Los candidatos se multiplican, líderes desaparecen


Fernando Untoja

La lectura dominante de las elecciones municipales recientes insiste en una idea tan extendida como equívoca: la emergencia de nuevos liderazgos políticos. Se enumeran nombres, se celebran victorias locales y se interpreta la proliferación de candidaturas como signo de vitalidad democrática. Sin embargo, una mirada más rigurosa obliga a sostener una tesis distinta: Bolivia no está produciendo nuevos líderes, sino multiplicando candidatos en un contexto donde han desaparecido los partidos políticos en sentido pleno y, con ellos, la posibilidad misma de dirección política.



Un partido político, entendido de manera fuerte, no es simplemente una sigla electoral, sino una estructura que articula una visión de Estado, un proyecto de sociedad, una identidad ideológica y una capacidad de formación de cuadros. Nada de esto caracteriza hoy al campo político boliviano. Las organizaciones que participan en elecciones funcionan como plataformas contingentes: prestan su personería jurídica, adaptan discursos según la coyuntura y se organizan en torno a candidaturas individuales más que a programas coherentes. En este sentido, no solo el MAS ha dejado de ser un instrumento político con vocación hegemónica para convertirse en una reserva electoral fragmentada, sino que este mismo fenómeno se ha generalizado a todos los frentes.

La consecuencia de este proceso es clara: mientras desaparece el liderazgo, crece el número de candidatos. Esta aparente contradicción es, en realidad, coherente con el nuevo funcionamiento del sistema. El candidato contemporáneo no necesita construir una base política ni producir una identidad ideológica; le basta con captar un electorado preexistente. Y ese electorado, en gran medida, sigue siendo el que en otro momento fue articulado por el MAS: sectores populares, redes sindicales, organizaciones territoriales que persisten, pero sin una dirección política unificada. De este modo, incluso quienes se presentan como alternativa al MAS dependen, directa o indirectamente, de sus bolsones electorales.

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Este patrón no es exclusivo de un partido, sino que atraviesa a todo el sistema. Las agrupaciones ciudadanas, los frentes regionales y la propia oposición reproducen la misma lógica: ausencia de proyecto, predominio del cálculo electoral y dependencia de liderazgos personales efímeros. La política se ha municipalizado y, con ello, se ha reducido a la gestión inmediata: obras, servicios, proximidad. El candidato se convierte en administrador o intermediario, no en conductor político. La noción de liderazgo, entendida como capacidad de orientar colectivamente a una sociedad, se disuelve en la competencia por votos disponibles.

El problema de fondo no es, por tanto, la falta de candidatos, sino la inexistencia de partidos y de un sistema de partidos que estructure la competencia política. Sin organizaciones capaces de articular intereses, producir ideología y proyectar un horizonte común, el liderazgo no puede emerger. El sistema actual no premia la construcción de proyectos de largo plazo, sino la captación eficaz de apoyos dispersos. En estas condiciones, las elecciones no producen dirección política; simplemente redistribuyen fragmentos de poder sobre una base social que sigue existiendo, pero que ha quedado sin conducción.

Así, el aumento de candidaturas no expresa fortaleza democrática, sino descomposición organizativa. Bolivia no enfrenta una escasez de actores, sino un vacío en el centro de la política. De ahí que la salida no pueda ser meramente electoral, sino institucional: se vuelve imprescindible repensar las reglas del juego. La reconstrucción de la política exige una Ley de Partidos Políticos que obligue a la formación orgánica, la coherencia programática y la democracia interna, así como una reforma del Órgano Electoral que garantice estabilidad, transparencia y condiciones que incentiven la consolidación de verdaderas organizaciones políticas. Sin estos pilares, el país seguirá atrapado en un circuito estéril: más candidatos, menos partidos y, en última instancia, cada vez menos política.