un elemento que se repite elección tras elección: la guerra sucia. Lejos de fortalecer posiciones, estas estrategias generan rechazo. El electorado está cansado de ataques, de desinformación y de campañas negativas. Sin embargo, muchos candidatos, mal asesorados, continúan cayendo en esta trampa, sin entender que el costo político es cada vez mayor. Lo preocupante es que, lejos de ser efectivas, generan rechazo en un electorado que ya no tolera ese tipo de prácticas. Aun así, muchos candidatos, mal asesorados o dominados por el ego y la soberbia, insisten en repetir estos errores.

En conjunto, las conclusiones son claras, estas elecciones dejan una lección contundente: la democracia no se agota en votar. Requiere reglas claras, actores responsables, comunicación honesta y, sobre todo, respeto por el ciudadano. Porque si algo ha quedado demostrado en estas elecciones, es que el votante ya cambió. Ignorar estas señales no solo es un error político, es un riesgo para la legitimidad del sistema.