Se les cayó el cuento


Lo que pasó en Santa Cruz no es solo una victoria electoral. Es la caída de un sistema que ya no representaba a nadie. Durante muchos años, la política local funcionó como si existieran intermediarios imprescindibles entre la gente y el poder: partidos, estructuras, operadores y “bases”. Todos asumían que controlaban algo, votos, territorios, decisiones, y que sin ellos era imposible ganar. Se vendían, con mucho ego, como el puente ineludible hacia la conquista del poder político.

Pues el pasado domingo ese cuento se acabó. Aunque el patrón se repite en la Gobernación y la Alcaldía, y ya se había manifestado incluso en la elección nacional, el ejemplo más claro es Mamén: sin partido tradicional, sin alianzas con los de siempre y sin el respaldo de las viejas siglas, no solo ganó, arrasó. Y eso deja una conclusión difícil de digerir para muchos: el poder no estaba donde creían. No estaba en las estructuras, partidos, gremios, sindicatos, ni en sus supuestas bases. Estaba en la gente, esperando simplemente a alguien que la represente.



Cuando desaparecen los intermediarios, también desaparecen las excusas. Ya no alcanza con colgarse de un partido ni con negociar espacios como si eso fuera poder. El poder es otra cosa: es tener votos propios. Y eso no se improvisa, se construye con narrativa, con presencia y con conexión real con el votante. Es más exigente, más difícil y mucho menos sostenible si no se trabaja todos los días. Eso es, justamente, lo que Mamén entendió y explotó durante años.

Mamén, no solo ganó una elección. Ganó un espacio de poder real que hoy no tiene competencia ni contrapeso. Pero eso tiene fecha de vencimiento si no lo convierte en algo más que una gestión. Si se queda en lo personal, si no construye estructura institucional, si no define ideología clara, no forma nuevos liderazgos y no crea espacios, esto se va a diluir. Porque un proyecto político que no nace pensando en trascender, nace muerto. Durará una gestión, tal vez dos, pero luego se cae. Y ya bien sabemos cómo termina eso en Santa Cruz.

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La tarea de Mamén va mucho más allá de reconducir la alcaldía, que ya de por sí es titánica, sobre todo porque no tiene a quién culpar si algo sale mal. Ganó sin intermediarios políticos, sin estructuras y sin arrodillarse ante los sindicatos de mercados y transportistas, que hace años dejaron de representar a su gente y hoy operan, de forma muy rentable, como mercenarios del poder. Todo lo que pase, para bien o para mal, es su responsabilidad.

Aquí hay un problema de fondo: la política sin estructuras puede ganar una elección, pero no construye poder duradero. Lo que Santa Cruz mostró es un sistema vacío. No porque no haya líderes, sino porque no hay organizaciones capaces de ordenar esos liderazgos, de darles continuidad y, sobre todo, de proyectarlos más allá de una coyuntura específica.

Si Mamén aprovecha el momento y logra construir algo sólido, esto puede trascender la elección y su gestión, para convertirse en proyecto. Santa Cruz está exactamente ahí: entre un sistema político que ya no funciona y otro que todavía no existe. Entre el colapso de los partidos ficticios y la necesidad urgente de estructuras reales, con capacidad de proyectarse a nivel nacional. Es ahí donde Santa Cruz, debe y necesita jugar.

La elección ya pasó. El mensaje quedó clarísimo. Ahora la pregunta es si esto va a quedar como una anécdota de victoria histórica… o como el inicio de un partido que finalmente entienda que el poder no se hereda ni se negocia. Se construye.

Roberto Ortiz Ortiz

MBA con experiencia corporativa en banca y telecomunicaciones