Lavive Guardia Yáñez
Resulta indignante escuchar discursos de imparcialidad cuando los hechos muestran exactamente lo contrario. No se puede hablar de respeto a la voluntad del pueblo mientras se envían señales políticas, se exhiben cercanías convenientes y se actúa con un doble discurso cada vez más evidente. No se puede decir una cosa y hacer otra, y luego pretender que la ciudadanía no lo vea. La imparcialidad no se proclama, no se improvisa, no se simula: se demuestra.
Cuando un candidato necesita mostrarse bajo la sombra del poder para fortalecerse políticamente, no está demostrando liderazgo ni mérito propio. Está demostrando dependencia, falta de convicción y escasa capacidad de sostenerse por sí mismo ante la ciudadanía. Quien recurre al respaldo del poder para intentar ganar, deja en evidencia que no confía plenamente ni en su propuesta, ni en su trayectoria, ni en su capacidad de convencer por méritos propios. Y eso, lejos de fortalecerlo, lo empequeñece.
Ahí es donde el problema deja de ser solo político y pasa a ser ético. Porque ya no estamos hablando únicamente de una contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, sino de una manera deshonesta de hacer política. Una manera basada en privilegios, ventajas, cercanías útiles y cálculos convenientes, en lugar de principios, coherencia y transparencia. Se habla de democracia, pero se actúa como si todo valiera con tal de ganar.
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Lo más preocupante es el nivel de cinismo con el que se pretende normalizar este tipo de conductas. Se intenta presentar como institucional lo que claramente responde a conveniencia política. Se quiere vestir de neutralidad lo que se percibe como favoritismo. Y, peor aún, se hace como si la gente no entendiera lo que está viendo. Como si la ciudadanía fuera incapaz de reconocer cuándo el poder se usa para mandar señales, inclinar percepciones y beneficiar a determinados actores.
Pero si eso ya es grave, hay algo aún más triste: la facilidad con la que muchos terminan justificándolo. Ahí también se refleja el deterioro de nuestra sociedad. Hemos llegado a un punto en el que la falta de ética, el doble discurso y la pérdida de valores ya no generan el rechazo que deberían, sino defensa, relativización o silencio. Y esa es una de nuestras mayores derrotas como sociedad: cuando lo incorrecto deja de escandalizar y empieza a parecer normal.
La sociedad no está de mal en peor por casualidad. Está así porque durante demasiado tiempo se han tolerado actos deshonestos, se ha premiado el acomodo, se ha disfrazado el oportunismo de habilidad política y se ha permitido que la ética sea siempre lo primero que se sacrifica cuando hay poder de por medio. Así no se construye liderazgo. Así no se fortalece la democracia. Así no se deja un buen ejemplo.
Y eso también debe llevarnos a reflexionar sobre el mensaje que se transmite a los jóvenes. ¿Qué les estamos enseñando cuando ven que para algunos el mérito no basta y que, en cambio, la cercanía con el poder parece abrir más puertas que la capacidad, el trabajo o la honestidad? ¿Qué tipo de cultura política estamos formando cuando la conveniencia pesa más que los principios? Después nos preguntamos por qué seguimos atrapados en el atraso moral, institucional y social.
La imparcialidad no se finge.
Y cuando se la finge, lo que queda al descubierto no es liderazgo ni compromiso con el pueblo.
Lo que queda al descubierto es la falta de ética, la pobreza de principios y la desesperación de quienes, al no sentirse capaces de ganar por mérito propio, necesitan del poder para intentar imponerse.
Porque quien de verdad tiene liderazgo convence.
Quien no lo tiene, se cuelga del poder.
